México


NOTAS PARA UN BALANCE ELECTORAL DEL 6 DE JULIO DE 2003


Alfredo Escalona *

Algunas de las hipótesis que se mantuvieron o generaron en las elecciones del año 2000, mantienen su incidencia en el necesario balance electoral en el 2003.

Una de ellas es que en México se expresan, fundamentalmente, dos corrientes ideológicas tradicionales: la socialcristiana, representada por el Partido Acción Nacional (PAN), y la socialdemócrata, cuya expresión hegemónica la conserva el Partido Revolucionario Institucional (PRI). El proyecto socialista de nación y el proyecto político de la izquierda tradicional carece de hegemonía e influencia en el contexto nacional, por carecer de expresión orgánica de masas.

Otra hipótesis nos remite al proyecto de nación hegemónico: neoliberal, globalizador, que presenta dos manifestaciones: una enfocada al mercado externo, representada por el PAN y el PRI, y otra hacia el mercado interno, cuya expresión fundamental es el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

El 2000 nos mostró la dificultad de triunfo electoral de las fuerzas socialdemócratas, cuya base de apoyo reside en el corporativismo y el clientelismo, frente a los movimientos de masas. De los cuales sólo se han manifestado aquellos simpatizantes de la derecha tradicional, toda vez que el movimiento de masas de la izquierda tradicional carece de representación orgánica.

La última de esas hipótesis es la potencial consolidación de la derecha tradicional como alternativa electoral, si demuestra ante las masas su capacidad reivindicativa y de progreso nacional.

De estas hipótesis se desprenden dos condiciones particulares: una es que esas corrientes ideológicas tradicionales coinciden en el proyecto de nación, con la relativa oposición de las fuerzas socialdemócratas de centro, y que la regulación del proceso electoral de nueva vez impidió que el corporativismo y el clientelismo se impusieran, dando vía a la libre preferencia política electoral.

A partir de esto podremos valorar la reciente experiencia electoral. Primero en la perspectiva de la proyección territorial de los partidos y de las preferencias electorales. Segundo en la valoración de la composición y significado de la oposición socialdemócrata de centro. Tercero en el gran triunfador de las elecciones de 2003.

En primer lugar es necesario destacar que el papel de los partidos políticos es la obtención del poder y la hegemonía en los órganos ejecutivo y legislativo del Estado. Ahora bien, el poder del Estado adopta la forma del Congreso de la Unión, de los congresos estatales y de los tres niveles de gobierno: el federal, los estatales y los municipales, o delegacionales en el caso del Distrito Federal. Estos ámbitos de los poderes ejecutivo y legislativo, representan el espectro que debe ser cubierto por los partidos políticos, que es la necesaria proyección que les permita ser competidores equilibrados en la contienda electoral, y en el impulso de su propio proyecto ideológico y de nación.

El resultado electoral reciente muestra que solamente el PAN y el PRI alcanzaron cifras que reflejan una cierta proyección nacional, pese a que uno y otro haya avanzado y retrocedido en algunas circunscripciones. De todos modos se mostraron como los únicos contendientes electorales. Esto es relevante, porque refleja la preferencia electoral orientada hacia aquellos proyectos ideológicos de derecha que impulsan un mismo Proyecto de nación: neoliberal, globalizador, enfocado al mercado externo.

Pese a las mayorías y minorías reportadas por el cómputo electoral, no es fácil reconocer un incremento en la preferencia por una u otra oferta ideológica, ya que ninguna alcanza, o prevé alcanzar, la hegemonía necesaria para adoptar, en sí, el poder del Estado. De este modo, es más dable reconocer un frágil equilibrio entre estas dos fuerzas políticas, así como su mayor concordancia en cuanto a su proyecto de nación.

En esa valoración de mayorías y minorías, los partidos políticos no adquieren hegemonía nacional, pero si en algunas entidades federativas. Casos relevantes son Nuevo León, para el PRI; Querétaro, para el PAN, y el Distrito Federal, para el PRD.

En esta comparación hay una desigualdad que es necesario señalar: la cantidad de electores del Distrito Federal es aproximadamente la cuarta parte del padrón nacional, diferencia que es significativa para el PRD, pero no es determinante para un cambio en la correlación de fuerzas. A fin de cuentas para los órganos de legitimación y de ejecución del proyecto de nación, los poderes legislativo y ejecutivo, federal y de las entidades federativas, la megalópolis es una entidad federativa más.

En esos resultados, observamos que los dos partidos políticos que perfilan una cierta proyección nacional consolidan una pequeña presencia regional, en tanto que el otro conquista una gran presencia regional sin proyección nacional. Con lo que el electorado efectivo elimina una posible variación al proyecto de nación, la que podría volverlo hacia el mercado interno. Así, la preferencia electoral está orientada hacia las opciones de derecha y relega las opciones de centro.

