NOS ESTAMOS HUNDIENDO CADA VEZ MÁS EN EL SUBDESARROLLO HUMANO
El raid televisivo de candidatos y precandidatos presidenciales no permite visualizar siquiera el primer escalón de un modelo distinto de país. Nos hemos dejado ganar por una suerte de inercia que nos sigue hundiendo en la declinación. Resulta obvio que las fronteras partidarias han quedado indefinidas, y que la perspectiva electoral aparece tan deslucida como el premio Martín Fierro para la farándula, porque hasta los que lo ocultan tienen la certeza de que se trata de un fraude moral y ético teñido de política.
El padre Luis Farinello, referente del Polo Social, señalaba hace poco que “el proyecto es el líder, las personas van en segundo lugar”, algo que refiere de inmediato al olvidado axioma peronista de “primero la Patria”. Y por el proyecto –o por su interpretación- pasa inexorablemente la realidad, que se evade o se transfiere detrás de una casete con un discurso indefinido y que en la mayoría de los casos huele a rancio.
En esta “vidriera escandalosa” discepoliana nadie está seguro de llegar a ser lo que quiere ser, y resulta inútil la ansiedad periodística por ratificar nombres prometedores en un escenario político descolorido. Son nombres que no entusiasman, no son capaces de desafiar la desconfianza y el desaliento, por lo que no sólo los pies parecen tener de barro.
Lo contrario ocurre con las consecuencias del desgobierno. En el contagio subregional la decadencia argentina se está mimetizando y ahora Estados Unidos, los países industrializados, los organismos multilaterales, los mercados financieros empiezan a creer en serio que hay algún problema en esta porción del mundo, aunque las mediciones del Prograna de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ubiquen todavía a la Argentina en el nivel 34 del desarrollo humano, entre casi 200 países analizados.
No es que les interese en exceso, pero es una piedra en su estrategia hegemónica. Este es el “nuevo milagro argentino” que parece querer ver con sus propios ojos, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Paul O’Neill, que desembarcará en Ezeiza para revisar el último mosaico del patio trasero de América latina, más allá de sus exabruptos de rígido gerente de multinacional, tan sutilmente diplomático y suave como podría ser un elefante dentro de un bazar.
Como se suele hacer con los enfermos contagiosos, Estados Unidos parece decidido a profundizar el aislamiento total al fenómeno argentino, una ocasión propicia para aprovechar los estragos que está involucrando al resto de los países del Mercado Común del Sur (MERCOSUR). Pero no hay lugar a equívocos, porque la por demás considerable ayuda que le están prometiendo –hasta el momento sólo prometiendo- los organismos multilaterales a Uruguay y en menor medida a Brasil, representa más temprano que tarde nuevos condicionamientos y un incremento de la deuda externa, con lo cual salvados de momento los sistemas financieros, el mediano y largo plazo presentará un contexto por demás conflictivo y con agudas consecuencias en lo social. Por de pronto en el Uruguay, el Fondo Monetario (FMI) impuso un corralito financiero selectivo a los ahorristas de la banca nacional y una programación de depósitos, mientras le deja las manos libre a la banca extranjera.
Y así como las medidas de ajuste del modelo neoliberal impactan seriamente y a manera de disciplinamiento social en el orden interno, también los ajustes practicados desde los países ricos disciplinan a las denominadas economías emergentes, condicionando a la democracia y al desarrollo humano que ya están alcanzando los límites tolerables de viabilidad. Frente a este avasallamiento debería promoverse un amplio consenso político y social, basado en un nuevo concepto de democratización de la sociedad y de sus actores claves, evitando de esta manera que las urnas terminen provocando un nuevo salto al vacío, pergeñado en la trastienda hegemónica del corporatismo político. Un paso de esta envergadura sólo es posible si en el país se habla un mismo lenguaje identificado con la inclusión social, el desarrollo humano y la defensa de los intereses nacionales por encima de una globalización mentirosa que está dejando al desnudo un proceso de acumulación concentrado, corrupto y deshumanizante.
Y en esta línea no puede quedar de lado la reactivación urgente
de los mecanismos de la integración. Recientemente en Guayaquil, los
presidentes sudamericanos ratificaron “la conexión indisoluble entre
el sistema democrático y el respeto integral de los derechos humanos
para la realización plena de los derechos civiles, políticos,
económicos, sociales y culturales, incluyendo el derecho universal
e inalienable al desarrollo”. Un enunciado digno de ser suscripto pero totalmente
escindido de la realidad que viven las mayorías de los pueblos de
la región toda.
* Periodista.