Tradiciones


SOBRE LA SIDRA, EL ARBOLITO Y LA NOSTALGIA


Domingo Schiavoni *

El espíritu navideño y ese clima entre misterioso y fantástico de las fiestas de fin de año son otras de las hermosas y variadas tradiciones que se están perdiendo en la Argentina y en el resto del mundo, al conjuro de la modernidad y de la descartable cultura de la prisa, o sencillamente porque los hombres de pronto hemos empezado a querernos menos y a poner fronteras cada vez más dilatadas y absurdas entre nosotros.

Antes en la Navidad no había ricos ni pobres y el tiempo de la historia se detenía por unas horas cancelando la indecente competencia por el éxito y el bienestar personal. Hoy quizá sólo nos quedan los pesebres, donde el Niño sigue naciendo sobre una cuna de pasto, y algunas tías viejas que nos recuerdan que la Nochebuena es todavía el momento más propicio para que volvamos a sentirnos hermanos, aunque más no sea por unas horas.

En casa han comenzado a armar desde ayer el arbolito de Navidad. Mis hijas han empezado a desempacar un avío indescriptible, que es el que contiene la planta sintética (ya que no quedan pinos naturales en mi barrio), mientras mi mujer saca prolijamente de cajas cuidadosamente codificadas las guirnaldas, muchas de las cuales seguramente se han roto por ese sino inflexible que determina que aún bien guardadas y embaladas nunca habrán de durar todas las guirnaldas para la próxima Navidad.

Yo reniego porque al único corderito de yeso que sobrevivía valeroso desde hace diez años se le ha quebrado una pata y ahora habrá que sustituirlo inexorablemente por una de esas espantosas piezas de plástico pintado que venden en Casa Tía y en la mayoría de los supermercados.

Con las luces no hay nada que hacer: nunca duran de un año para el otro, pero uno siempre las enrieda entre las ramas para que parezca que el árbol está más iluminado, aunque seguramente el único circuito que funcionará será ese que le compramos al vendedor ambulante cuando detengamos el auto con la ventanilla abierta, en actitud francamente irresponsable, en una de las esquinas del centro donde los agentes del mercado marginal y paralelo lo atosigan a uno con ofertas de la más diversa especie.

Bueno, pero también hay noticias buenas: finalmente apareció el paño de terciopelo rojo que servirá de base y también la desvencijada mesa redonda que siempre descansa el año redondo en el altillo y que esta vez se viste de fiesta, participando de ese clima entre misterioso y nostálgico que felizmente aún se conserva en muchas casas.

También en la esquina recóndita de alguna cómoda aparecieron los traslúcidos pañuelitos con puntilla que tejió quién sabe cuándo alguna tía ausente y que sirven regularmente para tapar al Niño hasta el 24 por la noche, que es cuando la liturgia hogareña dice que hay que descubrirlo y mantenerlo panza arriba con sus piececitos nacarados hasta un día después de la Epifanía.

La estrechez de los departamentos modernos, donde la arquitectura conspira impiadosa contra la intimidad de las personas que habitan bajo el mismo techo, ha determinado que no se pueda poner en práctica nunca más la verdadera tradición cristiana de otros tiempos, en que el arbolito estaba en el living, recibiendo con su luminosidad rojizo-azulada a los que nos visitaban, en tanto que para el pesebre solía destinarse un lugar más espacioso, generalmente esquinero, en el que se ponían plantitas y musgos de verdad y también papeles arrugados y pintados -con maestría superior a la de Miguel Angel- para semejar las rocas que escondían la cueva donde nació el Niño.

Yo siempre sabía preguntarme qué mitología pagana y extraña subyacía en esa costumbre, pues si el Evangelio dice que el Niño Dios nació en un pesebre, bastaba con reproducir, con la mayor exactitud posible, un establo como esos que suelen verse en las películas antiguas, y la cosa hubiera resultado mucho más sensible.

Tampoco fui jamás proclive a admitir que semejante tradición fuera modernizada por las ocurrencias de la teología hiperencarnada, que nos quiere hacer creer -como el poeta Emilio Breda, desde sus villancicos, aunque sean bellísimos- que el Niño en realidad nació en Salavina, entre los bañados, y que los pastores en realidad no le trajeron incienso, oro y mirra, sino tunas silvestres, bolanchaos y algunas sandías de la estación.

