Cuento


CIUDAD JUÁREZ, LA ÚLTIMA PRUEBA


Miguel H. J. Guzmán *

Advertencia: Este cuento es producto de la especulación, de los pensamientos mal sanos de un latinoamericano que ha vivido la guerra contra el imperialismo, hoy más ensoberbecido y agresivo que nunca. Pero la historia me da razón. Un consejo: siempre que se trate un tema en donde intervengan estos dos conceptos, gringos (1) y América Latina, piensa mal y acertarás.

4 de febrero de 1999.

- Hasta ahora las cosas van bien para ti. No tienes de que preocuparte. Tienes el perfil, la experiencia. Entiendes el concepto del grupo.

- A veces siento que voy a reventar. Nunca me había sometido a pruebas tan duras como estas.

- Pero ya ves. Fuiste el mejor en la alberca.

- Te juro que hubo un momento en que sentí que me moría. Beber ese pequeño refresco a más de cinco metros de profundidad y luego ponerte todo ese equipo. Yo no sé como pude mantener la boca cerrada.

- No me jodas, tu aguantas eso y más. Acuérdate hermano. Tu eres un hombre de a de veras.

- Sí, pero todo hombre tiene un límite. Lo que me da miedo es que el grupo pretenda transgredir los límites racionales de la humanidad.

- No me salgas con esas tonterías ahora. No entiendes en donde estas, a donde te has metido. Ten cuidado por que este lugar es el menos indicado para sacar esa bazofia filosófica.

- Tranquilo viejo, tranquilízate. Solo fue un comentario hecho en la confianza de la charla con un hermano.

- No. Eso es aparte. El grupo está muy a parte de todo. De la amistad, de la justicia. Lo único que importa es el grupo, ser parte del grupo, entrar a este mundo de recursos ilimitados en donde el planeta es una pequeña aldea, en donde tu eres parte del poder. Tú lo sabías, te lo dije desde que estábamos en la Agencia.

- Tu sabes que siempre he querido estar aquí.

- Entonces entiende, no seas ingenuo. Lo que me has dicho me ha desconcertado. La verdad es que me pones en una situación muy difícil. Es posible que tenga que informar de tus dudas al Mayor.

- No seas cabrón. Si te lo estaba diciendo en confianza, somos hermanos, no necesito recordarte todo lo que hemos vivido juntos. Te juro que no hay problema conmigo, estoy bien.

- Bueno. Pero no me salgas con tonterías. Acuérdate quién te recomendó. Si tu fallas, yo fallo.

Mi amigo se levantó del suelo, sacudiéndose el polvo de los pantalones, visiblemente enojado. Yo permanecí al refugio de la sombra que brindaba la alta empalizada. Apagué el cigarrillo en el suelo y me quede pensando que estuve a un pelo de fracasar. Mi compañero me había dado una gran lección. Ya no estábamos en las ligas colegiales, en los terrenos de la agencia. Estas son las ligas mayores. Cometer un error es entregarlo todo, entregar la vida.

Ahora debo estudiar algunos manuales e ir al campo de tiro. Aunque soy considerado un experto en el tema, debo repasar las características de las armas más recientes, siempre hay algún dato que se escapa. Lo que verdaderamente me preocupa es esa maldita prueba de obediencia, la prueba final, el bautismo de sangre, como algunos le llaman, para ingresar de manera definitiva al grupo. Nadie puede evadir esa prueba, no hay currículum que lo valga, ni boina verde, ni corazón púrpura, ni nada que la pueda evitar. Dicen que es un verdadero infierno. Muchos se han quedado ahí.

4 de marzo de 1999.

He superado con éxito todas las pruebas que me han impuesto en estos seis meses. He demostrado estar capacitado para combatir en cualquier terreno y sobrevivir y seguir adelante en las condiciones más difíciles. Soy capaz de remontar situaciones adversas, conseguir recursos propios en zonas inhóspitas o en grandes metrópolis con plena independencia. Conozco el uso de la red, como obtener recursos económicos ilimitados y el manejo de todas las armas de guerra que hasta el momento se han inventado. Ahora solo necesito el consentimiento de los hombres del poder para servirles en cualquier momento y en cualquier parte del mundo. Necesito su licencia y acceso a su información. Lo único que me hace falta es superar la última prueba, esta famosa prueba de obediencia de la que todo el mundo habla. Mañana a estas horas sabré si al fin estoy dentro o muerto irremisiblemente.

