UNA TARDE EN LA 18
Ana María Fuster Lavín *
- "¡Señora, no cruce! La luz está verde".
- "Se pasa todo el día camina que te camina por la Ponce de León".
- "¡Qué la van a aplastar!"
- "Muévase, vieja loca. Coño, tengo prisa. ¿Quiere que le pase el carro por encima?"
- "Debería quedarse en su casa viendo telenovelas".
Una calurosa tarde mientras esperaba la guagua, me puse a observar el mundo del peatón santurcino. Mi carro se acababa de averiar y no usaba la transportación pública desde mis años de universitaria. Me encontraba en otra dimensión, ese día la parada 18 de Santurce parecía una contaminada y apestosa pesadilla. Polvo, ruidos, tecatos pidiendo para el vicio, bocinazos, un cocolito con el radio a todo volumen (oyendo Rap, qué mucho me fastidia esa música), las aceras parecen queso suizo a boquete limpio (claro, como es año de elecciones, dicen que las van a arreglar), carros por todos lados. ¡Y los olores! Hay un aroma –más bien una peste- a sudor, orines, el grasero del fast-food y el restaurante chino de la esquina, vómitos, la alcantarilla desbordada, más el perfume fuertísimo a rosas y geranios -como el perfume de Avon que usaba aquella aburrida maestra de español de mis años de secundaria- de la señora que estaba a mi lado.
Me puse a observar un perrito –algo así como un chihuahua sato- que jugaba con una cajita de la oferta Núm. 1 de Taco Bell. La aguantaba fuerte con las patas delanteras y con el hocico trataba de abrirla, pero se le caía. Volvía a repetirlo. Lo ayudé par de veces que se le quedó la cabeza dentro de la caja y comenzaba a llorar.
Así me entretuve para no ver a la señora que seguía tratando de cruzar cada vez que el semáforo se ponía verde; para que el tecato no siguiera pidiéndome un peso; para que no me hablaran de los populares y los penepés, del show del Gangster y las tetas de la modelo de turno, o del último capítulo de la telenovela. Temas para mí, muy cautivadores. Sí, claro... eso cuando me ingresen al sanatorio donde trabajaba mi padre.
- "Señora, que la van a aplastar. Venga pa’cá".
- "Mire doñita, un peso".
- "¡Por ahí viene la guagua! Avancen que a mí me dejó una vez y son casi las 5".
Ya se oía el característico chillido de los frenos hacia el semáforo a dos bloques. Todos se preparaban como si fueran hacia un viaje que les llevara a vivir. Hasta sentí un momentáneo silencio, como si el tiempo se hubiese detenido. Quizás un tripeo. Me arrodillé a recoger el maletín y darle una caricia al pequeño perro, que me miraba con cara de llévame. De momento se oyó un fuerte cantazo. Solté al perro.
- "Ay, bendito. Cristo de las angustias. ¡Atropellaron a la señora!"
- "Sabía que eso ocurriría algún día. Mejor pa ella".
- "Corran, que perdemos la guagua, ya está en la otra luz".
Parecía una escena del telenoticiero de las 6PM. Corrí a donde la accidentada. Ya no respiraba. Sentí que todo mi cuerpo ardía; tenía miedo y coraje. Allí yacía el cuerpo de la anciana, entre el carro y la cuneta, y nadie se movía. Un fino riachuelo de sangre comenzaba a recorrer la brea desde su pobre ser hasta la parada de la guagua, donde todos se impacientaban por llegar a sus hogares.
La volví a mirar, parecía que finalmente había alcanzado la cordura y la paz. Sin embargo, su cráneo triturado sobre la cuneta era una imagen atroz. Comencé a recoger las latas sucias y trapos que ella transportaba en una bolsa plástica, ahora desparramados por la avenida.
El contundente frenazo de la guagua casi en mis tímpanos me sacó del letargo. Todos subieron la vehículo hacia sus destinos. El semáforo cambió a verde. Me quedé aguantando la destrozada cabeza de aquella desdichada, mientras veía entre lágrimas como huían en la guagua sin que les importara la pobre doñita. Sentí una eternidad que me aplastaba.
- "Señorita." –dijo un policía que interrumpió mi choque con la realidad. –"No se preocupe yo me encargo de este pobre ser. Mire, no debe dejar su perro suelto, que le va a pasar lo mismo".
Le di las gracias al policía entre lágrimas. Agarré mi maletín y al perrito. Nos fuimos a pie a casa.
"¡Menos mal que mañana me entregan el carro!"
* Nacío en San Juan de Puerto Rico (1-8-67). La época hippie fue su progenitora. Sobrevivió a un colegio católico, luego, pasó a la Universidad de Puerto Rico donde encontró su oasis y destino. En la actualidad es correctora en el Tribunal Supremo de Puerto Rico, el periódico de la Universidad de Puerto Rico y colaboradora y redactora en una editorial española.