Ensayo


FILÓSOFOS. LA TRISTEZA DE LA FILOSOFÍA


Caleb Olvera Romero *

La filosofía sirve de antídoto contra la tristeza.
Y ahí quienes creen aún en la profundidad de la filosofía

E. Ciorán

La gente cree reconocer en la profundidad de la filosofía el antídoto a la tristeza, sin advertir que simple y sencillamente ha encontrado en la filosofía el antídoto de la profundidad. Su opinión convertida en bagatela, se vende a mercenarios igualmente ignorantes y suplicantes de absolutos. La filosofía a nada se parece tanto como a una pasarela de falsos absolutos, levantados a caprichos y sirviendo de pretexto para exterminarse unos a otros. Sin embargo el gran error de los filósofos es creer que todo es soportable, y ver en esta idea una empresa rentable. Los alemanes han sido acusados hasta el cansancio de convertir el pensamiento en mercancía, los franceses de hacer de la filosofía una voge.

La primera objeción que se podría levantar en contra de la filosofía, es que el mundo no vale la pena de ser descifrado, que todas sus metafísicas de monos, teorizan sobre un objeto que en sí mismo es neutro, y carente de interés y sin embargo sus espíritus lo avivan, lo entusiasman, le sacan un jugo agrio que pretenden saborear como un dulce. Todo en la espera de exterminar a quien se rehúse a pensar como ellos. Crean verdades inmutables alrededor de una certeza, y acechan a su presa atrincherados en su camuflaje terminológico, siempre a la espera de saltar sobre la espalda de algún no iniciado.

Si lo observamos bien, todo problema resuelto profana un misterio, por ello, la filosofía es una profana desde su nacimiento. Aunque no haya más misterio que la estafa de la nada y la burla del vacío. Si usted es de los que están pensando estudiar filosofía, píenselo bien, antes de introducirse en semejantes vericuetos, ya que lo que ocurrirá sin duda alguna, es que usted se trasformará en un títere de sus ideas, mutilará su intelecto y copiará a Edipo al arrancarse los ojos; no contento con esto, se volverá usted un maestro de la introspección y el escepticismo será para usted una lenta muerte, una agonía convertida en postura.

Si se es justo y se reflexiona sobre uno mismo, el asco sobreviene y se declaran continuas renuncias al género humano. Pero para no hacernos tontos, la verdad y la suerte están echadas de antemano, están saturadas las voliciones especulativas con titiriteros de pacotilla. Mejor conviértase en un Raskolnikov o en un Hitler, pues la filosofía solamente guarda para usted un sitio de segunda en el recuerdo de su familia. El pensamiento nunca ha sido la causa que torne la balanza hacia ningún lado, se gesta y se agota en sí mismo, vaya, ni siquiera hace dinero, dedique su vida a las matemáticas o a la astrología, cosas que le causen menos dolores de cerebro, si es que alguno tiene, pues es de dudarse, ya que si lo tuviera no escogería filosofía.

Dedíquese a otra cosa, sea gente de provecho. Olvídese de esa verdad de perro muerto, olvídese de su muerte y de cuanto huela a filosofía. La historia de la filosofía que bien podría llamarse histeria de la filosofía, ya que no es otra cosa que una larga colección de fracasados que han renunciado paulatinamente a sus certezas, Descartes, Kant, y Nietzsche, megalómanos improcedentes que maquillaron su paranoia de verdades filosóficas. Maestros en el arte de venderse a sí mismos, de prostituirse al grado de la fama.

Quizás sea mejor que se cultiven magnolias con un hacha. Cuando alguien tiene la osadía y la desvergüenza de decir que estudió filosofía, inmediatamente es menester ponerse alerta, no vaya a ser que nos quiera robar algo de nuestro tiempo, puesto que es bien sabido que surge la desconfianza, y se pregunta uno, qué clase de ser hace de su desconsuelo un principio ontológico de superioridad… me recuerdan a esos desalmados que lucran con su desgracia, llamados si no mal recuerdo, judíos.

