Cuento


LA LIBERTAD DE MAURICIO


Ana María Fuster Lavín *

Ese lunes, como todas las mañanas, Mauricio se sentó a tomar su café recién colado frente a la pantalla de la computadora. Escuchaba de fondo la acostumbrada emisora de radio: noticias, llamadas de personas quejándose del precio de la gasolina, de la corrupción en el gobierno, de la política, del chisme del momento, hora tras hora. En realidad ni le prestaba atención, era un simple ruido que acompañaba su autoimpuesta soledad. Así se sentía seguro, era dueño de su mundo. Había trabajado por muchos años como corredor de bolsa, atendiendo ingenuos soñadores, pretensiosos hombres de negocios, engreídos yuppies, políticos tratando de dar el tumbe. Después de una crisis llegó a la fobia social, afortunadamente la empresa le brindó una alternativa, laborar desde la privacidad y calma de su hogar.

Su trabajo radicaba en que no perder vista los archivos de la bolsa de valores, que subían y bajaban al ritmo de su corazón. Ni se imaginaba qué podría pasar si era interrumpido, además sentía que nadie podía comprender la magnitud de su trabajo. Tenía que estar muy pendiente, pues en algún momento del día salían los porcentajes de la pequeña compañía, copiaba los números y daba a la tecla de enter para enviar el informe a la central con una breve sugerencia de compraventa. Eso era todo. Algunos días pasaba media hora para que esto sucediera, otras veces 5, 6, 8 horas. Eso no lo perturbaba.

Mauricio llevaba así ocho años y le quedaban 2 semanas para retirarse, como lo había calculado, al cumplir los 50 años. Nunca se le había escapado ese segundo, casi de infarto, en el que aparecía a través de la Internet su misión laboral. Después ya podía terminar su jornada, cenar cualquier cosa y tirarse en la cama a leer el periódico en total silencio. La rutina le daba cierta seguridad, era su guía, su religión.

- No, confíes en ellos. Te quieren tender una trampa.

Mauricio pegó un brinco, el periódico cayó a un lado de la cama y la radio al otro. "¡Qué carajo!" Gritó para sí, estaba seguro de haber escuchado una voz, pero dónde. Vivía en el octavo y último piso del edificio, y en el apartamento vecino no vivía nadie desde que murió la anciana que lo habitaba. Trató de reconciliar el sueño, pero nada. Aquella voz continuaba replicándole una y otra vez.

- Ten cuidado. Todos te engañan.

El solitario cuarentón bajó las escaleras. Todos dormían; no vio un alma por los pasillos. Ya daban las 6 de la mañana, así que tomó su desayuno y las 7 se sentó con su acostumbrado café frente a la computadora a comenzar su rutina.

Así llevaba 4 horas sin pestañear, esperando el momento de dar el enter, había olvidado aquella voz. "¡Bien! Subió 30 puntos!" Apagó la máquina, se comió un bocadillo y se tiró en la cama, durmiéndose enseguida.

- Mauricio, despierta, ten cuidado. Se acerca el momento.

Se despertó pálido, fantasmal. "Mierda, oí mi nombre, son las 10 de la noche. Tiene que ser un sueño." Corrió por todo el apartamento, buscó en armarios, debajo de la cama, abrió la ventana y se asomó a mirar a la calle. Estaba desierta, por un rato se quedó mirando un muro lleno de grafitis de una construcción frente a su condominio. De pronto pudo ver un mensaje "huye de ellos, te engañan, busca la libertad", lo contempló un buen rato hasta que aquella voz lo volvió a sacar de su concentración. Trató infructuosamente de no oírla.

Durante los siguientes tres días trató de seguir su rutina, pero ya no podía dormir más de un par de horas, pues la voz lo despertaba. Lo más terrible radicaba en que cada vez era más insistente. Sentía pánico, pero se desvanecía en las mañanas cuando comenzaba su rutina de trabajo.

