HUMEDADES, DE FERNANDO SCHÜTTE
Fernando Martínez Ramírez *
Si hemos de distinguir el rasgo primordial en la poseía de Fernando Schütte diremos que es el deslizamiento constante que se da entre el pathos y el eros, entre la determinación ética de las pasiones y la urgencia de encontrarles su destino erótico, sea cual sea. Así como Ulises, castigado por un dios veleidoso, anduvo errabundo en busca de su patria añorada y la encontró casi de la misma manera en que la había perdido, por un desvarío del destino, Schütte vaga por lo arrebatos y nostalgias del cuerpo y de la memoria buscando la Itaca de su felicidad, que una veces es hallada lascivamente, con lujuria, y otras veces en la sutiliza de una caricia
Tímido murmullo de olas bajas
revientan en tus muslos, los acarician...
Dos Eros conviven en los poemas de Schütte, el uránico y en pandémico, es decir, el celestial y perfecto –que según Platón alcanzaba las alturas inmarcesibles del ser y únicamente les era revelado a los filósofos- y el mundano e imperfecto, que cunde con el cuerpo como un demonio universal obsesionado por la carne. Dos Eros, el primero dice que la vida amorosa está en otra parte, más digna y a la altura que creemos merecer, en él reposan la mujer o el hombre ideales, en ese pasado donde nos sabemos grandes e inocentes o en un futuro donde la magia aguarda por nosotros.
Vienes de los tiempos en que olía la lluvia
cuando entre mis labios escondía un te quiero
cuando con tus besos soñaba despierta
vienes del recuerdo de una amor que espero.
Dos Eros, el segundo nos lanza a buscar los olores y humedades de otros cuerpos para derrotarlos a sucumbir con ellos y de ese modo satisfacer la urgencia que la piel siente por la piel. Dos formas de amor recorren la poesía de Fernando Schütte y cada cual es perecedera a su modo, una en el hastío que sobreviene cuando dos cuerpos trenzan su horizontalidad y descubren que pueden vaciarse sin pudor, a través de un placer furtivo y precario, la otra se extingue en la nostalgia de épocas mejores que la memoria guarda para rumiar con ellas y fortalecer el yo cada vez que sea necesario.
Se confunden tus formas con las sombras
te maquilan, te mutilan, te esconden.
Dos tesituras amorosas, y nos refugiamos de una en la otra para transitar
por la vida sin sentirnos derrotados, pues el ir y venir entre el cuerpo
y el espíritu alegra nuestra ruta; cuando el primero es socavado
el espíritu sale al quite y promete mejores tiempos, pero cuando
es éste el que languidece el cuerpo intensifica su actividad para
la liberación llegue por el cansancio u olvido.
Homo eroticus homo fabulans est, el hombre ficcionaliza su destino
en virtud de su voracidad amorosa y el poeta ha venido a confirmarnos que
no hay excepciones para esta regla. El espectro erótico de “Humedades”
abarca casi todos los matices del amor. Existe, por ejemplo, el sexo
embustero, que engaña para encontrar alivio a su apetito. Después
viene la satisfacción como término del deseo, el descubrimiento
de un apego huidizo que quiere convertirse en algo más profundo.
Por instantes incluso se advierte una exaltación pederasta
y otra incestuosa que encantarán a algún sicoanalista, invitándolo
a ejercer ala hermenéutica de la sospecha y, sin embargo, estará
equivocado porque estas manías constituyen otro cariz del amor,
de las obsesiones que siempre encontrarán destino en la literatura.
La luna asoma su cuerpo de luz
mientras tu cabello vuela en la negrura
y en sándalo ofrece fantasías.
qué suerte tenerte niña mientras sueño.
Mañanas, tardes, noches, madrugadas, cualquier rato es un fabuloso expediente para construir atmósferas que respondan a estados anímicos muy personales, cada uno relacionado con la beligerancia y la derrota del cuerpo con su satisfacción o su fastidio.
No podía faltar, desde luego, la composición melodramática que no disminuye un ápice la personalidad del poeta, pues la ética melodramática es compensatoria, es la edad adulta de la vida que reconoce el mundo como algo ineluctable y lo asume como el único sitio donde podemos ser iniciados en los misterios del ser y del sexo y de todo aquello que obsesiona, no ignora la arbitrariedad del cosmos, sabe de su justicia siempre tardía que, a diferencia de la tragedia –que es para héroes, para sujetos cuya voluntad no ha sido vulnerada por la vida y es joven m indolente y resiste la inequidad- en el melodrama llega tarde, aunque para ello resulte necesario invertir una vida.
La sal que recogen mis pómulos tristes
recuerdos las rocas bañadas del mar
ola que un sueño te hubiera besado
lamiendo en tu cuerpo el sabor del cristal.
El cuerpo del otro resulta el espejo que modela la sensualidad y descubre verdades sombrías, como la flacidez y la senilidad que se adhiere a la epidermis, el temido contraste entre la piel joven y la vieja, el apremio de interrumpir por medio del sexo el paso del tiempo.
Lo que siempre estará en juego con el erotismo es vencer el aislamiento del ser; la huella de su discontinuidad con los otros seres. Se trata de alcanzar provisionalmente un sentimiento de continuidad, vencer el abismo que nos aparta, sentir por un momento que más allá de la separación es posible el reencuentro. La acción decisiva es ponerse desnudos, lamer como la mer y la merde para que la piel salada, las manos mezquinas y el espíritu leve afiancen su zozobra, su desesperación y su felicidad. Y ésta última viene a ser la imagen que sintetiza la metafísica amorosa de Fernando Schütte.
Vives aquí, en mi misma cama,
donde entre risas recuerdo que te tuve
donde prefiero imagina tu carne firme
a saber que siguen a mi lado.
* Poeta.