Todas las ideas contienen algo de venenoso, causan alucinaciones, adicciones o son letales, ¿por qué pues dedicar la existencia a tan penosa tarea? ¿Por qué convertirse en un gourmet de subjetividades descompuestas? Con el conde de Lautréamont con Lord van Keylb, la filosofía entra en el dominio de la poesía, se libera de esa prosa desgastada que le impide explotar en pasión desmedida. Con Baudelaire, la filosofía se vuelve sincera, se emparienta con la demonología y recobra su carácter primario de génesis.

Superchería de estilo, donde la tristeza se vuelve inhóspita, y la palabra inhospitalaria, se existe para la muerte. De hecho se está triste y el mundo comienza a existir (1), de ahí que se crea que la materia es eterna, porque siempre se está triste. Contra esta enfermedad creacionista se inventó el pensamiento filosófico, ya que en su principio el pensamiento es destrucción, agresión contra el mundo, en una mecánica que compromete los cimientos de lo real, lo reduce a polvo hasta que puedas exclamar: ¡La realidad da lástima!

Se vive extrayéndole a la muerte metáforas forzadas, caricaturas ridículas de ti mismo, se convierte uno en un necrófilo exhibicionista, que cobra por honorarios o en el peor de los casos, por horas. Sin embargo la filosofía nunca ha dejado de ser una bisutería intragable, su parloteo ensordecedor a nadie le interesa.

Enfoquémonos una hora en cualquier problema filosófico y se encontrará inmediatamente la raíz descompuesta del ser, se habrá convertido en un granuja incapaz de pensar en otra cosa. Como todos los espíritus famélicos, el filósofo se ufana vehementemente en perseverar en lo que es, con la certeza de su discontinuidad sobre la espalda, suplicando a los dioses un poco de entendimiento, sin entender que dios creó a la filosofía porque la leucemia no le bastaba.

El filósofo es un ser, que a falta de un destino insensato se ha creado uno, y ahora se encuentra atrapado en la justificación racional de esta fatalidad. Harto de sí mismo y del mundo, intenta fervientemente desentrañar los misterios del ser tomando un bisturí metafísico y arrancándole las vísceras a la realidad, para después exponerlas al dominio público bajo la falsa idea del trofeo. No puede haber fin último para este personaje, nada ni nadie lo acepta jamás en su lecho. Todo lo que ha teorizado, todo lo que ha intentado, se desenvuelve en contradicciones furtivas que alcanzan la desesperación de la existencia.

Sin embargo, el filósofo es lo bastante ingenuo para tomarse en serio, para creer y hacer creer a los demás que toda esa verborrea, en principio absurda, tiene más sentido que el absurdo de la existencia. Experimenta el inconveniente de haber nacido (2) desgarra y ensancha las dilatadas venas del universo, con su perorata ensordecedora, hace que todos aquellos que tengan oídos paguen caro la ofensa de existir.

Enajenados consigo mismos, alzan la voz en busca de seguidores. Espectaculares derrames de ideas surgen cada que se publica un libro. El filósofo, incapaz de acertar su verdad, inventa y redefine la verdad, dejando ver en su vida una incongruencia por demás legítima, cual filisteos, cada que hacen algo tocan una campana para que alguien acuda a reconocérselos. Pero la filosofía se esfuerza por decir eso que sin duda es imposible de decir. Por descifrar el único misterio filosófico decente y cuya respuesta se encuentra en el corazón de nuestros padres: ¿Por qué nos han parido?

El filósofo preguntará esto demasiado tarde, intentará desandar el camino, regresar sobre sus pasos una vez cometido el crimen; puesto que es imposible la pregunta si no se posee la existencia. Esta es la verdad que Descartes intuye, para sufrir es necesario existir, y sin embargo dejarlo de hacer no valdría la pena, puesto que siempre se hace demasiado tarde, siempre ocurre una vez que el sufrimiento se ha vuelto tan presente, que resulta insoportable.

Mezclar alegría y filosofía es algo así como mezclar a dios y al diablo, en homosexualidad fría. Sin embargo esas manifestaciones febriles que a veces se encuentran en este género, no pudieron sino provenir del hondo abismo de la estupidez, así que cada que alguien me habla de filosofía color de rosa, pienso o que es un estúpido o que me quiere tomar el pelo. Cada que alguien ve el mundo color de rosa y se presume filósofo, hay que poner los pies en polvorosa, huir de ahí antes de que su optimismo desbarate la poca lucidez que hemos logrado.