5 de marzo de 1999. 7:30 hrs.

Acaba de iniciar la prueba de obediencia, siento que me cago en los pantalones. Aunque ya he estado en operativos de guerra, sé que esto va a ser muy duro para mí. Estamos cruzando la frontera con México. Somos un grupo muy compacto, demasiado compacto para mi gusto. Aunque sospecho que habrá más grupos conectados al nuestro para esta operación y no es para menos, el mismísimo Mayor es nuestro comandante operativo.

9:00 hrs.

La camioneta se detuvo. El comandante solo nos entregó un juego de llaves y señaló una camioneta vann color blanca que se encontraba a 50 metros del lugar. Nos indicó que ahí encontraríamos nuestras ordenes. Yo y otro compañero bajamos del vehículo. Al abrir la puerta sentí el golpe seco del calor de esta horrible Ciudad, Ciudad Juárez en el Estado mexicano de Chihuahua. El Mayor se alejó rápidamente de nosotros. Caminamos aquellos cincuenta metros, a cada paso, sabía que me iba adentrando en un pozo oscuro y con el fondo más negro. En ese momento, como en todas las situaciones difíciles que he encarado en la vida, recordé a mi esposa y a mí hija. Mi hija de manera particular es el ser más importante de mi mundo, mi amor hacia ella es inequívoco, incondicional y absoluto. Esos pensamientos, como siempre, me reconfortaron y me dieron fuerza para continuar.

Al abrir la puerta corrediza, lo primero que vi fueron ese par de guantes y un sobre. Más atrás había algunas maletas que con toda seguridad contenían el equipo necesario para la operación. Cerramos la puerta y de manera inmediata nos pusimos los guantes. Después abrimos aquellos sobres malditos. En treinta segundos de lectura caí en la cuenta del pozo de mierda en el que me había metido. En ese momento supe que preservar la vida supondría necesariamente perder mi valía como persona. Podía retractarme para salvar el alma, solo bastaba tomar la pistola, introducirla en mi boca apuntándola hacía la parte central del cerebro y accionar el gatillo. Pero no tuve el valor. Ese Hombre que se suponía habían construido con tanto esmero durante los últimos seis meses no existía, era una ficción de ellos o su mejor coartada. Al paso de los años considero que meter esa bala en mi cab eza hubiera sido lo mejor. Al terminar aquella lectura, introduje las ordenes en un sobre químico para destruirlas.

Con mi compañero hice la suerte de la moneda para dividir funciones, a él le tocó conducir. Después de sacar el equipo necesario de las valijas, nos dirigimos al área de la operación para un reconocimiento previo. Teníamos hasta las 13:30 hrs. para ajustar detalles. En ese lapso de tiempo me dedique a grabar en mi memoria el objetivo.

13:25 hrs.

Como estaba indicado en las ordenes, en este momento abrimos comunicación radial con el puesto de mando, ya ubicados en nuestra posición inicial.

- Tres, aquí cuatro en posición.

- Pendiente.

Exactamente a las 13:30 hrs. De aquella escuela, que se encontraba a escasos treinta metros frente a nosotros, comenzaron a salir decenas de muchachas en uniforme, todas ellas de entre 12 y 15 años de edad. Al identificar al objetivo, inmediatamente tomé la radio.

- Cuatro, contacto.

- Tres, proceda cuatro.

Al escuchar la orden, mi compañero puso en marcha el vehículo y dio la vuelta en sentido contrario a la escuela para rodearla y esperar en un camino de terracería adyacente. A los pocos minutos apareció una jovencita de quince años de edad aproximadamente, morena, con el pelo corto y estatura de 1:57 mts. Ella pasó, tímida e indefensa al lado de la camioneta, abrazando sus libros con aquellos brazos de mujer nueva en pleno desarrollo. Como estaba indicado, dejamos que caminara sobre el camino unos 50 metros.

