LA ULTRADERECHA Y EL PAN: ESTIGMA DEL NUEVO SIGLO
Aminadab Pérez Franco *
Recién concluida la lectura del libro "El Yunque: la ultraderecha en el poder" y el obligado regreso a obras previas como "La manipulación de la fe", "Cuando la derecha nos alcance", "La ultraderecha en México" o "La última cruzada: de los cristeros a Fox", es indispensable cuestionar la interpretación que asegura que la ultraderecha se ha apoderado del Partido Acción Nacional y ha accedido por medio de él a la cúspide del poder político.
Es un hecho que en México se formaron incontables grupos extremistas por razones políticas o religiosas, los cuales actuaron en la clandestinidad o el sigilo y que optaron muchas veces por la vía violenta para reclutar o disciplinar a sus miembros, agredir a sus enemigos, hacer valer sus intereses y defenderse del autoritarismo del gobierno. El viejo régimen autoritario, tan proclive al populismo, por temporadas al jacobinismo y con una ambigüedad ideológica que amenazaba torcer y pervertir todo conjunto doctrinal coherente, jamás entendió que las ideas no se pueden reprimir; por esa razón se convirtió en caldo de cultivo ideal para la formación de organizaciones secretas, clandestinas, juramentadas y violentas, que polarizaron hasta el fanatismo reivindicaciones que abarcaban desde la justicia social hasta la libertad religiosa. Al respecto, los testimonios de algunos amigos cercanos tentados por organizaciones situadas en ambos extremos del espectro ideológico describen una realidad que no necesita ser corroborada en los archivos históricos o proclamada por alguna "comisión de la verdad".
No podemos ignorar que la aparición de estas organizaciones se produce en un contexto inicial de enfrentamiento entre totalitarismos de corte fascista o marxista a principios del Siglo XX y, posteriormente, en el conflicto ideológico de la Guerra Fría. El péndulo ideológico interno se veía además influido por modelos totalitarios en España, Cuba, la Unión Soviética, así como por movimientos políticos pacifistas, de religión y política, de revolución mundial y de muchos otros; en esta etapa de lucha ideológica se originaron prácticamente todos los grupos extremistas en México.
Lejos de desentrañar todas las causas que propiciaron el surgimiento y existencia de estas organizaciones al margen de la legalidad, de la institucionalidad y de la sociedad abierta, las obras han seguido la cómoda ruta de dar rienda suelta a la teoría de la conspiración, a fin de que los lectores asocien sus peores prejuicios y temores a una organización política que históricamente ha representado exactamente lo contrario a la ultraderecha: el PAN.
A pesar de que el autor de "El Yunque: la ultraderecha en el poder" acudió a los archivos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), abiertos al escrutinio público por la administración del presidente Vicente Fox, y de que en diversas ocasiones reitera que la policía política de la época obtuvo "abundante información" sobre grupos secretos como El Yunque, MURO, FUA, TECOS y otros, la realidad es que los pocos datos concretos que se ofrecen palidecen ante una catarata de conjeturas, de imprecisiones y contradicciones que lejos de propiciar una clara comprensión de este fenómeno histórico parecen más una asociación de ideas que tendrían el simple propósito de desprestigiar al PAN y a sus gobiernos: un nuevo estigma o caricatura como las viejas letanías del partido de los banqueros, de los ricos, de los curas, de los mochos. En este sentido el producto decepciona pues desentrañar la verdad sobre los grupos de ultraderecha resulta tanto o más importante que esclarecer los atropellos ocurridos durante la llamada Guerra Sucia en México.
Resulta cuestionable que cuando se trata de describir al monstruo de la ultraderecha se den por válidas las afirmaciones contenidas en los expedientes de la DFS, mientras que en otros casos prevalecen los serios cuestionamientos que organizaciones de izquierda hacen a esos reportes, debido a que quienes los elaboraban estaban muy preocupados por "satisfacer al jefe", lo cual los llevaba a incurrir sistemáticamente en deformaciones, exageraciones y mentiras que redundan en poca confiabilidad de los documentos históricos analizados.
Otro aspecto que provoca suspicacia tiene que ver con pasajes del libro donde se sugiere que los grupos de ultraderecha actuaban casi con plena libertad al tiempo en que los guerrilleros de ultraizquierda eran perseguidos y aniquilados por la policía política, lo cual daría a entender que el gobierno federal toleraba la actividad ultraderechista. Los testimonios de participantes en movimientos como la Democracia Cristiana y el simple dato de que los grupos permanecían en la clandestinidad sugieren que sufrían una represión semejante a los de la izquierda, con la diferencia quizá de que nunca se levantaron en armas como la guerrilla urbana y que su violencia se circunscribía a delitos del orden común.
El autor explica que la ultraderecha desconfiaba del PAN. En términos de identidad, Acción Nacional es la antítesis de la ultraderecha: un partido que ha llamado siempre a sus militantes a una participación política pública, abierta, apegada a la legalidad y sustentada en principios conocidos, es todo lo contrario a una organización secreta, juramentada, que rinde obediencia ciega a jefes ocultos y que luchaban por causas que en el presente ya no mueven casi a nadie: el anticomunismo, el imperialismo yanqui, la conspiración judeo-masónica o por interpretaciones extremas de la libertad personal a ultranza.
