Argentina


CON LOS TIEMPOS POLÍTICOS ACOTADOS, NO HAY ESPACIO PARA ESPECULACIONES


Alfredo Carazo *

La política argentina está plagada de códigos que se interpretan desde el absurdo. Se habla de elecciones pero se condicionan de tal manera que pareciera como que ningún político las quisiera, excepción hecha de los que no tienen chance, a pesar de que es una incógnita a develar. Se proponen internas abiertas, pero todos la quieren a su manera y a su medida, con lo cual las invalidan y las deslegitiman a cada paso.

El presidente renuncia sabiendo que nadie le aceptará el inusual gesto, porque tampoco nadie está seguro de qué puede pasar en el país en el entre tanto. Incluso los espacios que intentan recoger las vertientes del denominado progresismo, se limitan a reflexionan en medio de una inercia que los desestabiliza internamente. Vuelven a refugiarse en los claustros universitarios, también cuestionados, y que ya no son generadores del pensamiento político. Nada de esto tiene algo que ver con la democracia. Ni siquiera es un remedo.

Pero tampoco se conviene en que ya no hay demasiado lugar para las especulaciones cupulares. El presidente, Eduardo Duhalde, admite que los tres poderes del Estado están cuestionados y como el ejecutivo es unipersonal, está planteando un riesgo institucional que ni siquiera la Asamblea Legislativa podría resolver. Si en el país hubiera, como en otros tiempos fuertes movimientos políticos, quizás esta fuera la hora de sentarse en torno a una mesa para discutir políticas de Estado con visión de estadistas. Pero los nueve meses de transición fueron demostrando el vacío político en el que estamos hundidos.

Y vuelve a aparecer el absurdo, porque se recita la necesidad de unir a las mayorías para salir de la crisis, mientras las fuerzas políticas se atomizan de manera suicida. Y eso que todos intuyen que de haber elecciones ahora, sólo algunos podrían arañar apenas el veinte por ciento de los votos. Sería lo más parecido al Ecuador, que acaba de terminar su primera vuelta y en donde un pueblo de 6.000 habitantes, todos juntos, decidieron no votar, "porque los políticos nunca han atendido nuestras necesidades".

Esto tiene mucho que ver con la deslegitimación de la política impulsada desde el mismo modelo neoliberal, como la vía más rápida y segura para asegurar la influencia de los grupos más concentrados de la economía, recurriendo incluso a la corrupción. El mismo proceso electoral es un absurdo en sí mismo, por medio del cual la voluntad popular ha sido reducida a la elección de simples gerentes.

Y aunque el abstencionismo siempre es peor que el optar por lo menos malo, la saturación de lo recurrente puede derivar en una anemia de la voluntad política mucho más perniciosa que la que hoy golpea al conjunto de la sociedad y en particular al tejido social cuya trama ha sido devastada. Lo peor es que los tiempos se acortan, más allá de las chicanas de la partidocracia. Y si llegáramos a las elecciones para parir a un nuevo gobierno elegido por una minoría, sólo se habría prolongado la ilegitimidad que deviene de la fatiga popular.

Porque lo concreto es que ni los escándalos, ni lo controversial de un proceso en el que todos se acusan entre sí, ya no pueden tapar la desigualdad, la pobreza y la exclusión social.

En este escenario también hay una orientación hacia el individualismo que todo lo privatiza en desmedro de lo público, aunque es necesario destacar y rescatar las nuevas experiencias solidarias que desde los sectores más golpeados intentan revertir con obstinación, con tenacidad, los costos del ajuste. Prácticas que se convierten en políticas y que demuestran lo inescindible que es lo económico de lo social.

Desde allí, y sólo desde allí, se debería impulsar un nuevo contrato social, que abrevara en la recuperación de valores y principios enraizados en lo humano como factor clave y determinante de un nuevo desarrollo.

* Periodista.

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