ECHEGARAY, CHIAPAS Y EL ALA SOCIAL DE LA IGLESIA
Guadalupe Elizalde *
Pese a que todos los días se enciende un nuevo foco de atención en el país, conviene no dejar pasar –sin comentario- la visita del cardenal Roger Etchegaray al estado de Chiapas, en el suroriente de Méxic, ni la entrevista posterior que el enviado del Vaticano sostuvo con el presidente de México, Vicente Fox.
Para mejor comprensión de los lectores de Veneno, conviene ubicar a Etchegaray en una corriente ideológica muy especial. Al cardenal se le conoce como “el arquitecto de la política social del Vaticano”, impulsada por el Papa Juan Pablo II ante los graves problemas que aquejan a los más pobres del mundo en desarrollo. Por eso dijo muy claramente después de regresar de Chiapas que los rezagos múltiples de las etnias eran heridas reales, pero al mismo tiempo se trata de ver estos hechos como un “símbolo”, o mejor dicho, un signo de los tiempos, porque estos conflictos se están refocalizando en todas las naciones.
En la base de cualquier enfrentamiento social que demanda una mejor distribución de la riqueza, están las políticas económicas ordenadas desde fuera por las grandes centrales financieras del mundo. A este tipo de capitalismo usurero, alejado de la verdadera riqueza humana capaz de crear progreso, se ha dirigido Juan Pablo II de manera directa, con la inteción de hacer cambiar su visión del mundo: Este, no es sólo un sitio para hacer negocios y abrir mercados, sino un campo fértil para que los valores reorienten lo que ha de ser la finalidad del dinero, que es un medio.
El enfoque (Lester Thurow dixit) novedoso de la política capitalista se centraría en redimensionar el capitalismo hacia un polo más humano. Del capitalismo individualista –salvaje- habrá que pasar a uno social como único camino para lograr el éxito global de una economía. Lo global no será sino con el concurso de las naciones coaligadas; y éstas no podrán avanzar sin sus ciudadanos.
En un giro de tuerca interesante, Fox dio a conocer a Etchegaray su visión del problema chiapaneco. Esta fue –adivinó usted- “tratar de manera más social los problemas de pobreza, exclusión y violencia que sufren los indígenas”.
El gobierno mexicano liga esfuerzos, con los mismos que intenta realizar el gobernador de Chiapas, Pablo Salazar Mendiguchía, para reducir la brecha económica y cultural del estado entre los que poseen poco y nada; entre los que gozan de oportunidades de empleo, salud y educación, y quienes están todavía lejos de estos beneficios.
Ganan las iglesias y el gobierno:
La violencia real deja de serlo para colocarse en el sitio de las consecuencias. La lucha armada –ojo con el terrorismo- es la respuesta social a una injusticia que deriva de la corrupción y de la pésima distribución de la riqueza.
Aquello que “es del César” ha de regresar a las arcas públicas, para que los beneficiarios del mercado acudan a ayudar a quienes se quedaron al margen de esta nueva guerra económica.
La cuestión es clara y debería ser más justa, pero
el quid debe centrarse en el “cómo”, porque volver al asistencialismo
clientelar será como poner un curita a una herida grave y añeja.
No basta dar, hay que crear viabilidad de sobrevivencia. Liberar a los
pobres para que gocen del derecho de producir.
* Periodista.