EL RIESGO DE QUE LA POLARIZACIÓN OCULTE LA REALIDAD
Carlos Iaquinandi *
Venezuela tiene una situación y una riqueza que lo convierten en país estratégico en el continente americano.
Geográficamente está enclavado en una zona crítica, con una gran frontera con Brasil y con Colombia. Sus reservas de crudos son las más cuantiosas del hemisferio occidental y las segundas en el mundo. Similar importancia tiene su potencial capacidad para explotar gas natural. Estas circunstancias son las que definen la situación interna como un conflicto al que no son ajenos poderosos intereses a quienes les importa un bledo la suerte del pueblo venezolano. Solo les preocupa la riqueza que yace en el subsuelo de su territorio.
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, a quien la prensa "habitual" se esfuerza en presentar como un simple militar golpista, es un producto de la crisis de un sistema político de alternancias entre dos partidos tradicionales, COPEI y Acción Democrática. Unos con distintivo democristiano, y los "adecos", de socialdemócratas. Durante decenios dieron presidentes y sentaron las bases de un sistema de corrupciones y privilegios cuyos efectos perniciosos fueron atenuados por los enormes beneficios económicos obtenidos en los tiempos de bonanza petrolera.
Chávez con un grupo de oficiales, fracasó en un golpe contra el gobierno de Andrés Pérez, un socialdemocráta que terminó procesado por delitos durante el ejercicio del poder. Cuando se rindió, anticipó que eso era el comienzo de un proceso para recuperar las banderas bolivarianas y desplazar a una clase política caduca y privilegiada. Sus discursos y consignas giraron en torno a esos conceptos que calaron profundamente en la sociedad venezolana, en particular en los sectores más postergados y finalmente terminó arrasando en unas elecciones generales.
Miles de políticos "profesionales" que no consiguieron bancas o cargos de oposición, se vieron desplazados de la maquinaria del poder. Y muchos, pasaron a engrosar el potencial ejército de conspiradores para recuperar lo perdido. Y visto que las urnas les resultaron esquivas en más de una oportunidad, advirtieron que había que recorrer otros caminos menos democráticos, pero quizás más efectivos. La presencia de Bush en el gobierno de los Estados Unidos alentaba esas perspectivas.
Los grandes medios venezolanos de prensa, casi sin excepción, fueron tornado su flema democrática y su "expectativa" en el gobierno bolivariano en gradual oposición. No necesitaron muchos meses para terminar siendo portavoces de los sectores más críticos al "chavismo".
El 11 de Abril pasado, una asonada propiciada por la patronal agrupada en FEDECAMARAS, consiguió un confuso y fugaz desplazamiento de Chavez del gobierno, mediante su arresto y eventual deportación. Su fracaso ( y el de quienes internacionalmente mostraron su implicación con apresurados reconocimientos diplomáticos ), duró muy poco. Unos días más tarde, esa compleja coalición opositora redobló su campaña para voltear a Chávez. No escatimó medios ni recursos. Furibundas campañas mediáticas, sabotajes a la producción y a la distribución, fuga de divisas...
Lo hicieron confiados en que el sustento de Chávez estaba seriamente debilitado. Y no se equivocaron. Los enunciados del proyecto bolivariano, en gran medida resultaron incumplidos. La nueva constitución - respaldada por una inmensa mayoría electoral - pudo haber sido una herramienta eficaz de transformación social y política. Pero no por sí misma. Chávez no desarrolló ni facilitó el crecimiento de organizaciones populares.
Ante sugerencias y críticas de muchos de sus colaboradores civiles, optó por desplazarlos o reemplazarlos por militares de su confianza. Atacó con dureza a los burócratas de la Central de Trabajadores de Venezuela, pero no propició el desarrollo de organizaciones independientes de los trabajadores. Intentó moldear sindicalistas adictos a fuerza de dádivas y discursos demagógicos.
Los burócratas herederos del viejo sistema que los reconocía como representantes de los trabajadores y les concedía privilegios y cuotas de poder, retuvieron el control de la CTV.
Una parte importante de la clase media, que disfrutó de un bienestar y un status proporcionado por la renta petrolera, fue alcanzada por la crisis económica. Profesionales, pequeños industriales, técnicos de empresas y de servicios, entre otros, vieron caer su nivel de vida y respondieron a las convocatorias lanzadas por los medios de comunicación, auténticos portavoces de la oposición. Estos sectores sociales respondieron en defensa de lo que consideran "conquistas perdidas". Su reacción es absolutamente egoísta y solo para fines propagandísticos pueden argumentar actuar "en defensa de la democracia", o "del pueblo venezolano".
Los movimientos civiles de apoyo, los Círculos Bolivarianos, se han convertido en organismos supeditados a la defensa irrestricta del régimen, y muchos de sus militantes han tenido que resignar sus reivindicaciones para cumplir las indicaciones que llegan de sus dirigentes. Otros permanecen allí por la conveniencia personal, y por tanto, su lealtad dependerá de cómo se incline la balanza del poder.
Todo eso hace que las bases sobre las que se asienta Chávez sean endebles y cuestionables.
Sin embargo, los sectores más empobrecidos y marginados de Venezuela, siguen adhiriendo fervorosamente al gobierno boliviariano. Reconocen en Chávez a alguien que les devolvió dignidad, les reconoció derechos y les proporcionó algunas mejoras: una tímida reforma agraria, la extensión de asistencia social, el protagonismo de sectores rurales y urbanos hasta entonces marginales.
