Cuento


AFLICCIONES DE UN EREMITA EN VÍSPERAS DE UN REINGRESO SOCIAL


Rolando Lazarte *

A la soledad y el enclaustramiento voluntarios acostumbrados, preguntaba a sí tantas veces tantas cosas, que llevaría días para transcribirlas aquí. Veía solamente a su novia, algunos momentos al día. Ahora reflexionaba: ¿Y cómo me bancaré a los tres peralvillos de ésta? ¿Y a mis cuatro pequerruchos? ¿Mis parientes, amigos, etcétera? A la gente, en fin. Hay que decir en su descargo y en salvaguarda del honor y la verdad, que no era este tal un engendro odioso sino simpático, dado a las artes pictóricas y a la literatura.

Sincero devoto, sin afectaciones o dogmatismos, pasaba sus días leyendo novelas, escribiendo o dibujando o pintando. O, lo que es más frecuente, durmiendo, pues tenía en tan alto aprecio el descanso, que a cualquier hora del día o de la noche entraba en el sueño con la mayor facilidad. O, a veces, permanecía en esa semivigilia tan agradable que es, como todos saben, ese estado en que el sueño y el velar se confunden.

No importaban el ruido a su alrededor o los mosquitos, que eran ambos numerosos: nuestro personaje seguía su rutina, alternada de vez en cuando con sesiones de gimnasia o breves salidas con su enamorada a por quehaceres necesarios a la vida.

Lo cierto es que, fuese por disposición hereditaria o por temperamento, el sujeto tenía la mayor facilidad para fluir en las que podían ser circunstancias adversas.

Fuese en medio de gente o en cualquier ambiente, permanecía en su propio mundo. Como un lago, contenido en su propio volumen. Ni provocaciones, ni las acostumbradas imbecilidades que caracterizan a la turba, nada, nada conseguía perturbarlo.

Cierto es que prefería la compañía de niños -esto, ya de niño- a gente mayor, siendo estos dos términos variables.

Entre inocencia e hipocresía, pureza y máscara, no dudaba. Elegía siempre lo primero. Lo que le era afín. Agua con agua.

Alegría con alegría. Pues no ha de pensar el lector que nuestro transeúnte era un ser melancólico o triste.

Paradoja de muchos, que lo conocían superficial u ocasionalmente, era un antisocial. Un loco irreverente. Un perro rabioso.

Sus pocos amigos, criaturas rarísimas como él, comprendían su modo de ser, por compartir ellos mismos la condición trashumante de esta alma que era imposible de encuadrar en cualquier relación habitual.

Pues si bien era intransigente con la estupidez o con el acartonamiento, era todo generosidad con quienes su corazón se afinaba.

Y esa afinidad no era restricta a un círculo reducido de personas, siempre las mismas. Al contrario, se manifestaba espontáneamente en los momentos y situaciones más inesperados.

A pesar de los años, de las arrugas que surcaban su rostro, y de los cabellos plateados que se difundían en sus sienes, era un niño, y se comportaba como tal.

No hacía lo que no le gustaba. Vivía  como quería. Comía cuando tenía hambre. Dormía cuando tenía ganas. Hacía lo que se le daba la gana.

Y era imposible evitar la impresión de que ese rostro exquisito, esa cara que era más que una caricatura, estaba a todo momento riendo silenciosamente. Los ojos le brillaban, y la boca no escondía una mueca de risa pronta para disparar.

Se reía constantemente consigo mismo. Y no soportaba niños serios ni adultos idiotas.

Hay que haberlo conocido para saber que es verdad, que hubo en el mundo alguien así. Capaz de romper las paredes de la formalidad o del miedo con la misma sencillez con que un niño le arranca las alas a las moscas.

Porque para él había un afán de vivir irrefrenable. Cuando hacía algo, todo su ser se ponía en ello. Y no cesaba hasta conseguir su cometido.

Aquellos que se extrañaban con su alegría, recibían delicado desdén, ásperos retruques de quien vivía sumergido en la mera alegría de vivir.

Elogiado o escondido, solitario o admirado, nada en él cambiaba. Tormentas o terremotos apenas acicateaban esa chispa inocultable que lo prendía a sí mismo.

Nunca era la reacción padrón, planeada o automática. Siempre un acto fresco. El mínimo que fuese, estaba impregnado de una vitalidad transbordante. Aún su apatía, su total abstracción del mundo alrededor, obedecían únicamente y apenas a un imperativo interno. Jamás al deseo de chocar o atender a cualquier expectativa propia o ajena.

Hippie o revolucionario, esotérico o conformista, marxista o weberiano, loco o careta, nada y todo le cabía. Pero nada lo contenía.

Él mismo a veces se aperreaba, buscando inútilmente un rótulo, un disfraz, una máscara que aquietara su propio volcán. Imposible.

Aprendió a llevarse en broma en serio, desde siempre. Y también a tomar en joda la seriedad, seriamente.

Beatlemaníaco o alucinado, artista o socio..., profesor o humorista, mochilero o padre de familia, argentino y brasilero.

Pero no “porque el eclecticismo...” ni por nada. Porque sí.

Entonces nada le faltaba, porque todo él estaba en él.

Era su propio hogar. Esto lo entendían esos pocos amigos del alma, amigos y hermanos, compañeros de sangre.

Y cuando encontró su compañera, hubo la paz. Terminaron los conflictos. Se acabó el sufrimiento.

Entró en una nueva era él, el caos ambulante, en orden. En paz. Una aurora en el propio mediodía.

El cargo silencioso recomponía todo. Los pedazos eran rayos cintilantes. No más disputando.

* Pintor argentino-brasileño doctor en sociología. Ha colaborado con LA NACIÓN LINE, Los Andes On Line, El Astillero y A arte da palavra. Publicó el libro Max Weber, ciência e valores, por la editorial Cortez, de São Paulo.

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