Argentina


EL DESAFÍO DE CONSTRUIR UN NUEVO PAÍS, ES DE TODOS


Alfredo Carazo *

Las imágenes se suceden a velocidad de vértigo, superando a los aparatos partidarios. Con Argentina en las puertas del límite institucional, sumida en la deslegitimación de todas las instituciones, sólo hay espacio para el cambio. Podrá mensurarse en la medida de la realidad, pero no se puede obviar. Y no hay cambio social que no lleve implícito el cambio político.

Es posible que la cultura de las últimas décadas haya desacostumbrado a la política en el ejercicio de conducción de la economía, como un mecanismo técnico puesto al servicio del hombre. Hasta ahora, en los 18 años de democracia, la economía estuvo sujeta a la ideología neoliberal, con su carga política, social, cultural y hasta antropológica.

Y estratégicamente, hubo de despolitizar a la sociedad para adormecerla en sus demandas naturales, ejerciendo un control social en democracia, muy similar al cultivado desde la Doctrina de la Seguridad Nacional, pero mucho más sutilmente inducido.

Por eso al cambio no es posible lograrlo de la mañana a la noche. Desde allí debería plantearse la construcción de un nuevo modelo de país. Desde allí también, habría que discutir las ideas antes de identificar a los hombres idóneos para que las pongan en práctica.

La mayoría de los manifestantes de la Plaza de Mayo, los del cacerolazo nocturno, tenían como consigna lograr “que nadie se confunda, esto no es política”. Recientemente el politólogo francés Bruno Theret, distinguía entre “lo político” y “la política”, señalando que “a la política la encontramos en todas las esferas de la sociedad, en todas las actividades, sean estas económicas como políticas propiamente dichas, en cambio lo político, tal como se plantea en su autonomía, tiene que ver con una esfera particular de la sociedad organizada alrededor del Estado”.

Distinguir conceptualmente no es poco importante, aunque parezca un exabrupto en medio de las urgencias sociales, del caos y de la fragmentación de la sociedad. No habría que preocuparse tanto sobre el qué dirán afuera acerca de las decisiones que rodean al conflictivo tema de la deuda externa. Hay que preocuparse sobre lo que pasará acá adentro, a los argentinos, al país que no fue llevado a este límite por el gobierno de Adolfo Rodríguez Saa. En todo caso, se trata de una administración que, en su transitoriedad, intenta ir cerrando con una ingeniería política, y desde una visión ideológica distinta, todo los frentes que estaban abiertos mucho antes de que Fernando de la Rúa abandonara la presidencia de Argentina, dejando a todos los indicadores económicos por el suelo y a lo social en uno de los desastres más notorios de la historia. Es muy difícil señalar en tan pocas horas si este es un gobierno de salvación nacional.  ¿En qué consiste la salvación nacional?. Nadie puede ser capaz en el aquí y ahora, de una profunda transformación nacional que no sea alumbrada desde la base al vértice. Raúl Alfonsín intentó en vano alcanzar un oscuro e impreciso tercer movimiento histórico, suponiendo que fuera posible sin saltos culturales cualitativos en todos los órdenes de la vida.

Direcciones opuestas

La caída del gobierno anterior tiene sus componentes expuestos como en una vidriera. Privilegió el pago de la deuda externa por sobre la deuda interna social; conformó una sociedad de excluidos del sistema; le concedió al sistema financiero concentrado ventajas comparativas destruyendo al aparato productivo residual; fue cómplice de la sanción de una ley de flexibilidad laboral, sólo funcional a la corrupción política y empresarial; confiscó los salarios de los trabajadores y jubilados y subrogó la responsabilidad constitucional de origen parlamentario para detentar la suma del poder político puesto al servicio de la usura internacional y de sus representantes locales. Resulta obvio que cualquier gobierno que sucediera a Fernando de la Rúa y a Domingo Cavallo, tendría que dirigir sus pasos en sentido contrario, aunque conviviendo  con los cepos puestos por la anterior administración, como es el caso del vaciamiento de las reservas monetarias.

Si se quiere calificar a esto de demagogia o populismo, es un derecho innegable. Si con sentido social el Estado atiende la apertura de empleos en todo el país, restituye lo que le robaron a los trabajadores y jubilados, convoca al Consejo del Salario para que discuta un salario digno y además, privilegia la reactivación del aparato productivo nacional, no importa demasiado su calificación. Es comprensible que para el “establishment” –que incluye a determinados medios de comunicación- les resulte inasible todo aquello que no pueda encasillarse. Por eso la necesidad de ubicar comparativamente a una administración de emergencia nacional, con algunos de los clichés habituales. Izquierda, derecha, centroizquierda o centroderecha, progresismo o populismo. El temor al “aluvión zoológico” no se ha disipado. En la grilla se suele olvidar que hay fascismo de derecha, pero también lo hay de izquierda.

Hay algunos signos preocupantes por cierto. Hasta ahora el mayor peso de la crisis fue soportado por los sectores más desposeídos. Y seguramente, a pesar de las medidas adoptadas y a adoptarse, resulta obvio que el pueblo deberá seguir amoldándose a un país distinto. Pero eso supone también que los empresarios argentinos que quedan cambien su cultura de beneficio individual por una decisión de emprendedores orientada a reactivar el aparato productivo.

El gobierno tendrá que poner su parte, los trabajadores ya la pusieron pero sigue habiendo brazos, y ahora es el turno también de los que se beneficiaron. Todavía eso no se ve. Es más, estamos ingresando al negocio de la especulación, al aumento de los precios, y hasta se predice la insuficiencia de insumos importados.

No hay más. Los que aumenten los precios tendrán que bajarlos o cerrar sus puertas, porque la gente no los va a poder pagar. Los que quieran seguir beneficiándose con la crisis fracasarán en su intento. Los que siguen sembrando el terror del aislamiento de Argentina, se seguirán equivocando.

Argentina no entró en default con Rodríguez Saa, ya lo estaba con Fernando de la Rúa y eso se sabe en el mundo. Lo único que se hizo fue blanquearlo, de la misma manera que se desnudó una crisis social que no se veía desde la Casa Rosada, sede del gobierno argentino.

Es posible que al gobierno le esté faltando un paso más hacia el frente, tocando al sistema económico-financiero más concentrado de la economía, a las empresas rivatizadas, a los bancos y AFJP que tienen en sus manos una parte importante de la deuda externa.

Y también resta encarar con decisión una reforma política que sustituya a un Estado de pocos, por otro que esté al servicio del bien común, reinsertando a las mayorías nacionales. Y eso hay que protagonizarlo, porque no se regala.

* Periodista.

regresar a la primera página