Mundo global


¿VIEJA EUROPA?


Rolando Ísita Tornell *

Ah! But I was so much older then
I'm younger than that now
(My Back Pages, Bob Dylan).

Es característico de la cultura de la segunda postguerra (que aún vivimos sus secuelas) el paulatino y consistente desprecio por lo viejo, cual sinónimo de tontería, estupidez, estorbo eliminable.

Los viejos, ante todo, son la experiencia más lejana que se tiene viva y a la mano. La historia no nace en los textos de historiadores, sino en seres vivientes: los viejos ven más hacia atrás e intuyen cerca lo lejos. Perder la transmisión de esa experiencia viva, directa, es un suicidio para la humanidad que no es una abstracción, un concepto, sino el conjunto de todos nosotros y los que vengan que (aún) habitamos un planeta, y que somos -se supone- la especie que "piensa y sabe".

Dijo muy molesto y despectivo el belicoso George Bush, presidente de Estados Undios, "la vieja Europa" porque, liderada por Francia, la mayoría europea relevante se opone a la invasión armada a Irak. Si se la observa con paciencia, con detenimiento, se habla con ella, se la escucha a través de sus habitantes y su entorno, la presencia de la guerra la recorre. Sus personas mayores habitaban pueblos, ciudades, barrios barridos por la metralla de invasores y liberadores. Una verdadera tragedia humana, lluvia de metal, destrucción y desprecio por las personas, por la vida. Por sus caminos campiranos se pueden observar vestigios abandonados de la inversión de capitales por los Estados en infraestructuras de guerra: casamatas de hormigón, obstáculos antitanque, vigas metálicas anti desembarcos y ¡aún hay víctimas de minas personales y bombas no percutidas! Los viejos de aquellos lares vieron salir de esas estructuras fuego, millones de proyectiles de metal, ahora ya están todas enlamadas y parcialmente devoradas por la hierba. Pero además se nota en sus miradas cuando hablan de su tiempo, por eso no necesitan hablar de la guerra como tema central, bastan sus recuerdos personales. Hay pueblos enteros que bajo cualquier pretexto para reunirse, beber vino, comer pan, embutidos, carnes, cantan canciones a coro, canciones que entonaban en tiempos de guerra. No está la guerra en las radiodifusoras, u otro medio, está en la memoria colectiva.

Los dirigentes europeos no son la excepción, los que se resisten a ella no hablan de la guerra por rumores, de oídas, y los pocos dirigentes que la enarbolan no estuvieron bajo sus bombas (aunque los parientes de algunos fueron cómplices de quienes las lanzaron, como aquél Manuel Aznar, de los más próximos al caudillo Franco).

Indiscutiblemente rusos (entonces soviéticos) y estadounidenses liberaron de un ejército asesino a los pueblos europeos, pero eso no le otorga hoy a ninguno el derecho a chantajear, a "cantar el favor" para que se sometan a sus deseos, "estás conmigo o contra mí". Aquella guerra continuó y continúa en el planeta, sólo que ahora ya se extendió de escenarios. Los enemigos no desaparecieron. Los que se sienten herederos de los vencedores o los vencidos evidentemente corren el riesgo de ser ilegítimos ante sus pueblos. Se les distingue por que quieren regresar a la guerra depredadora, la justificada por la necesidad del "espacio vital" que requieren para la construcción de más poder.

Los europeos hace mucho que no quieren guerra, su organización presente fue planeada minuciosamente desde la década de los cincuenta, bajo la base de no más Europa de las guerras, sin dejar ningún detalle fuera del proyecto, es decir, incluyendo la cultura, la educación, la ciencia, los ciudadanos, sus prejuicios y la búsqueda de plazos calculados para cambiar actitudes, valores y percepciones de intolerancia y exclusión.

Los dirigentes, las clases en el poder de los países europeos, desde la década de los cincuenta se plantearon que la de Europa era la triste historia de las guerras masivas, de invasión, de unos contra otros, ora unos los agresores, ora otros. Todo por una visión de Estado chauvinista, de la necesidad de mayor espacio vital y desprecio por el vecino, lo tuyo es mío y lo mío es más mío. Evidentemente, los pueblos, los habitantes aprendieron a odiarse. Cambiar esa percepción del otro odioso, de la patriotería de los pueblos no iba a ser fácil, ni fue lo primero que se plantearon.

Se plantearon organizaciones paneuropeas discretas, comenzaron por la ciencia básica y aplicada para la energía nuclear, estructuras orgánicas interestatales con toma de decisiones por consenso, con pocos países para iniciar. Luego siguieron con el comercio. Los ciudadanos se fueron habituando a la presencia de mercancías y símbolos de otros países; las clases financieras iban aprendiendo a convivir en los negocios, la creación de fuentes de empleo y la elevación del nivel y calidad de vida de los pobladores europeos.