T. W. Adorno ya lo dijo: Después del holocausto, es imposible la felicidad y la poesía. Solamente le faltó puntualizar, que el holocausto ha existido siempre desde que un hombre se atrevió a levantar la mano en contra de otro hombre, desde que en el principio, el verbo violentó el sacro reposo de la nada, y se atrevió a hacer surgir este mundo de desdicha y sufrimiento. Parece, para algunas mentes lúcidas, que este mundo fue creado por un demonio, por un aciago demiurgo, enfermo y acechado constantemente por ataques de histeria, de tal modo que nos es lícito gritarle y reclamarle su atrevimiento.

¿Quién se atrevería a preguntarle a un filósofo sobre la vida, si es precisamente la muerte la que lo ha sostenido? Cuando cedemos ante la tentación de esa inocencia del ánimo, se rebaja el pensamiento, se convierte en mercancía, se prostituye el intelecto y se vulgariza, se pone al alcance de esos que Heráclito llamaba cerdos, o simple y sencillamente dormidos.

El filósofo es un condenado a padecer de noche, a padecer de lucidez nocturna. A ser el personaje odioso y odiado de sus colegas, a arrojarles su verdad y machacárselas encima. Al contrario del místico y el sabio, éste nunca puede perder la conciencia por doloroso que esto pueda resultar, y sin embargo vive en una embriaguez incontrolable, en un delirio inimaginable, sin alcanzar el éxtasis deseado. Tiene que cargar con su desgracia por la vida, como quien carga a cuestas una cruz encendida, o una máquina para cambiar neumáticos. Trasmutando su sangre con ideas, trasmutando las ideas a sangre haciendo de la sangre una obsesión, la obsesión de las ideas. Se le tiene miedo, porque experto en la porquería que es él mismo, se ha dotado de una visión que es capaz de leer en nosotros, como si de un rayo X se tratase, es capaz de comprender lo oscuro de nuestro corazón y lo vil de nuestro actuar. Se reconoce en él al hombre, y nada de sus vicios le resultan ajeno, conoce el corazón descompuesto del hombre porque en su pecho late esa verdad escondida.

Si hiciéramos una premiación a los seres más viles, enseguida escucharíamos los gritos del filósofo diciendo, es mío, es mío, nadie hay que se lo merezca tanto como yo. El filósofo ya no es un hombre, es un cáncer con anteojos, un virus diseñado para malograr el tiempo, una mueca en el rostro de dios, una maldición elegida y que desborda la voluptuosidad de la melancolía. Es quien se traiciona a sí mismo, quien insulta el discurso con indecencia, quien condena a los demás a anemia intelectual, para engrosar su aspecto de soberano de la teoría.

Nadie se asemeja a esta penumbra que es la filosofía, a esta desnudez ridícula que nos vomita verdades incongruentes a la cara. Has de morir, ese es tu destino. Ni siguiera los poetas comprendieron tan a fondo esta verdad, quizá Baudelaire o Lautréamont, pero aún en ellos se encuentran fácilmente esos estribillos de caricatura, quizá en Luzbel o Samael, pero en ellos los sobrepasa la melancolía. Quizá en Santa Teresa o en San Juan de la Cruz, pero en ellos la fuga de la conciencia es frecuente; a nadie a excepción del filósofo, se le ha permitido mirar el cimiento descompuesto del ser y vivir para narrarlo.

Notas:

1.- Silogismos de la amargura,. este aforismo en particular es todo un diseño de una ontología del pesimismo. Cuando Berkeley declara su Existir es percibir y ser percibido, habré una ontología de la percepción. Ciorán hace algo similar con ese aforismo.

2.- El inconveniente de haber nacido. E. Ciorán. Taurus, Madrid.

* Ocotlán Jalisco, 1977. Lic. en filosofía por la Universidad de Aguascalientes. Maestro en filosofía por la Universidad de Guanajuato. Libros publicados: Hermenéutica analógica y literatura, prologado por M. Beuchot. Ed, primero editores, 2000 tercera edición 2002 y Habermas y la racionalidad contemporánea, misma editorial 2002.

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