Cuento


UN ROSTRO VACÍO


Sergio Zárate *

I

A mi Padre le disgustaba en sobremanera que alguien tocara la puerta desvencijada y despintada del cuarto de baño del departamento cuando se encerraba por varias horas para cubrir sus necesidades y leer con fruición un sinnúmero de esas revistas de Selecciones Reader´s Digest que le llegaban por correo…

Esa noche, victima de una diarrea, tenía enorme prisa por entrar pero no logré mi cometido a pesar de explicarle la razón de mi intempestivo arribo…

Salí del húmedo departamento y me dirigí como pude al par de pequeños baños que se situaban debajo de la escalera que daba a la parte superior del vetusto edificio. Uno de ellos estaba cerrado con un candado y el otro tenía la puerta tan atorada que tuve que realizar un gran esfuerzo por abrirla, era aproximadamente la una de la madrugada y, evidentemente, nadie de los vecinos se encontraba en el patio de la fría vecindad.

Al abrir la puerta de oxidado metal sentí una gran pena al ver sentada en el váter a una figura femenina vestida de un luminoso blanco como las monjas que habitaron allí en el pasado, sentí sobre mi rostro un sudor que al caer causó calosfríos al resto de mi cuerpo, solo pude murmurar:

-Disculpe usted, pero es que yo tengo…

Intente cerrar de nuevo la puerta cuando de pronto la mujer volteo hacia mí su cabeza como para responderme y me di cuenta que ¡no tenía rostro!, si, ¡no tenía rostro!...

Dudé por un momento, se paralizo todo mi cuerpo y cuando pude moverme solo di por correr, salir de ese lugar para llegar al Zócalo de la Ciudad de México y dar varias vueltas sobre la "plancha" de cemento para tratar de entender lo que me había sucedido…

Ya la natural necesidad había desaparecido. Era la muerte, seguro… pero porqué a mí. ¡Que era lo que quería?. Nunca lo sabré, lo cierto es que desde ese día la "parca" ha estado cerca de mis circunstancias como para cuidarme o avisarme, no lo sé pero… no he podido, verdaderamente, no he podido olvidar ese su rostro oscuro y vacío.

II

En la "vecindad" sucedían muchas cosas raras, más bien insólitas y sorpresivas, todos los que la habitábamos ya habíamos visto o escuchado alguna vez algo anormal o perteneciente, como decía Chuchita, al "más allá"…

"Eran las monjitas, afirmaba, que regresaban a este mundo para "pagar" las cosas malas que habían hecho en sus pasadas vidas porque no podían tener un descanso eterno"…

No todos creían eso, pero lo que acontecía parecía sustentar las palabras de la anciana.

Este antiguo edificio, parte del viejo convento de Santo Domingo durante siglos, guardaba entre sus gruesas paredes sonidos, energías, miradas, emociones, sentimientos y olores de un pasado cruento y lleno de soledades.

He visto sombras raudas y de enorme tamaño, perros negros con ojos color rojo brillante y gatos negros también de extraordinario tamaño; he escuchado el tañer de campanas y cadenas arrastrándose, murmullos como de rezos en la pileta del agua, pasos presurosos sin dirección alguna y ha sentido miradas salir de las gruesas paredes donde me encontrará…

Otros decían que habían visto con horror a un "sacerdote sin cabeza" o el sonido singular de los pasos de un caballo dando de vueltas en el enorme patio de la vecindad…

No lo se, lo cierto es que todo eso desapareció una mañana del 19 de septiembre de 1985 cuando una parte del edificio cayó producto de uno de los más espantosos terremotos que ha sufrido en su historia la Ciudad de México…

Todos salimos a ocuparnos de nuestras vidas y nos llevamos en nuestra evacuación también a todas esas muertes que eran parte de nuestra cotidianidad nocturna y hasta de nuestros sueños.

Nunca jamás olvidaré todas las cosas extrañas que allí me sucedieron y sobre todo nunca olvidaré por más que lo intente ese rostro vacío que, seguramente, alguna día vendrá por mi cuando Dios lo decida y entonces posiblemente podré ver en ese rostro el esqueleto claro y puntual de la muerte.

* Director del periódico El hijo del Tlacuache.

regresar a la primera página