Curiosamente, fué el intento golpista de Abril y no el gobierno, el que potenció la organización de diversos sectores populares en los barrios. Las movilizaciones para rechazar el golpe dieron conciencia y alumbraron asambleas, corrientes sindicales y políticas que advirtieron que parte de la conspiración estaba enquistada en altos funcionarios públicos, en particular en las gerencias del corazón económico de Venezuela: la PDVSA, la empresa creada a partir de la nacionalización de la industria petrolera en 1976.
Desde esos sectores se denunció también la injerencia extranjera, los claros signos de complicidad activa del gobierno norteamericano en la pretensión golpista. Pero estas circunstancias eran conocidas por Chávez, que siguió una política zizagueante en los hechos y retórica en sus discursos. Las palabras no sirvieron para convencer a muchos cuadros directivos de la empresa estatal, en algunos casos demasiado proclives a relacionarse con las empresas transnacionales. Estas evidencias surgieron antes del golpe de Abril.
En el artículo que publicaron Luis Lander y Margarita López en el diario barcelonés "La Vanguardia", se recuerda la reacción de esa dirigencia de la PDVSA (Petróleos de Venezuela) ante el compromiso de Chávez en la OPEP en defensa de los precios del petróleo en el mercado internacional. "Este enfoque - apuntan - rápidamente entró en pugna con sectores mayoritarios de la gerencia de PDVSA, quienes con el correr de los meses entraron en un enfrentamiento frontal con el Ejecutivo."
Añaden que la convocatoria a la marcha golpista de Abril por parte de la patronal Fedecámaras y los burócratas de la Central de Trabajadores, se hizo en apoyo a esos cuadros superiores de la empresa estatal que rechazaban la designación de nuevos directivos nombrados por el gobierno. Y aclaran : "se negaban a subordinar los intereses de la empresa a los de la nación y se resistían a que la conducción de las políticas del sector retornara al Ejecutivo". Esto explica también porqué con el correr de los días, y comprobar que el país no se paralizaba en su totalidad, la coalición opositora optó por su recurso extremo: detener el corazón económico del país: la industria petrolera.
En un servicio enviado en la primera semana de diciembre a sus suscriptores venezolanos, SERPAL se hizo eco de la advertencia formulada por Rafael Uzcátegui, Secretario de Relaciones Exteriores del Comando Político de la Revolución Bolivariana: ante el fracaso patronal, era inminente la puesta en marcha de un plan para paralizar la distribución de petróleo y gas para provocar el caos interno y afectar los compromisos internacionales de Venezuela.
En las últimas horas, también esta fase de la conspiración de los golpistas parece fracasar. Un fallo judicial que dispone la reanudación de los servicios de esta vital área económica; un pronunciamiento de la cúpula militar advirtiendo a quienes pretenden llevar al caos al país, y la recuperación de un barco paralizado por los técnicos en huelga con 40 millones de litros de combustible, debilitan esta última maniobra de la oposición.
Se abre un período decisivo, en el que el paro en su cuarta semana no logra sus objetivos. En muchos sectores urbanos la vida continúa con normalidad. Los cierres solo se han mantenido en grandes centros comerciales y en compañías ligadas a intereses extranjeros, como las cadenas de comida rápida (o más propiamente, comida -"basura", con salarios idem a sus trabajadores). El aprovisionamiento de víveres esenciales, ha sido cubierto por el gobierno habilitando grandes mercados donde ha sido posible adquirir productos incluso a un precio inferior al habitual.
La realidad es que gran parte del descontento es legítimo, porque casi todos los cambios prometidos por Chávez están pendientes, y sin reformas profundas, nunca podrán llevarse a cabo. La distribución de la renta sigue siendo desigual, casi el 80 % de la población está bajo niveles de pobreza y la desocupación -como en Argentina - llega a superar el 20 por ciento. La dependencia del capital extranjero no se alteró en lo fundamental, y el gobierno venezolano es uno de los más cumplidores en Latinoamérica en el pago de la deuda externa, esa odiosa y perversa lápida que pesa sobre el desarrollo de los pueblos del continente.
El drama es que quienes encabezan la protesta, quienes aspiran a gobernar Venezuela, son los que empobrecieron al país durante cuarenta años. En sus filas prevalecen los que predican la necesidad de recolonizar el país y fortalecer los lazos de dependencia. En sus expresiones violentas e incontroladas, traslucen el odio hacia los sectores populares. No caben dudas de que éstos serían -por millones- los verdaderos damnificados, las víctimas de la caída de Chávez.
Esta es una parte pequeña de la compleja situación venezolana, a la que por diferentes conveniencias, unos y otros tratan de simplificar. Pero lo que está en juego, para los venezolanos, para el resto de América Latina, obliga a profundizar, a conocer.
Una victoria del golpismo, abrirá cauce a los sectores más reaccionarios, o como mal menor, el regreso de la clase política desplazada en su día por ineficaz, por corrupta, por la evidencia de su fracaso. La continuidad de Chávez puede significar un período agónico donde la retórica de sus discursos reemplace la ausencia de hechos y realidades. Pero de todos modos, en ese caso, serán los mecanismos constitucionales los que a través de las urnas marquen los cambios o las confirmaciones. Y mientras tanto, la posibilidad de crecimiento de las organizaciones populares nacidas como respuesta a los golpistas.
Para lo que no hay lugar es para la indiferencia ante quienes no solo intentan
detener el avance de los pueblos, sino retroceder hacia formas más brutales
de sumisión y dependencia.
* Director del Servicio de Prensa Alternativa.