EL TERCER INFORME DE FOX, PROMESAS INCUMPLIDAS
El Tercer Informe de Gobierno de la administración presidida por Vicente Fox exige un discurso basado en el reconocimiento pleno de la realidad que vive México, donde la verdad y la objetividad de los hechos no se confundan con los deseos y mucho menos, con las justificaciones. Lo que se ha logrado y dejado de hacer en México, es responsabilidad de todos, no sólo del presidente.
Si el informe abandona la simulación y el disimulo; si el informe se aparta de los triunfalismos, de los lamentos y engaños, los legisladores mexicanos no tendrán motivo para reaccionar con aspavientos ni mayores reclamos de los que ya ha acumulado el presidente en estos tres años de gobierno donde las enormes expectativas no han sido cubiertas.
Es conocido por todos, que el Fox llegó a la Presidencia de México impulsado por una enorme campaña al estilo coca cola, que fue capaz de hacer soñar a la gete con un cambio inmediato del país, del gobierno y de la Nación.
Con un cambio que, a decir de Fox: México empezaría de cero; terminaría en 15 minutos con el conflicto zapatista; generaría un millón de empleos en el primer año; acabaría por completo con la corrupción; integraría un gabinete de excelencia; reactivaría la producción del campo con mayores financiamientos y beneficios para productores, campesinos y jornaleros; frenaría el éxodo de campesinos y pobres de la ciudad hacia los Estados Unidos; fortalecería el federalismo y la capacidad hacendaria de los estados y municipios; haría crecer a México a un ritmo superior al siete por ciento anual; establecería tarifas eléctricas, de gas y combustible justas para la población; terminaría con la pobreza; impulsaría el autoempleo mediante créditos para los "changarros"; elevaría el presupuesto a la educación; mejoraría los servicios de salud; metería a la cárcel a los "peces gordos"; habría oportunidades más amplias para las mujeres, jóvenes, niños y ancianos; terminaría con el narcotráfico, con el contrabando y el mercado negro de armamento; cancelaría el tráfico de influencias; reactivaría la economía nacional fortaleciendo la micro y pequeña empresa y abriendo mercados a las medianas y grandes empresas nacionales; no buscaría la privatización de la energía eléctrica ni del petróleo; proporcionaría mejores condiciones para que las familias recuperaran sus ingresos y sobre todo su capacidad de compra para una vida digna en la ciudad y el campo; prometió mantener una relación madura, de amistad y aliados con Estados Unidos para un trato justo en lo comercial, a los inmigrantes y en lo político y mil promesas más.
Ninguna de las grandes promesas fue cumplida. Los resultados negativos son ampliamente conocidos por los mexicanos, todos lo saben y el Presidente de la República deberá enfrentar su propio juicio. " o que la Nación, os lo demande".
Existen, miles de argumentos y hechos para comprobar que las promesas de campaña están muy lejos de poder cumplirse. Desde el momento en que se plantearon, ya resultaban absurdas. Pero el deseo de soñar de la gente, su desesperación y esperanza por un México mejor, los hizo soñar y creer en esas promesas como una posibilidad verdadera de cambio. Después del sueño, 100 millones de mexicanos amanecen con la pesadilla de la realidad.
El error del Presidente Fox fue prometer cosas imposibles; cosas que no puede realizar un solo hombre. México no se construye desde Los Pinos; desde ahí, puede destruirse, pero no construirse.
Lo que Vicente Fox calló, fueron los compromisos con el extranjero, las promesas de venta de la planta eléctrica y petroquímica a las firmas transnacionales y a la familia Bush. En el extranjero, el candidato Vicente Fox, prometió rematar los bancos mexicanos y lo cumplió; prometió extender las importaciones de la CFE y lo cumplió; prometió favorecer al capital extranjero para participar en las obras hidroeléctricas y termoeléctricas de México y lo cumplió. Prometió efectuar la desregulación para la apertura de empresas extranjera y lo cumplió. Prometió abaratar la mano de obra y mejorar su especialización, y lo cumplió (hay obreros que son médicos). Prometió avanzar en obras de infraestructura para favorecer la instalación de empresas transnacionales en México y ahí, se atoró.
