Uruguay

MISERIA, SAQUEOS Y ESPEJITOS DE COLORES, UN DESBORDE LARGAMENTE ANUNCIADO


Raúl Zibechi *

En el amplio debate suscitado por los saqueos, se habla muy poco de la crítica situación por la que atraviesan decenas de miles de uruguayos. Nada se dice sobre la marginación como hecho social y cultural, generador de resentimientos y mil formas de violencia que terminamos aceptando como algo normal.

"No se puede jugar con la ley de la conservación de la violencia: toda la violencia se paga y la violencia estructural ejercida por los mercados financieros, en la forma de despidos, pérdida de seguridad, etcétera, se ve equiparada en forma de suicidios, crimen y delincuencia, drogas, alcoholismo, un sinnúmero de pequeños y grandes actos de violencia cotidiana." Pierre Bourdieu

Los saqueos a supermercados sacudieron el imaginario social de los uruguayos. La idea de que "esto aquí no puede pasar", instalada desde la última oleada de saqueos en Argentina, se había erigido como una barrera defensiva ante la evidente bancarrota hacia la que se encaminaba el país. Quizá eso explique el hecho de que tanto los partidos políticos como los medios de comunicación y el ciudadano común busquen chivos expiatorios ante un comportamiento tan novedoso como temido. Casi todos, con buena o mala voluntad, apuestan a que una mano negra estaría detrás de los grupos de "marginales" que asaltaron o intentaron asaltar supermercados.

Aunque hasta el momento nadie exhibió pruebas serias y contundentes, las conclusiones se presentan con tal grado de seguridad que sugieren una honda resistencia a aceptar que Uruguay es, desde hace tiempo, un lugar donde los comportamientos ciudadanos poco difieren de los de otros países del continente.  Repasar las declaraciones, por ejemplo, de altos cargos del gobierno supone recorrer el camino que va desde las dudas iniciales hasta las descalificaciones que se fueron incorporando a lo largo de los días.  El ministro Guillermo Stirling pasó del inicial "no hay datos" a la certeza de días posteriores que lo llevó a afirmar que había "un pequeño Osama Bin Laden" detrás de los sucesos.

Ciertamente, las "pruebas" están basadas más en especulaciones y deseos de culpabilizar al adversario político que en hechos reales y sólidos.  Podría, sin embargo, explorarse otro camino, plantearse la posibilidad de que los habitantes de las zonas marginalizadas hayan actuado por iniciativa propia.  En todo caso, vale destacar que la primera piedra en sentido de la conspiración fue lanzada desde el gobierno.  Siempre es bueno eludir el hambre y la pobreza como verdaderos promotores de los saqueos.

La recorrida por algunos barrios donde se produjeron incidentes frente a supermercados y saqueos y el diálogo con decenas de personas de todas las edades permitió reconstruir un aparte sustancial de los saqueos. Si hay algo que resulta claro es que son hechos que no admiten simplificaciones, en cuyo desencadenamiento deben rastrearse múltiples causas (desde el hambre real y el temor al hambre hasta resentimientos sociales y culturales), aunque la pobreza aparece como trasfondo ineludible en todos los casos.  Contextualizar parece un primer requisito para comprender lo que sucedió.

Pero hasta determinar exactamente qué sucedió no resulta sencillo, toda vez que de la amplia lista de comercios "saqueados" difundida por las autoridades y los medios sólo una pequeña cantidad fueron efectivamente atacados.  Las más de las veces se trató de rumores o de presión social cerca de esos comercios.

Un largo declive

A medida que decenas de miles de uruguayos se fueron cayendo del empleo estable, de la vivienda formal y del acceso a la salud y la educación fueron creando -literalmente inventando- estrategias de supervivencia para enfrentar la nueva situación.

Desde fines de la década del 80, emergieron formas de acceder al dinero impensadas años atrás: carritos que recogen basura, niños que limpian parabrisas, cuidacoches, cartoneros, periferiantes, músicos en los ómnibus, las más variadas formas de prostitución; a la vez, el ambulantismo, el trabajo doméstico y otras viejas formas de supervivencia se incrementaron.

Junto a ellos aparecieron redes de pequeña y mediana delincuencia, en particular en los barrios populares, el "rastrillo" o el "peaje", modalidades de las barras juveniles que recalan en las esquinas.  Y se fortalecieron las bandas más organizadas, llegando a conformar verdaderas estructuras delictivas.

A grandes rasgos, habría que diferenciar entre la delincuencia bien organizada y el pequeño robo "al menudeo", propio de los jóvenes que viven en situación de calle, que completan los magros ingresos familiares -o sus expectativas de consumo- con el goteo diario de pequeños delitos.

En los últimos años, cuando ya la mitad de la población activa transita por el empleo precario, informal o está desempleada, estas nuevas formas de ganar dinero se vieron cada vez más saturadas por la llegada al "mercado" informal de más y más camadas de nuevos pobres o de nuevos adolescentes.  Por poner un ejemplo, los asentamientos (donde viven unos 200 mil montevideanos) se han visto desbordados, y muchos empezaron a levantar sus ranchos en zonas pantanosas o en sitios insólitos, aprovechando el menor espacio.

A nivel institucional, la respuesta a la situación de extrema pobreza recae sobre todo en la Intendencia de Montevideo (IMM), la escuela pública y parcialmente en el Instituto Nacional de Alimentación (INDA).  Pongamos por caso el barrio del Cerro, donde viven algo más de cien mil personas, casi la mitad bajo la línea de pobreza.  Allí la Intendencia asiste a 35 merenderos donde los niños tienen acceso a una merienda que consiste en un vaso de leche y pan o bizcochos.  La IMM aporta la leche, mientras las organizaciones sociales donde funciona el merendero (parroquias, clubes, comisiones de fomento) procuran conseguir los demás insumos.  En cuanto al INDA, en todo el Cerro funcionan apenas dos comedores, siendo los únicos lugares donde pueden comer los mayores de 12 años.

Mientras los merenderos asistían hasta comienzos de julio a unos 4.500 niños sólo en el Cerro, los comedores son mucho más restrictivos.  Para acudir a ellos hay que realizar trámites en diversas instituciones: cédula de identidad, carné de asistencia del MSP, historia laboral, comprobante de ingresos y constancia de domicilio.  El INDA otorga sólo diez números diarios para ingresar trámites para recibir asistencia y 30 para renovaciones, que caducan a los seis meses.

* Colaborador de la Agencia Latinoamericna de Información.

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