Cuento


REINA POR UN DÍA


Sergio Zárate *

Patricia era la envidia de todas las mujeres que habitaban las "Cuevas", una vecindad en el barrio de La Lagunilla, cerca del Cine Venus y donde la libido y el deseo insolente de los hombres se encuentran para alcanzar una efímera pero lograda satisfacción visual y corporal al menor tacto en la intimidad oscura del vetusto y húmedo edificio.

La "Paty", como todos le llamaban, era sensual, desvergonzada, acostumbrada a su bien formada y blanca figura; de un andar singular que provocaba disimulos y controversias, su rostro simulaba una perla y brillaba al sol unísona e inequívoca; parecía una reina. Ella lo sabía... era bellísima, casi una muñeca que me recordaba una vieja canción de Luis Arcaraz...

Pero ¿cómo decírselo, cómo poder arrancarle un pedazo de sonrisa o una furtiva mirada si el "Pancho" no la dejaba ni a sol ni a sombra?..

El tipo era alto y fornido por demás y no permitía que ni el aire se le acercara, antes prefería golperla para que nadie se fijara en ella y para demostrarnos su presuntuosa cobardía...

¿Por qué tratar así a la rosa más perfumada y arrogante del jardín, espinada y sangrante, cierto, pero rosa fragante al fin? ¿Por qué ella no lo dejaba y daba, puerta atrás, otro rumbo a su vida?

Todos en el barrio la deseaban, la miraban vehementes y cualquier movimiento de sus caderas hacia tropezar murmullos e imaginaciones excitantes.

Una madrugada, entre mi insomnio, cuando todas regresaban, algunas tambaleantes, otras con miradas encendidas y cansadas expresiones, la vi, abrazada de su hombre que casi la arrastraba para llevarla a su "cueva de amor" y no precisamente para amarla. Fue para golpearla ya que la obviedad era continua y monótona a través de los gritos de ella y los insultos que llegaban como puñaladas de él.

La "Rosa" exigía en un alarido al mismo tiempo silencio, silencio para poder descansar su homosexualidad deslumbrante, se quitaba los atuendos de su trasvetismo y emitía toda clase de bramidos por su pequeña ventana. Nunca supimos porque lo hacia pero era la escena esperada y acostumbrada cada madrugada.

Ya son tres veces en una semana que se repite la escena, bastante dolorosa para mi -pensé-. Cómo me preocupaba por la "Paty". Quería entrar a su cuarto y defenderla, arrojarme al bulto sucio y arrogante del "Pancho" y destrozarlo de un solo golpe, pero...

Al día siguiente, con el sonido abrumador de los camiones y autos que armonizaban mi desvelo, me desperté excitado y de un presuroso salto salí de la cama para asomarme, como todos los días, por esa ventana que, impregnada de olores de carne humana, de pasados sudores entregados y compartidos, de sexos indefinidos, me invitaba a verla semidesnuda tomando su café, pero esta vez ansiaba saber que le había sucedido a la frágil perfección de la...

De pronto, alguien toco a mi puerta, abrí y entró sin mayor preocupación, así semidesnuda e inerme… la "Paty"; ¡no podía creerlo!...

¿Tienes un pinche hielo?, me dijo con voz temblorosa mientras se cubría el ojo izquierdo...

No le respondí, solo acerté a mirarla y sonreír. Salí, así como estaba, fui a buscar un hielo, donde fuera, con quien sea, un hielo y... flores. Sí, flores, para cubrirla a toda ella; sentía que ese debía ser su lugar: entre las flores de perfumados colores...

Pedí un vestido prestado al o a la "Rosa", un vestido largo para tapar su palidez, hice, no se como, una gran corona de papel y regresé.

La encontré tirada boca arriba en mi cama, llorando, se sobresalto cuando entré y la tape y arreglé el vestido de tal forma que pareciese una reina, coloqué la corona en su larga cabellera, le di el hielo para calmar su dolor y me hinque ante su presencia, a ella no parecía importarle; apunte a decirle: ¡No te levantes!, por favor, deja tenerte así, cómo a una reina... como una reina, una reina inolvidable.

Así, descansa, duerme que yo te protegeré mi reina, por favor descansa todo este día.

Sonrió y se recostó de nuevo para dormir, con el hielo en el ojo, silenciosa, de una blancura animosa y esbelta… Así la miraba, sin tocarla porque mis manos no eran deseosas, sino cariñosas cuando sin saberlo acariciaba su cabello…

Le dije: Duerme reina mía… Descansa, deja que el espíritu vaya de viaje… Duerme, duerme mi reina por un día.

* Director del periodico El Hijo del Tlacuache.

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