Cuento


NOSTRA CULPA


José de la Torre *

Nadie en esta ciudad ignora que nosotros lo hicimos. Aunque lo neguemos y pretendamos ocultarlo, las armas estuvieron todo el tiempo en nuestras manos. Desde entonces la gente camina con los ojos en el suelo. Sólo los cínicos se saludan a la cara, y aunque el tiempo y el olvido borrarán nuestra memoria, los hijos de nuestros hijos habrán de recordarlo.

Todo comenzó cuando Nicanor Pérez, poeta desafortunado y burócrata converso, fanático de las causas perdidas del pecado y la condenación eterna, gestó en su mente alucinada la idea fatal de los espejos.

Para él, como para mucha gente de estas latitudes, la proximidad del Divino Visitante, aunque desde la altura inmensa de un avión, constituía un hecho milagroso que debería quedar impreso en la historia regional. Como declaró después a curiosos y reporteros, su campaña Con el sol en las manos le fue inspirada cuando, al saber la noticia, dedicó cada minuto de su tiempo a buscar la manera de dar realce y luminosidad al asombroso acontecimiento.

Luego de mucho pensarlo, luego de combatir con ahínco a los demonios de la pereza inútil y la fantasía perversa -según decía-, dio con su fatídico descubrimiento.

Ahora sabemos que Judas tiene muchas caras, pero en el caso de Nicanor Pérez el disfraz era perfecto. Vida nos faltará para arrepentirnos de haberlo escuchado. Autoridades y empresarios peleaban por figurar en el recibimiento. Aunque la estancia del Santo Padre duraría apenas dos horas, los escasos lugares para la ceremonia, en el aeropuerto, se reservaron -influencias, cabildeos y hasta sobornos de por medio- para las gentes importantes de la región.

Nicanor aprovechó esta y otras vanidades para deslumbrarnos con su apariencia taimada y bondadosa. Habló en cientos de reuniones. ¡Que todo el pueblo participe, no nada más los ricos!, decía a propios y extraños.

Mandó imprimir panfletos, regaló espejos con la imagen del Ilustre y recorrió escuelas, seminarios, clubes y parroquias promoviendo su campaña. Su discurso frenético era contagioso y pronto todos, el pueblo cristiano de esta ciudad, terminamos por abrazar su proyecto temerario.

Convenció al señor obispo y a los eminentes organizadores, y el domingo 23 de marzo, dos días antes del arribo, en todas las iglesias de la ciudad se leyó un exhortatorio invitando a los fieles a unirse, desde lo alto de sus casas, a la brillante bienvenida. Periódicos y noticieros dedicaron largos espacios al alucinado.

Debo confesar que yo, al igual que mucha gente de los alrededores, practico un cristianismo más bien cómodo y disparejo. Nada de fanatismos ni discusiones teológicas inútiles. Misa los domingos que se puede y cuando mucho, bodas, bautizos y defunciones. Soy ingeniero con maestría en matemáticas, y soy maestro de matemáticas en la escuela de ingeniería. Mi formación científica me exculpa de la religiosidad perdida, pero me condena en lo referente al magnicidio colectivo: no hice los cálculos cuando debería, cuando la siniestra posibilidad cruzó por mi mente.

Mi culpa es escribirlo. Lo de los espejos se le ocurrió a Nicanor Pérez, según contaba a quien quisiera escucharlo, una mañana soleada de domingo cuaresmal. Estaba sentado mirando la ventana que da frente a su escritorio, a donde ocurría aún los domingos para poner orden y limpieza en sus asuntos. De pronto el sol entró por la ventana (como si esto fuera posible), iluminó la calva del presidente en turno y el reflejo se fue a posar en las hojas que Nicanor sostenía, tembloroso, asombrado por la coincidencia.

Porque precisamente él en esos momentos releía sus poemas -como cada domingo-, pensando en la visita del Ilustre Padre. Eslabonó las cosas y el martes 8 de mayo de 1990, a las 10:57 de la mañana (dos minutos después de lo anunciado), todas las azoteas de todas las casas de todas las gentes cristianas de la ciudad, pletóricas de individuos con espejos en las manos, apuntaron sus destellos al avión sagrado, al majestuoso heraldo que, por deslumbramiento del piloto, hubo de posponer su aterrizaje y dar una vuelta de 200 millas circunvolando la ciudad, lo que originó la tragedia por todos conocida.

Desde las alturas el espectáculo debió ser grandioso. Miles de brillos como almas refulgentes daban la bienvenida. Alguien debió llamar la atención de su Santidad quien, con su sonrisa de bondad inmensa, posó sus ojos en aquella extensión de terreno iluminado, aquel pedazo de geografía hasta entonces ignorada, sobre la que de pronto se habían concentrado millones y millones de ojos, que a través de las pantallas mundialmente encadenadas supieron de nuestro gran fervor y sincronizada simpatía.

Llevado al terreno de las matemáticas, lo de los espejos es como sigue: según cálculos míos avalados por colegas y expertos, y que no hice cuando debería por negligencia criminal, el calor concentrado en un objeto que es reflejado por otro cuerpo directamente expuesto al sol, teniendo en cuenta que el objeto reflejador es un espejo que se encuentra colocado a una distancia promedio de 1000 metros, es de 0.01340 cal. mts. (calorías métricas). Dicha cantidad se debe multiplicar por el tiempo, en razón de que a mayor tiempo, mayor calor.

Lo anterior significa que si cuatrocientos mil individuos estuvimos reflejando el sol contra el avión que circunvoló la ciudad en una órbita no mayor a 100 kilómetros en promedio, la cifra del calor concentrado en el fuselaje pudo haber llegado, en determinado momento, a 395.8 grados centígrados, que fue lo que encendió el tanque izquierdo del ala derecha, que a su vez originó la tragedia infinita. La hecatombe sagrada. El pecado inmortal.

Nadie lo podíamos creer. Primero el relámpago, luego un humo cada vez más negro, y al final la explosión.

Fue espantoso presenciarlo. Es tormentoso soñarlo despierto y dormido, una y otra vez.

La prensa y el control internacional atribuyeron todo a un comando terrorista. Las brigadas rojas acusan a la CIA. La izquierda a la derecha, los del sur a los del norte, los judíos a los palestinos y todos viceversa.

Judas Nicanor se ahorcó en la escalera de su oficina, un domingo por la mañana, no sin antes haber asentado de su puño y letra la confesión rimada de su culpa.

Nosotros, como les digo, todo el pueblo cristiano de la ciudad, apenas nos atrevemos a saludarnos. En las calles miramos las banquetas o los tableros de los autos o la luz de los semáforos.

Las iglesias están vacías y donde quiera se adivinan los lamentos, los reproches, los recuerdos...

Yo trato de decirles, pero no me escuchan. Trato de consolarlos y sólo encuentro su desprecio. Ni el tiempo ni la historia habrán de perdonarnos...

* Originario de San Luis Potosí (2-7-1950), México, es médico cirujano y radica en Aguascalientes, México, donde es categrático en la carrera de medicina y secretario de prensa y comunicación de la sección local del Sindicato Nacional de trabajadores del Seguro Social. El Instituto Cultural de Aguascalientes le publicó en 1992 Ajuste de cuentos, cuya reedición modificada, llamada Reajuste de cuentos, se publicó en 2001. Es promotor editorial con revistas de efímera circulación y temporalidad: Aguacero (1987) y Aquí estamos. Fundó y dirigió Editorial Aguacero durante cinco años. Actualmente prepara la novela Noticias del Virus Comeletras.

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