Y se atoró, porque esas obras debían realizarse con el presupuesto regular de la federación mientras que el gasto social se produciría con el incremento a las medicinas, los alimentos, la educación y la cultura gravando a los pobres, mediante una Reforma Fiscal que sólo provocaría mayores desigualdades.
El gobierno federal, le apostó todo a la Reforma Fiscal y desde ahí, se calculó el incremento de la Reserva Internacional de México que hoy llega a los 51 mil millones de dólares; se calculó un incremento en la recaudación suficiente para enfrentar el gasto social eliminando subsidios, recobrando carteras vencidas, modificando las condiciones del crédito social y del financiamiento de la banca de desarrollo, incrementando tarifas eléctricas, de combustibles, agua y peaje en autopistas; combatiendo la evasión y la omisión de los contribuyentes, sólo por mencionar algunas pretensiones.
Las cifras alegres del gabinete económico y fiscal ponían a México en una situación de bonanza, muy atractiva para poner en venta los recursos nacionales e incrementar con ello, el capital nacional mediante la dudosa Inversión Directa Extranjera.
Pero el plan A -y único, al parecer- de la Presidencia, que debiera aplicar desde enero del 2001, no contó con dos elementos fulminantes: La negativa del Congreso a realizar tal Reforma Fiscal que de llevarse a cabo afectaría a los mexicanos, y la recesión en los Estados Unidos y el mundo a la que se le llamó eufemísticamente "desaceleración".
A partir de ahí, la Presidencia optó por el camino de la confrontación y la guerra en vez del diálogo, la conciliación, los acuerdos políticos y las alianzas.
Como resultado de ello, el Presidente Fox perdió ante la Corte Suprema de Justicia varios juicios por no apegarse a la Constitución. La confrontación condujo a una actitud de necedad y capricho; a medir fuerzas y a una guerra de acusaciones, responsabilidades y obstáculos, por parte de todas las fuerzas vivas de la Nación, en un desgaste que parece haber cansado al Presidente Fox y que se coronó con el desprecio de la ciudadanía el 6 de julio pasado. En la guerra nadie gana y todos pierden. En la siembra, todos ganan y todos cosechan.
Seguir alimentando la hoguera de los errores y los horrores en México, equivaldría a seguir cavando la tumba de la economía nacional y precipitar al país a un colapso económico y político capaz de provocar un estallido social que a nadie conviene y que nadie, en México, desea.
El Tercer Informe de Gobierno habrá de servir como balance de pérdidas y ganancias. Porque también es justo reconocer que en estos años de gobierno foxista, algunas cosas también han mejorado. Entre ellas, la ampliación de las libertades; un sistema de Justicia perfectible; un sistema de seguridad nacional que continúa sentando bases sólidas aunque de momento no se aprecien resultados espectaculares. También, hemos avanzado en el fortalecimiento de la democracia mediante la ampliación de espacios para la participación de la sociedad civil. El federalismo, que no acaba de cuajar, se vislumbra como una posibilidad mediante el trabajo de la Conferencia Nacional de Gobernadores y la Conferencia Nacional de Alcaldes de México con quienes el Presidente Fox, podrá encontrar el mecanismo adecuado para el diálogo y la concertación.
El país no ha vivido esos cambios espectaculares, pero de algo no hay duda, el México de antes ya no es el mismo. Al menos, el desencanto nos ha conducido a una toma de conciencia más realista y menos soñadora. Nos ha conducido a comprender que toda guerra es estéril y que en la construcción del país, todos somos responsables.
Los Diputados Federales así deben entenderlo. El juego de todo o nada, no contribuye al desarrollo nacional y sí, lo frena. El Presidente Fox tendrá que optar por un Plan B para la segunda parte de su gobierno, porque si se mantiene obstinado en la Reforma Fiscal, que de seguro nadie aprobará, el país seguiría detenido.