Ya era viernes, había decidido la noche anterior que el sábado saldría temprano a tomar el sol, a caminar, y si las acciones subían mucho ­como sabía por las predicciones de ciertos economistas- las acapararía todas y compraría un pasaje para escaparse algunos días en un crucero. Después de 4 años, sin tomar vacaciones... Sería maravilloso, pensaba.

Tomó su café, y de nuevo se dirigió a la computadora, se sentía emocionado, olvidó de nuevo las voces. Mauricio estaba totalmente concentrado en su trabajo, números, porcentajes, acciones. Cada vez pasaban más rápido, y el tiempo corría, sin darse cuenta de que ya de que llegaba la tarde y pronto cerrarían los mercados de valores. Miró el reloj, caramba si ya faltan 5 minutos, ahora tienen que salir, menuda subida se perfila, ya me veo en medio del caribe, pensaba mientras su vista no dejaba los números.

- Ellos quieren destruirte, no te dejaran salir. Se quedarán con todo. Y se apagó la computadora.

¿Se habrá ido la luz? No, no puede ser. La radio, la nevera... Todo seguía funcionando normalmente. Corrió al baño y vomitó. Se sentía confundido, humillado, traicionado, pero de quién. Quien quería hacerle daño, si él se pasaba sólo. Trataba de mantenerse estable, pero las manos le temblaban y sudaba frío. Así, Mauricio decidió visitar la empresa antes de que cerraran ­y encima venía el fin de semana--.

Según bajaba las escaleras se daba cuenta de que los vecinos bajaban la voz o apagaban sus televisores o radios, se iban silenciando. Eso le extrañaba de sobremanera. Al igual, al salir a la calle las personas lo miraban como si lo acosaran y callaban. El camino se iba haciendo cada vez más insufrible y silencioso.

Al llegar al local, quedó aún más confundido... Ahora era el edificio tenía un negocio fast-food y un vídeo club. No conocía a nadie y todos los empleados y clientes lo miraban como si lo acusaran de algo. Mauricio trató de preguntar por la empresa, pero nadie lo escuchaba. Desistió de la idea.

Su confusión ya no le dejaba pensar. No entendía pues esa misma semana había recibido un cheque de la empresa con la dirección correcta, justo a donde había ido. Mauricio se pasó la mano por sus cabellos y se dio cuenta de que hacía mucho frío, le extrañó, pero prefirió no darle importancia. Mejor saldría de ese lugar y regresaría a su casa a trabajar con la computadora, quizás la próxima semana lograría comprar las acciones, no había que apurarse. Al llegar a la puerta, vio un letrero con luces de neón

- Te lo habíamos advertido... No tienes escapatoria.

Ya Mauricio dejó de razonar. Corrió frenéticamente hacia su casa por las desiertas calles. La ausencia de personas realmente fue la última estocada. Siguió corriendo hasta llegar a su edificio, a su apartamento...

Cuando entró se quedó perplejo, allí estaba él dormido frente a la pantalla de la computadora con el café ya frío. Se estrujó los ojos totalmente confundido, pero se sentía increíblemente tranquilo. Le acarició los cabellos a Mauricio, y logró sentirse a sí mismo. Miró el calendario de la computadora y aún era lunes. ¡Cómo! ¿El tiempo fue marcha atrás? Imposible... Mauricio abofeteó a Mauricio.

Mauricio se despertó sobresaltado, le dolía una mejilla. Se miró sorprendido en el espejo y la tenía muy roja con una mano marcada. ¡Coño! Es la primera vez que me quedo dormido frente a la computadora. Dijo en voz alta a su imagen reflejada. Se dio una ducha, se puso ropa limpia y fresca. Luego, corrió al teléfono y compró un pasaje para un crucero para ese mismo día. Preparó una maleta, apagó para siempre la computadora y se fue.

* Nació en San Juan de Puerto Rico (1-8-67). La época hippie fue su progenitora. Sobrevivió a un colegio católico, luego, pasó a la Universidad de Puerto Rico donde encontró su oasis y destino. En la actualidad es correctora en el Tribunal Supremo de Puerto Rico, el periódico de la Universidad de Puerto Rico y colaboradora y redactora en una editorial española.

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