Para la década de los 90 empezó a manifestarse la influencia del poder paneuropeo en construcción. Pasaron de las organizaciones discretas de energía, comercio, economía, financiera, para convertirse en abiertas estructuras de Estado colectivo, parlamento europeo, Consejo de Ministros, pasando por el acta de Maastricht hasta el tratado de la Unión, la Europa la ciencia como una seña de identidad.

Los partidos en el poder de los Estados y las autoridades electas fueron haciendo tejido social a través de sus militancias y políticas de Estado. El discurso persuasivo siempre comenzaba con la historia de Europa, es la historia de las guerras, nuestros ciudadanos han sufrido mucho y siempre, estamos decididos a no tenerla más y la manera de evitarla es haciendo un espacio común. Los Estados luego abrieron todas sus puertas, cualquier ciudadano puede andar por donde le pegue la gana, estructuras legales estandarizadas, infraestructuras de comunicaciones estandarizadas. Ser estudiante en Europa es pasársela estudiando en toda Europa, sus sistemas de enseñanza y calificación están homologados, se va urdiendo el paneuropeísmo, la ciudadanía europea. Se facilita la movilidad académica.

A su ingreso en la Unión y poco después con los socialistas en el poder, España propuso un paso más en dirección de la integración, una suerte de homologación ciudadana, al introducir el derecho al voto en elecciones municipales a cualquier europeo que habite ahí en los municipios sin importar su origen.

Con todo este avance civilizatorio, habrían de hacer cálculo los políticos del enorme costo que habrán de pagar los dos o tres dirigentes que quieren la blitzkrieg, porque ya es una ciudadanía europea la que les va a cobrar muy caro su astucia.

El último gran paso comunitario ha sido poderoso y contundente, sólido: la unión de la moneda que empieza a hacer palidecer al billete verde. De ahí a una federación hay poco trecho y eso no parece estarle gustando a Estados Unidos, y el enorme riesgo irresponsable que están tomando Aznar, Blair y Berlusconi, con la mayoría de los ciudadanos en contra de sus torpes decisiones belicistas y claramente antidemocráticas.

No olvidemos que fue Europa la que le puso al Estado priísta una cláusula a la factura para hacer negocios con ellos: elecciones transparentes y respetadas por el Estado o no hay bussiness. Para ellos la democracia, el ejercicio democrático del poder, son valores reales que todos sus habitantes aprendieron llorando a sus millones muertos de la guerra relámpago.

La disolución de Yugoslavia trajo a los europeos un fantasma que hizo reflexionar profundamente y con presteza, los expulsados de la guerra empezaron arrastras sus miserias por las barrios de las ciudades y pueblos europeos, con hambre, con miedo es sus miradas, mujeres con sus hijos pidiendo y recibiendo solidaridad ciudadana, ¡anda, come, bebe! El rugido de los aviones de bombardeo partiendo de sus aeropuertos ponía en la vida cotidiana la presencia de la guerra a viejos, jóvenes, niños, dirigentes. A los viejos les trajo el recuerdo de las latas de petróleo como cacerolas gigantes para repartir papas cocidas a los ciudadanos en la postguerra, a los jóvenes los hizo sentirla, valorarla, a poner sus muertos con casco azul; los cañonazos estaban cerca. Se revelaban también los fantasmas de las viejas alianzas de las guerras del siglo, ya sólo faltaba que mataran un príncipe para volver la rueda de la historia para atrás, porque todo el escenario estaba montado. El reconocimiento unilateral e inopinado de Croacia por Alemania, la alianza automática histórica de Rusia con los serbios. Esto hizo a Francia llamar la atención y pensar con serenidad. Debía apoyar la Europa de los quince a Alemania con un discreto voto de censura, porque eso era mejor que dejarla ir de nuevo sola y repetir los errores de la historia.

La actitud de Blair, no obstante laborista, es igualmente conocida para los europeos, a Inglaterra la han bautizado de siempre como la pérfida Albión. El comportamiento de los estudiantes ingleses es bárbaro, un reflejo del desprecio por "el continente"que aprenden, heredan y, claro, se ganan el desprecio por "la isla" y sus excolonias. "La Isla" en ese sentido tiene un reto cultural histórico difícil de asumir, con el riesgo de quedar fuera del gran Estado paneuropeo.

La Europa de hoy es resultado de una organización deliberada, planeada, diseñada con inteligencia, bajo el cuidado de las democracias, inclusive ampliarla a dimensiones continentales. Hoy es Europa la poderosa, no algún país en particular aunque algunos cumplan el papel de voceros, anteayer Alemania, ayer España, hoy Francia…

¿Vieja Europa? Percibirla así es de alguien que no sabe, no entiende o delira con un Cuarto Reich. Percibir la experiencia de los viejos, los poseedores de la historia viva, es un despropósito de cualquier gobierno que se precie democrático, es jugar con fuego.

* Comunicólogo y divulgador de la ciencia.

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