HAY QUE CONSTRUIR UNA REALIDAD DISTINTA EN LUGAR DE ALUCINARLA
Alfredo Carazo *
Vivimos un mundo de irrealidades. Lo grave es si llegamos a acostumbrarnos. Los banqueros, después de hacer negocios en el mercado, dicen que el Estado no los puede dejar caer.
Las privatizadas dicen lo mismo, y en algunos casos, como el de Yacimientos Carboníferos Fiscales de Río Turbio, devuelven la empresa al Estado, después de habérseles subsidiado los sueldos de los trabajadores mensualmente. Los empresarios de capitales más concentrados, ahora nucleados en la Asociación Empresaria Argentina, le advirtieron al presidente que ellos quieren “un sistema económico de libertad de mercado, de la propiedad privada y de seguridad jurídica”, que les dio suficientes dividendos como para sacarlos del país y colocarlos a buen resguardo. Los que tienen empresas del transporte automotor también exigen subsidios y se les da.
Y los concesionarios ferroviarios –que nos cuestan tanto como cuando los ferrocarriles eran argentinos- que han vaciado los ramales y desmembrado al país, siguen chupando la teta del Estado. Y el Estado no es el gobierno, ni el presidente, ni todos los poderes constituidos. Todo esto en democracia debería formar parte de la representatividad popular delegada, y de ninguna manera debiera ser confiscada. Sin embargo, el Estado parece ser un bien mostrenco.
De igual manera dentro de pocos días deberíamos estar brindado por la recuperación de la economía, de acuerdo a las previsiones del presidente argentino Eduardo Duhalde, lo que tiene tanto que ver con la realidad como una moneda que cae de canto. La imagen del discurso oficial resulta alucinante. En teoría “lo peor de la crisis ya pasó”, porque “no va a haber inflación” y “aunque el Fondo Monetario Internacional (FMI) no ayude el país puede salir adelante”.
Ni siquiera es una formulación testimonial. Más bien parece un disparate, si se tienen en cuenta sólo algunos indicadores de la cuestión social. La mitad de la población económicamente activa de Argentina está realmente paralizada. Un cuarto de ese porcentaje se mide por la desocupación y el resto es subocupada, que es más o menos lo mismo, pero disfrazado.
Más de la mitad del pueblo vive por debajo de la línea de pobreza, y un gran porcentaje son niños y jóvenes. En este contexto, la crisis sanitaria es alarmante. Sin trabajo, sin comida, sin salud, de qué habla el presidente. Y como si fuera poco ya no pueden quedar dudas de que si se llegara a un acuerdo con el FMI, sólo sería para pagarle a ese organismo los intereses de la deuda externa, que los argentinos debemos “honrar”, de igual manera de cuando nos decían que éramos “derechos y humanos”.
La economía globalizazada
Si de insertarnos en el mundo se trata, habría que tener en cuenta las recientes declaraciones de la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio, señalando que “la globalización está cambiando la economía mundial y la forma en que se están produciendo esos cambios tiene efectos indirectos en las oportunidades de desarrollo”, añadiendo que “la desigualdad geográfica de la globalización y la marginación de las economías en desarrollo reducen la escasa competitividad en las exportaciones de manufacturas y servicios de las naciones menos avanzadas”. Cabría preguntarse entonces a qué mundo queremos ingresar. Porque los países altamente desarrollados le están cerrando cada vez más las puertas al mundo en desarrollo al que nunca dejaron despegar, abroquelándose en sus preocupaciones.
Ese mundo, al que cierto periodismo toma como modelo, por tratarse de “países serios”, también tiene sus lacras y su gente se revela al mejor estilo argentino, como ocurrió recientemente con los españoles, sumidos en el peor desempleo de la Unión Europea y que protestaron contra la política del jefe de Gobierno de España, José María Aznar, quien se siente casi obligado a darle consejos y retarlo a Duhalde.
Está visto que ya vivimos un país de ficción, armado como un juego por las fuerzas políticas mayoritarias, que abandonaron el anclaje histórico en el movimiento nacional y popular. Podría verse como impropio en medio de la crisis, volver la mirada sobre las bases fundantes de esos partidos, pero junto con los pasos cortos, se hacen necesarias las zancadas para discutir las ideas.
Algo de eso se coló en declaraciones de la esposa del presidente de Argetina, Hilda González, al señalar que “debemos debatir si realmente el peronismo es lo que yo creo que es o si ha sido totalmente tomado por las ideas liberales que nos llevaron a la situación en la que estamos”. Y de la otra orilla, el presidente de la Unión Cívica Radical, Angel Rozas, no duda en afirmar que “hay que refundar al radicalismo, que está totalmente desacreditado ante la gente porque perdió su esencia fundacional, es tiempo de volver a las fuentes, al espíritu de Alem e Irigoyen”.
Es que más de 18 millones de pobres no se hacen de la noche a
la mañana, son necesarios buenos arquitectos políticos –los
tuvimos y los tenemos- para lograrlos y la recuperación no admite
caer en inconcebibles alucinaciones.
* Periodista.