En segundo lugar, y en consecuencia de las tendencias electorales manifiestas, es conveniente puntualizar la composición y significado de la opción socialdemócrata de centro.

Haciendo memoria, el origen o recomposición de diversas opciones socialdemócratas de centro se remonta a la capacidad de convocatoria y triunfo obtenido por el Frente Democrático Nacional en 1988, el cual logró aglutinar a organismos y sectores de orientación socialista, socialdemócrata y socialcristiana. Esta nueva composición tuvo a sus más ardientes impulsores entre los socialistas y los socialdemócratas provenientes del PRI; logró la paulatina desintegración de los organismos políticos y de masas de la izquierda tradicional, y le concedió la hegemonía táctica, estratégica e ideológica a los socialdemócratas, quienes se expandieron entre los antiguos socialistas y así mantuvieron el control desde los estratos dirigentes.

En ese proceso sobrevivieron, y sobreviven, algunos brotes de izquierda socialista, pero la orientación modernizada de esa izquierda hizo que ésta careciera de proyección hegemónica y de ese modo estos organismos socialdemócratas de centro conservaron, en nombre de aquella, la representación de la oposición progresista.

De la fusión de las corrientes renovadoras de la socialdemocracia tradicional y de los resabios de socialistas y reformistas, en estas expresiones partidarias prevaleció una sola orientación de vinculación popular: la gestión asistencial y populista a favor de los sectores más desprotegidos de la sociedad: los pobres, y con ellos los sectores más vulnerables de la sociedad: niños, mujeres, discapaces, ancianos. Sin dejar de ser correcta esta orientación, es necesario distinguir que no es en sí una acción democrática, reformista o revolucionaria. Es, simplemente, una deuda histórica que el poder tiene con ellos.

La relación asistencial y populista que el poder tiene con las masas es la misma que la turba urbana, sin conciencia política, mantuvo con las monarquías, en las cuales depositaban las reivindicaciones necesarias y la aplicación de la justicia. Incluso en épocas de abuso de poder. Esa relación es, también, la que diferentes Iglesias mantienen con su grey, en espera mesiánica de mejores tiempos. Y es en esta vertiente en la que deviene la socialdemocracia de centro, al abandonar las concepciones de la izquierda tradicional y volver su mirada hacia la opción neoliberal, en un proyecto de nación orientado al mercado interno y con preferencia hacia los sectores más vulnerables de la sociedad, preferencia que siempre será correcta.

La conclusión debe pasar por el filtro del significado genérico de las elecciones: éstas no son el ejercicio o la manifestación de la democracia, sino un parámetro de la correlación nacional y regional de las fuerzas que operan, y de esa manera mide el significado del abstencionismo; el grado de representatividad obtenido, y la hegemonía de un proyecto de nación.

El alto abstencionismo: anuncia el conformismo social para con el proyecto de nación, impuesto en sus gérmenes desde el último cuarto del siglo diecinueve y continuado por el PRI y el PAN; señala la indiferencia y poco valor que adopta la contienda electoral para la definición de las acciones nacionales o regionales; indica la magnitud de la influencia de los partidos políticos entre la ciudadanía; pone en evidencia la carencia de un proyecto orgánico que vincule a los partidos políticos con los sectores populares, y muestra la consistencia del proyecto orgánico que los vincula con los sectores de poder.

Los triunfos electorales son legales, legítimos por definición, la adecuada regulación del proceso lo garantiza, sin embargo los gobernantes y representantes electos que ganan con el 30 por ciento de un 40 por ciento representan al 12 por ciento del total. De ahí que la ciudadanía, sin un proyecto orgánico de sociedad, en realidad no está representada en las cámaras ni en los gobiernos. Éstos son legales, pero no representativos.

En las pasadas elecciones no ganó el PRI, no perdió el PAN ni retrocedió el PRD, pero si hubo un gran triunfador, avalado por más del 70 por ciento de los sufragios: el proyecto de nación de la derecha mexicana, socialcristiana y socialdemócrata, con especial favor a las potencias externas y en detrimento del mercado interno y de nuestros sectores sociales más vulnerables.

El corolario de la proyección territorial de los partidos, del significado de la oposición socialdemócrata de centro y del gran triunfador en las elecciones de 2003, puede ser: las opciones socialdemócratas de derecha y de centro, en un plazo no breve, recompongan un proyecto político de centro derecha, a partir de sus propias expresiones orgánicas. Esto es posible a partir de la relativa identidad de proyecto ideológico, a la vez que puede ser mediada la diferencia en cuanto al proyecto de nación.

Tal vez ésta pudiera ser una vertiente de análisis de los socialistas mexicanos y de algunos núcleos dentro de las expresiones partidarias que otrora fueran parte de la izquierda mexicana. En el sentido de recuperar la influencia del proyecto socialista de nación, pues el enemigo se consolida desde sus propias trincheras y desde las que fueron las nuestras.

* Analista político.

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