América Latina


DESPUÉS DE LA CAÍDA DE LAS TORRES


Raúl Zibechi *

Nada nuevo ha parido el último año en el continente. Pero todas las tendencias que se venían perfilando se han intensificado hasta hacer estallar crisis nacionales y amenazan con sumir a toda la región en la inestabilidad y el desorden.

Con razón se dice que las Torres Gemelas de Neva York se cayeron sobre el pueblo palestino. Este aserto se basa en el hecho indudable de que fue el primer ministro israelí, Ariel Sharon, quien mejor aprovechó la ocasión que le brindaron los ataques del 11 de septiembre para implementar su política de militarización del conflicto. Sharon no se cansó de repetir, a lo largo de todo un año, que no existe la menor diferencia entre Osama Bin Laden y Al Qaeda y la rebelión palestina.

Con ese argumento, que la política de atentados indiscriminados contra la población civil hebrea contribuye a hacer creíble, los halcones de Israel consiguieron fortalecer sus apoyos entre sus pares estadounidenses y hasta cierta neutralidad benevolente de buena parte de los países europeos. El pueblo palestino ha sido el más afectado por el nuevo clima mundial que ya se respiraba antes de los atentados, pero que después cobró nuevo impulso.

La nueva situación afecta a todos los pueblos del Tercer Mundo y de forma particular a los de América Latina. Como amplias zonas del planeta, unos cuantos países al sur del Río Bravo sufren el creciente desinterés de las potencias centrales que ya no aspiran siquiera a mantenerlos como reservorios de materias primas, cada vez menos necesarias ante los desarrollos científicos recientes que tienden a utilizar una gama cada vez menor de recursos naturales.

En pocos años, según todos los expertos, las empresas multinacionales estarán en condiciones de producir insumos sin recurrir a materias primas del mundo natural, en base al desarrollo de una nueva generación de tecnologías, las nanotecnologías, capaces de producir cambios en el mundo no animado modificando el componente molecular de algunos elementos. Estas vienen a completar las biotecnologías que han sido capaces de modificar la naturaleza, creando desde productos transgénicos hasta animales clonados.

Son cada vez más las zonas y regiones del continente latinoamericano que han sido abandonadas a su suerte, después de esquilmarlas convenientemente, lo que significa dejarlas en manos de sus voraces elites.

El retorno de los virreinatos

El 11 de septiembre acelera la crisis de la democracia y acrecienta la debilidad de los estados nacionales. La reciente intervención del embajador de Estados Unidos en la campaña electoral boliviana, asegurando que de triunfar el líder indígena Evo Morales su país retiraría la ayuda y se generaría una difícil situación, es apenas una muestra de lo que puede venir. Meses atrás, en la campaña electoral nicaragüense, el embajador estadounidense en Managua torció el empate entre el candidato conservador y el sandinista a favor del primero.

No son casualidades ni expresiones extemporáneas sino un retorno a la política de medio siglo atrás: la intervención desembozada y abierta en los asuntos nacionales. Estos hechos, sumados a la proliferación de bases militares en puntos estratégicos de la región, revelan que se busca la subordinación sin más de toda América Latina. El objetivo parece ser el impulsar una profunda reorganización del continente con gobiernos dóciles, estados nacionales que actúen como guardianes de los intereses de las multinacionales que tendrán así un amplio, cautivo y dócil mercado y un acceso ilimitado a los recursos naturales. El "derecho" de las multinacionales consagrado en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte suplanta a las constituciones nacionales.

El objetivo sólo cierra con la implementación de fuerzas de seguridad nacionales enfocadas a controlar y reprimir a los disidentes, los díscolos o quienes cuestionen los intereses de la superpotencia. Para Washington, los temas vinculados a las inversiones y al comercio son parte de su política de seguridad nacional. De modo que quienes cuestionen esa política, aunque utilicen los métodos de Mahatma Gandhi, serán considerados irremisiblemente como terroristas.

Las democracias son un estorbo. ¿Quién se acuerda ya de los parlamentos nacionales? Han sido vaciados de contenido, dejaron de ser los espacios en los que se tomaban decisiones para limitarse a aprobar cuestiones que se deciden en otros espacios. Las democracias, como quedó claro en el proceso que llevó a George Bush, hijo, a la Casa Blanca, han sido reducidas a meros mecanismos, gimnasias electorales periódicas.

El segundo aspecto de este retorno a la lógica colonial es el papel del ejército imperial, presto a actuar en el caso de que las guardias nacionales sean desbordadas por la creciente revuelta de sociedades cada vez más empobrecidas.

El Plan Colombia enseña hasta qué punto los ejércitos pueden ponerse en pie y debilitarse según convenga a los intereses de Washington. En tres años, el ejército colombiano duplicó la cantidad de personal en armas de que dispone, algo que no había sucedido en cuarenta años de guerra. Nicaragua sirve de ejemplo de cómo la guerra de baja intensidad es capaz de hundir a un país a tal punto que demorará, si alguna vez lo consigue, varias generaciones en recuperarse.

Es que el propio concepto de país (o sea un espacio geográfico soberano y autogobernado) ha dejado de ser funcional en esta etapa del capitalismo. Argentina es la mejor muestra de ello. Hasta poco tiempo atrás, casos, como el argentino, estaban reservados a las que se consideraban "repúblicas bananeras", o sea pequeños países pobres, sin industria y dependientes de algún monocultivo. Pero nunca había sucedido, por lo menos en América Latina, algo similar con la que fuera una gran nación industrial. Lo peor es que las elites no perdieron nada. Tienen sus capitales a buen recaudo. Tampoco perdió nada el capitalismo con el cierre de cientos de fábricas y el hundimiento de una poderosa industria. Las fábricas, como los capitales, son capaces de volar a lugares más seguros, a sitios donde no haya restricciones legales ni masas dispuestas a hacer valer sus derechos.

En esta guerra no declarada, que se intensifica desde el 11 de setiembre de 2001, los perdedores son los millones de viejos y nuevos pobres. Si la Argentina de los años 50 podía jactarse de que los pobres eran una fracción muy pequeña de la población, hoy más de la mitad de los argentinos viven en la pobreza.

Es el precio de la reestructuración de los negocios o de "los mercados". Mañana, esos mismos desarrapados, o sus hijos y sus nietos, serán bombardeados con sugestivas propagandas que les dirán qué mercancías deben comprar y dónde deben hacerlo, para mejor y más fluida valorización del capital. Hasta que, una vez más, alguien empiece a hablar de "derechos"o de "alternativas" a un mundo que seguirá siendo invivible.

* Colaborador de la Agencia Latinoamericana de Información.

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