- Cuatro, objetivo en posición.

- Tres, proceda con discreción.

Al instante mi compañero puso en marcha el vehículo. Lentamente nos acercamos a aquella adolescente que caminaba con la mayor despreocupación del mundo. ¿en que estaría pensando? En su novio, en su madre, en sus planes, en su vida. En la medida en la que nos acercábamos, me pareció encontrar en esa chiquilla muchas similitudes con mi hija, la misma estatura, el mismo peinado, el mismo color de piel, la misma complexión. Faltando escasos diez metros volví en mí, volví a ser la mierda en la que el grupo me estaba convirtiendo. Sin titubear abrí la puerta corrediza y salté de la camioneta, sujetando por detrás aquel cuerpo delgado y suave con mi brazo izquierdo e impidiendo con mi brazo derecho su respiración. Mi mano sostenía firmemente un trapo humedecido con un potente somnífero contra su boca y nariz. En unos cuantos segundos, aquel cuerpo de 90 libras de peso se entregó por completo a la inconciencia y en otros más, ella ya estaba en aquella camioneta cerrada, atada de manos y pies, vendada y amordazada, dirigiéndose hacia su destino funesto.

- Cuatro, tenemos el paquete.

- Tres, proceda a punto “C”.

- Enterado.

En breves diez minutos estábamos cambiando de vehículo, ya había colocado en la parte trasera el baúl que contenía el cuerpo dormido de la niña. De pronto a mis espaldas, apareció una patrulla de la policía municipal. En el acto, introduje mi brazo por la ventanilla derecha del vehículo y saque una botella de agua. Con toda familiaridad y despreocupación me acerque a los agentes y les pregunté en perfecto español, que es por cierto mi lengua materna...

- Disculpe oficial, parece que me he perdido, ¿me podría indicar el camino al Hotel Pasadena?

- Sí como no. Mire, siga por esta calle hasta la Avenida Progreso y en el tercer semáforo dobla a la derecha, de ahí prosiga 5 cuadras y va a ver el Hotel.

- Muchas Gracias !

- Estamos para servirle.

La patrulla se alejó como había llegado. Con la misma velocidad.

- Estos policías son unos imbéciles, ni los documentos nos pidieron.

Dijo mi compañero subiendo al vehículo y agregó:

- Además seguramente a todos los tenemos comprados.

- Cuatro, punto “C” completo. Contacto con 20. Repito contacto con 20.

- Tres, proceda a punto “D”.

- Cuatro, enterado.

El punto “D” era una de tantas casas de seguridad que el grupo tenía en esa ciudad fronteriza. Se usaba para todo tipo de operativos. Al cabo de 40 minutos, estábamos estacionando la camioneta en su amplio garaje. Esta casa estaba situada en las afueras de la ciudad y formaba parte de un rancho con extenso terreno. El lugar cuenta con la instalación de equipo sofisticado para la detección de intrusos. Cuenta con instalaciones subterráneas y cinco salidas diferentes en caso de emergencia. Es el lugar perfecto para hacer fechorías y solo a 100 metros de nuestro queridísimo país. Al entrar a la casa con el baúl, escuche la voz del mayor.

- Prepárate, esta a punto de iniciar tu última prueba. Lleven todo eso al sótano.

Al mover el baúl de nuevo, sentí un leve movimiento proveniente de su interior. La niña estaba a punto de despertar. Apresuré a mi compañero pensando que si ella se despertaba estando fuera del baúl sufriría menos. Pero al cabo de unos pocos segundos recordé que ella sería la victima y yo seguramente su victimario. Me sentí desconcertado, fuera de lugar. Estaba jugando un papel que yo jamás habría aceptado. Al abrir la puerta del sótano me encontré con una especie de mesa de operaciones con una potente lámpara sobre ella. La mesa tenía una infinidad de amarres de seguridad que permitían la completa inmovilidad de las víctimas. Al acercar el baúl a aquella mesa de tortura me di cuenta de que las paredes estaban forradas de un material especial, acolchonado que seguramente evitaba la salida de cualquier grito por terrible y potente que fuera. Alguien cerró la puerta del sót ano y en ese momento me di cuenta de que estaba solo. De pronto escuche la voz del mayor que salía de una bocina.