El tiempo de las fiestas se ha ido desgastando, como se han devaluado otras extraordinarias formas de ensoñación a la que estábamos acostumbrados los niños de antes: la carta a los Reyes Magos, por ejemplo, o los regalitos inesperados que cada uno encontraba al pie del arbolito en la nochebuena, después que daban las 12 y sonaba la sirena de El Liberal.

Esos regalos, como eran tan sencillos en las casas de los pobres, seguramente los dejaba el propio niño, y jamás Papá Noel o Santa Claus, que sin duda andarían en sus trineos celestes tirados por renos relucientes, por otras latitudes más prósperas y menos abandonadas.

Después de los pitos el cielo se poblaba de las efímeras estrellas de las cañitas voladoras, mientras los cuetes y las baterías atronaban el barrio, y el abuelo salía con su vieja pistola Ballester Molina (cuyo origen nunca explicó, aunque ha trascendido que se la entregaron unos militares amigos durante un fragote en la década del cincuenta) a hacer tiros contra la tapia del fondo, sumándose al barullo de la ciudad, mientras la abuela lo reprendía con dureza por semejante infantilismo.

¡Cómo podía tener razón la abuela, con todo respeto, si ese era uno de los pocos momentos en que el viejo se alzaba enhiesto sobre su propia e inconfundible madurez! Era una de las pocas ocasiones en que se reconocía niño. ¿Acaso no hay persona más sensata que esa?

La mesa tendida a todo lo largo de la galería, con tablones y caballetes que solían pedirse prestados al turco del almacén de la esquina, era -sin embargo- el ámbito más esperado por grande y chicos. En el tacho de cien litros y en la pileta de lavar, docenas de botellas se escondían huidizas entre las barras de hielo y no parecían terminarse nunca. Vinos de todos los colores y marcas, sidra y champán a granel, jarabe de granadina para la tía Aurora que nunca podía tomar gaseosa porque después eructaba como caballo, y la más diversa gama de refrescos que los más chiquitos consumían con la urgencia de un suero hidratante.

En una mesita colocada aparte, solían esperar pacientemente el ataque sincrónico de sobrinos y nietos el pan dulce y el budín inglés, las nueces y las avellanas, las garrapiñadas y las peladillas, y esa batería generosa de turrones de toda laya, desde los modestos de maní con miel, hasta los mazapanes que venían envainados en papel de hostia, y los finísimos de almendras y castañas de cajú.

Por ese entonces no había Panettones importados de Italia, sino auténticos panes de Navidad horneados en la casa, y el menú de confituras se compraba en cualquier despensa en bolsitas de yapa generosa y no en esos envases mezquinos y termosellados de las góndolas modernas, donde uno no puede ni siquiera atreverse a probarlos.

Tomar whisky después de los pitos era como un sacrilegio. Se bebían docenas de botellas de pura tradición, sin injerencia extranjera, y tampoco por entonces había aparecido el doctor Cormillot que nos desmoronaría la procedencia cultural de semejante atracón con un sabio consejo de tres minutos, en el que nos explicaba que como en esta parte del hemisferio hace para diciembre mucho calor, era una verdadera estupidez comer alimentos con muchas calorías, que fueron tradicionales en los países nórdicos, que pasaban la Navidad entre nevadas y fogones.

Pero ¡qué inoportuno este maestro mediático de la macrobiótica! ¡Decirnos eso justo a nosotros que esperábamos el año redondo para saborear exquisiteces que nunca más volveríamos a probar hasta la próxima Navidad!

Por aquellos años el pavo relleno que preparaba con artesanía singular la tía Esther era un pavo legítimo, rociado con coñac y todo. ¡Cómo podía parecerse siquiera a esas pavitas subnutridas que venden en las granjas de estos tiempos, pulcras y frizzadas, a las que no había ni siquiera tiempo para hacerlas emborrachar con miga de pan remojado en vino, porque ya se las compraba muertas!

Con el tiempo yo descubrí que éstas en realidad eran pavitas del tercer mundo, hijas o nietas de esos pavos verdaderos que pesan como treinta kilos y que se comen en Norteamérica horneados con manteca para el día de la acción de gracias. Pero claro, esa en el fondo era una deducción política, que yo nunca me atrevía a comentar con los mayores, no vaya a ser que mi opinión alterara el buen concepto que solía tenerse acerca de mi seriedad.