La presión y el chantaje que ejerció la Presidencia para obligar al Congreso a aprobar la Reforma Fiscal, se tradujo en recortes presupuestales para los Estados y Municipios que agudizaron los problemas del campo, el desempleo y los servicios municipales; se reflejó en los despidos de empleados federales bajo el esquema de "retiro voluntario"; recurrió a la subutilización en el 2001 de ás de 33 mil millones de pesos destinados originalmente a la seguridad, la educación, salud y el campo. En síntesis, a una lucha tan cruenta como estéril que se extendió al mutuo descrédito entre el PAN y el PRI por los sospechosos financiamientos del 2000.
La lección ha sido dolorosa, especialmente para los más pobres de México que ahora suman más de 54 millones. Nadie ganó y todos estamos perdiendo. El poder es para fortalecer, no para debilitar al país.
El próximo Informe, como análisis y balance de logros, retrocesos y pendientes está obligado a abrir un parteaguas en la nueva forma de gobernar, de dialogar, de establecer acuerdos de altura y crear confianza para consolidar la alianza necesaria entre los diversos actores de la producción en México.
La guerra de trincheras, los aspavientos protagónicos de los diputados, las protestas airadas tipo estudiantiles, no son deseables. A cambio, se propone que aflore el análisis concienzudo, razonable y sereno para encontrar el camino viable de una alianza con el Presidente Fox partiendo de reconocer que la voluntad del pueblo se expresa a través del Congreso y el Ejecutivo es sólo eso, el mandatario encargado de ejecutar dicha voluntad.
El Tercer Informe de Gobierno será la base para el aliento nacional o para anunciar tiempos más difíciles. Lo alentador no será escuchar nuevas promesas sino nuevas propuestas viables para reencontrar el camino hacia soluciones al desempleo, la crisis del campo, la resquebrajada industria nacional, la creciente pobreza
Es deseable que el Tercer Informe transcurra en un ambiente de plena civilidad.
Los Diputados de la LIX Legislatura enfrentarán la enorme responsabilidad de anteponer el interés de la Nación al proyecto de sucesión presidencial de sus partidos durante el desahogo de la abultada Agenda Legislativa.
La reforma estructura como la renovación moral de la sociedad, dependerá, en gran medida, de la voluntad que exista para avanzar, mediante la ley, en esquemas que abran nuevas oportunidades al desarrollo económico y garanticen, al mismo tiempo, mayores oportunidades a la población para acceder a condiciones de bienestar social dignas y decorosas.
Por lo pronto, quedan pendientes en esa agenda: una reforma fiscal que grave a quienes más tienen y contribuyan a la recaudación fiscal hasta los que menos tienen en la medida de sus posibilidades; una revisión exhaustiva que favorezca la inversión nacional mediante mecanismos de acceso a financiamiento, reconversión industrial, aliento al mercado interno, modernización de la planta industrial con estímulos a la tecnificación y la investigación científica y tecnológica; la revisión de los salarios y prestaciones a los trabajadores, campesinos y jornaleros; reactivación del campo mediante la construcción sólida de cadenas productivas y comerciales con base en la capacitación, la tecnificación y el financiamiento.
Dejar lo que funciona, reformar lo anquilosado o anacrónico e innovar para adecuarnos a los tiempos y circunstancias del presente, son los retos del Congreso entrante y del discurso esperanzador pero realista, que esperamos escuchar de parte del Presidente Fox. Otra estrategia publicitaria tipo sus mercadólogos de coca cola, sería desastrosa.
Aunque no hay censura en el Informe, la nación no desea a un presidente
cansado, fastidiado y menos que menos, agotado. Ojalá que el Informe
contribuya a convocar a la unidad, a una alianza nacional y a renovar el espíritu
de lucha de los mexicanos que siempre se hemos demostrado en la adversidad y
tanto nos ha dividido en lo boyante.
* Comentarista de Columna Sur.