- Bienvenido a tu prueba de obediencia No. 3. Hasta ahora has sido un cadete sobresaliente. Pero aquí vamos a saber de que estas hecho. Espero que no nos defraudes.

Al fondo de la habitación identifique un enorme espejo empotrado en la pared, sin duda se trataba de una cámara de Hessell desde donde estaría observando el Mayor.

- Desde este momento inicia tu prueba. Debes seguir al pie de la letra todas las indicaciones que te haga de manera inmediata, sin ninguna demora y sin ningún titubeo. Te recuerdo que inclusive cumpliendo todas las ordenes que se te hagan, si yo consideró que hay en ti dudas, el resultado de la prueba puede ser negativo con todas las consecuencias que esto implica. Ahora te pregunto No. 3. Sabes cuales son las consecuencias para ti si fracasas?

- Sí señor.

- Dímelas.

- La muerte señor.

- De quién No. 3, quién se va a morir.

- Yo señor.

- Muy bien. Ahora abre el baúl.

Al botar la primera pestaña de seguridad, escuche un llanto suave, casi sordo, dulce. Al botar el segundo broche de seguridad la escuché con mucha mayor claridad, sí, era un llanto dulce, como el llanto de un ángel caído del cielo. Al abrir la tapa del baúl, lo primero que vi fueron sus enormes y hermosos ojos color café, llenos de lagrimas. Aquella niña de 15 años temblaba de miedo. Sus ojos no parpadeaban, estaban fijos viendo al vacío. Era evidente que todavía padecía los efectos del somnífero. En ella reconocí algunos rasgos de mi hija y seguramente en ese momento hice un gesto de sorpresa del que el Mayor se percato.

- Qué es lo que ha descubierto No. 3

- Esta niña tiene mucho parecido con mi hija señor.

- Desde este momento esta niña es tu hija No. 3. ¿Lo has entendido?

- Sí señor.

- Ahora sácala del baúl y explícale las cosas como son.

Al tomarla de los brazos sentí como temblaba toda ella, presa del pánico. Sumisa extendió las piernas, incorporándose. Sin ninguna resistencia acepto mi guía hacia esa infame mesa de tortura. Todavía de manera delicada y cortés la senté y le pregunté:

- ¿Me estas escuchando?

La niña asintió con la cabeza.

- Tienes que cooperar, tienes que obedecerme en todo lo que te ordene. ¿Me entiendes?

La niña asintió tímidamente bajando la mirada.

Lo que pasó después no puedo narrarlo. No se le he podido contar a nadie. Fue una serie de... ... eventos, concatenados en un proceso en el que ella fue sufriendo cada vez más y más, hasta perder la vida y yo hasta perder el alma.

Pensé que escribir esto podría reconfortarme, pero ha hecho mucho más profundo el enorme pozo oscuro que ahora hay dentro de mi. En breves segundos este papel será solo cenizas y yo saldré de la habitación de este Hotel en la Ciudad de Caracas, para seguir haciendo el trabajo sucio del imperio, para seguir desempeñando mi papel como perro guardián de los poderosos de este mundo (diciembre de 2002).

Notas:

1.- Gringo es una palabra inventada por el pueblo de México a raíz de la invasión estadounidense de 1857, en donde nuestro país perdió la mitad de su territorio. Con el grito de Gringo, el pueblo le exigía a los soldados norte americanos uniformados de verde que se fueran a casa.

- “¡Green go home!”

- Verde ¡vete a tu casa!

Actualmente hacemos una justa diferenciación para aplicar el termino. Si bien es necesario ser estadounidense para ser gringo, no necesariamente todos los estadounidenses son gringos. Gringo es el servidor del imperialismo. Hay grandes hombres y mujeres que han nacido en el territorio de los Estados Unidos y a los que, sin duda alguna, la humanidad entera les debemos mucho. Walt Whitman, Martín Luther King, Abraham Lincon, Ángela Davis, Ella Fitzgerald y un interminable etcétera. En este contexto la palabra gringo no tiene implicaciones de xenofobia, sino estrictamente una connotación histórica y política.

* Luchador social mexicano.

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