En aquellos años tan increíblemente hermosos y serenos se cantaban muchos villancicos, tanto en las casas como en las iglesias. En las misas de los domingos de Adviento uno podía escuchar versiones más o menos respetables del Adeste Fideles, aunque ya últimamente se fue perdiendo la costumbre de que los cantos gregorianos se entonaran a capella, como corresponde a los buenos coreutas.

En la casa y en la radio uno escuchaba melodías tradicionales como el Vamos Pastorcillos o el Huachi Torito, tan norteño este último. A veces hasta se hacían concursos y uno podía deleitarse escuchando versiones genuinas de O Tanenmbaum, entonado por los Niños Cantores de Viena, con ese son exacto de los austríacos, o las cadencias tan tradicionales de Noche de paz, noche de amor, que a mí particularmente me encantaba oir en alemán. También se emocionaba uno con los villancicos españoles, particularmente los de la zona de Pamplona, tan imaginativos como sencillos.

Antes, mucho antes de que aparecieran los programas ómnibus por televisión y la programación de Nochebuena no se convirtiera en un festival bailantero que adelantaba la movida del verano, la primera sagrada obligación era ir a la Misa del Gallo, interrumpiendo la comida si era necesario y dejando los postres para después del oficio. No se concebía una Navidad sin misa. Y tengo para mí fue entonces que los cristianos instituimos el saludo comunitario de la paz, mucho antes de que las misas se dijeran en castellano y se impusieran las reformas del Concilio Vaticano Segundo. La gente se saludaba espontáneamente y con afecto verdadero, participando de una alegría común. Todo el mundo se deseaba felicidades y sólo algunos veteranos se ponían de repente a llorar, por ese mecanismo fisiológico inalterable de los mayores, que siempre lloran por cualquier cosa.

Con el tiempo las tradiciones se comenzaron a volver elásticas y entonces la misa se fue dejando para la mañana siguiente, habilitando así la posibilidad de que mientras la gente grande cumplía el rito de visitar amigos y parientes nosotros pudiéramos salir. No había por entonces boliches y por tanto bailar era imposible, pero creo que si los hubiera habido igualmente no hubiéramos ido, porque era una actitud francamente atentatoria de la solemnidad de la fecha.

¡A quién se le habría ocurrido ir a menearse con la novia o las amigas como un descosido justo para la Nochebuena!

La fiesta solía terminar bien entrada la madrugada, cuando nosotros empezábamos a bostezar y los grandes de puro tristes nomás comenzaban a recordar a los ausentes. Algún tío de vejiga complaciente inauguraba el escándalo de una inocente borrachera, que ya había anticipado un par de horas antes cuando le auguraba a todo el mundo que "el año que viene va a ser mejor", sin darse cuenta que para el 31 faltaba todavía una semana larga.

Irse no era cosa fácil ni rápida. Mientras el mujerío afrontaba su ancestral ministerio de lavar fuentes, platos, vasos y cubiertos, a nosotros nos encomendaban acomodar los tablones y los caballetes, mientras la dueña de casa iba guardando las abundantes sobras para el almuerzo del día siguiente, en que también por tradición nadie volvía a cocinar y se comía estrictamente lo que había quedado de la noche anterior, que siempre era mucho.

Se me ocurre que aquellos años se han ido para siempre. Nosotros hemos crecido demasiado y cada vez quedamos menos. La tía Esther se murió hace unos meses, así que seguro no habrá pavo. Se han casado tantos en la familia, que la mitad de los que éramos suele ahora pasar las fiestas con sus suegros, cosa por otro lado absolutamente comprensible. Otros, que en la familia hicieron fortuna, salen de vacaciones antes de que se termine el año y por tanto tampoco estarán esa noche esperada.

Mi mujer me acaba de sugerir si no sería más conveniente que fuéramos a un restaurant, total los chicos ya son grandes y además se puede reservar una mesa con guirnaldas y arbolito. Yo lo único que verdaderamente lamento, más allá de esta inconmensurable nostalgia que me ganado el alma, es que no sé si me van a permitir salir a la vereda con una botella de sidra para tirar una cañita con bengala, de esas que siembran por unos segundos el cielo de fugaces astros de todos los tamaños y colores.

Tampoco es procedente ya, por mi edad y condición social, que tire una batería furtiva justo en el pie de las mujeres que se alaban hipócritamente los vestidos de esa noche. Al fin de cuentas, sólo se molestarán con un hombre mayor desubicado. Ya no estará más la abuela Hilda para darme esos retos de antología, que me ponían tan contento como cuando me abrazaba con ella al dar las doce.

* Periodista.

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