Cuento


EL BESO


Anibal Beça (Traslación al español de E. Antonio Torres Glez.) *

- Doña Zélia, señora mía, está usted dispensada del ensayo el día de hoy.

El maestro fue seco y cortante. Y con mucha razón, había tenido que reiniciar el ensayo dos veces. Aquella obra exigía mucho de las cuerdas, principalmente del violonchelo. Zélia estaba extraña. Tan diferente de aquella primera vez cuando se presentó a examen para ingresar a la orquesta. Tocaba el violonchelo como nadie en la ciudad, trataba el instrumento con un cariño especial. Había hasta quien sospechara una relación fuera de lo normal.

Ya estaba en medio de la avenida 22 antes que el velador apagara las luces del proscenio. Al caminar tropezó entre los carros, las partituras volaban y quedaban adosadas a los parabrisas, un estruendo de bocinas insultaba la tarde.

¿Mas qué era lo que el maestro Dorner sabía del beso? ¿Sería que él no notaba aquellos labios entreabiertos, como una perra a la espera de una lengua? ¿ De la caricia breve y húmeda de una lengua viva, pentecostal?

El cielo estaba allí, virgen, solitario, sin nubes; listo para ser invadido por un trueno perdido. Relámpago que viniese a rasgar aquel cielo virgen de rojo durazno.

Un tropiezo mas fuerte trajo a Zélia junto al chelo, su único compañero en los últimos 33 años. No tenía a nadie mas en el mundo, era como un perro abandonado en la calle, una perra despreciada: "las mujeres desde entonces,/conoci todas en una./Mujer y perra parida,/ no se me acerca ninguna”. Además de todo, esa obsesión de los versos machistas de Martin Fierro, siempre volviendo. "La única mujer que anduvo en la vía, la mató el tren". Fue en la frontera del Brasil con el Paraguay, no lo de la mujer que el tren mató, sino su luna de miel: los camiones y los letreros chauvinistas.

Los camioneros, fortachones luciendo al sol sus tatuajes de sirenas, verdaderos marineros del asfalto. Las miradas despertaban en Zélia aquella sensación que ya había sentidos en dos ocasiones. La primera de ellas, cuando hizo su primera comunión, el beso en la mano del cura, el beso en el anillo del obispo ; la ostia engrudada en el cielo de su boca; las bragas engrudadas en la miel de su sexo.

20 años paseando por los parques. Noctámbula a la caza de enamorados, especialmente de aquellos mas atrevidos en los besos. Mirona. Sí, Zélia era una fisgona. Su difunto marido era un hombre muy raro. Le gustaba hacer el sexo sin desvestirse y nunca la besaba. Thamaturgo Valle, su nombre, con th y doble ele, pero sin besos. Siempre con aquel traje negro y guantes asépticamente blancos. Llevaba para donde fuese los famosos cubiertos, un vaso y servilletas. Comía siempre en el mismo restaurante. La fiscalización de sus alimentos era condición ineludible, para dar una jugosa propina al cocinero; platos blancos, blanca toalla de lino. Ritual que se repetía cuando no comía en su casa.

Se decía en la ciudad que su exquisitez había sido heredada de su padre. Dentista e inventor de aparatos para rehabilitación bucal. Tales inventos eran probados en el cobayo mas próximo: su hijo.

Dr. Espiridião Valle,así se llamaba el padre. Su meta era acabar con todos los dientones del mundo. Thaumaturgo, por su parte, fue perdiendo la boca de su frágil esqueleto. La boca, órgano que en los últimos días de su vida, no le sirvió de nada. Lepra maldita de la vida. "El beso es la antesala del esputo...".

Zélia coleccionaba los besos mas famosos de los gables y valentinos. Figurillas que acompañaban a los jabones perfumados de las estrellas, mas nunca había sido besada.

El televisor en la vitrina mostraba una boca enorme, anunciando la refrescante sensación de estar bien. Costumbre de esas tiendas, exponer en los televisores de todos los tamaños bocas y más bocas. Martha Rocha, que tenía una boca linda, no fue miss Universo a causa de dos pulgadas de mas en la cadera. Zélia también fue candidata a ”Muñeca viva” en el Colegio de la Divina Providencia. No ganó, la Divina Providencia sólo ayudaba a las mozas desobligadas. Toda la ciudad sabía de su marfílea dentadura , de sus labios de apetitosa granada. Y ella seguía siendo una perra de boca virgen.

Cuando se dio cuenta, estaba tirada en la playa, sus pensamientos corrían acompañando a la fina arena. Sinuosas imágenes traídas por el viento, y la arena recubrían su cuerpo. El viento silbaba y la arena la castigaba. El uno la azotaba y la otra le incomodaba. Estaba sola en la playa. Uno que otro bañista a lo lejos. Sola, continuaba, siendo despreciada como una perra parida.

Una idea se le vino a la mente. Las olas besaban sus pies blancos. Sintió el amargo de la sal purgando su alma.

En aquella danza verde, escuchó a Tchaikovsky: el cisne sumergido en el inmenso lago verde. Las olas rugían furiosas, y ella perdió el sentido. El gran lago verde la poseía con furia, para finalmente engullirla.

Aun llegó con vida a la playa. Tenía la vista borrosa, apenas distinguía la camiseta del musculoso salvavidas, pero sintió gustosa el calor de aquella boca soplando en la suya.

* Poeta, compositor y periodista brasileño; autor, entre otros, de los libros Suíte para os Habitantes da Noite (Premio Nacional de Poesia 1995), Banda da Asa (1999) y Noite Desmedida, Filhos da Várzea. Membro de la Unión Brasileña de Escritores (UBE).

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