A pesar de esta realidad, la literatura de la ultraderecha insiste en afirmar que en el PAN sería casi como una organización de fachada de estos grupos, situación que es imposible de probar, pero que vende bien y que incluso ha llegado a preocupar a algunos panistas despistados, como si alguna vez se hubieran prestado a algún tipo de manipulación de esta clase. Este aspecto resulta quizá la mayor contradicción de la serie de obras en comento y que da pie a intenciones no reveladas sobre las que abundaremos antes de terminar este apunte.
El autor se expresa como si los grupos de ultraderecha actúan con mayor fuerza que nunca en todo el territorio nacional, argumentación sustentada en decir que quienes se asegura forman o formaron parte de la organización nacional El Yunque participan en cargos públicos en el gobierno de Fox. La conclusión es simple, formulada en términos vagos y que juega con la necesidad de algunos de desconfiar de quien detenta el poder, sin embargo, la realidad es bien distinta.
¿Saben ustedes cuántos ex guerrilleros, ex militantes del Partido Comunista, ex activistas de grupos extremistas participan como ciudadanos en responsabilidades públicas? Basta constatar la transformación de muchas personas que en su juventud se adhirieron de manera radical a la causa de la revolución y el socialismo, quienes después transitaron en las vías institucionales de la reforma política, que renunciaron a los partidos de izquierda y que dirigen algunas de las más importantes instituciones del México democrático. Codo a codo con ellos, ciudadanos que defendían su fe, que politizaron la fe y que cumplen con las mismas responsabilidades son el objetivo de ensayos periodísticos que tratan de convertirlos una vez más en una sociedad secreta cuya supuesta existencia no corresponde definitivamente al momento histórico que vive la Nación.
Lo que sabemos con certeza es que la única organización semi secreta y juramentada que se ha apoderado alguna vez del poder en México ha sido la masonería. Y aun esta agrupación ha sufrido cambios en los últimos años. Caeríamos en una completa falsedad si afirmáramos que los ex guerrilleros que ahora colaboran en el gobierno federal se estarían reagrupando para asaltar el poder y desatar una revolución. En ese mismo sentido se deberían ponderar las últimas revelaciones sobre la ultraderecha.
Por más que se quiera ignorar, la nueva realidad democrática de México aniquila por sí sola muchas de las causas que en el pasado provocaron la existencia de grupos extremistas. La principal razón que estimulaba la creación de organizaciones secretas era un sistema autoritario que perseguía ideas y convicciones al tiempo en que trataba de imponer otras. Hoy, es patente que el nuevo poder no tiene entre sus proyectos moldear las conciencias ni apoderarse de ellas y que es capaz de convivir con la crítica y la agresión que en el pasado eran intolerables; las excepciones que se puedan señalar corresponden a situaciones personales y no institucionales, quizá a resabios y heridas de aquellas luchas que la democracia terminará por reparar. El contexto en el que vivimos es muy diferente ¿Para qué luchar secretamente por una libertad que ya podemos ejercer? Los argumentos extremos que surgen de repente como libros o como expresiones, de la óptica que sean, forman parte del ambiente de democracia y libertad que florece en el país a partir del año 2000.
También sabemos que los movimientos sociales tienen una necesidad irrefrenable de manifestarse, de ser públicos y de influir en la opinión ciudadana. La construcción y sostenimiento de una estructura secreta es inviable por lenta, costosa e ineficaz, además de que no corresponde con el nuevo entorno de la sociedad de la información y la hiperextensión de los medios de comunicación. Casi nadie estaría dispuesto a jurar lealtad y obediencia ciega y eterna a una obligación moral que implique la violencia. Los grupos secretos, armados y violentos que existen en nuestros días, tienen que ver con intereses económicos o de crimen organizado y no con motivaciones ideológicas; basta con recorrer a las mafias de la droga, la prostitución, la piratería, el contrabando o los grupos neonazis con página en Internet para comprender la naturaleza actual de las amenazas al orden institucional.
¿Por qué entonces se producen estas obras? ¿Por qué se insiste en vincular al PAN con la ultraderecha? ¿Por qué cunde en algunos panistas la desconfianza?
Nos encontramos lisa y llanamente en un caso concreto de búsqueda del desprestigio y de arruinar la reputación de un partido político. No hablamos de una denuncia interna sino de un ataque externo. El renombre y prestigio democrático del PAN como el gran impulsor de la democracia mexicana es un dato que genera rencor o hasta envidia en diferentes sectores de la sociedad que asumen otras concepciones ideológicas, los cuales no pierden oportunidad para tratar de resquebrajar la imagen y la identidad del PAN asociándolo con grupos que siempre han estado al margen del partido y que siempre renegaron de los cauces institucionales o que acusaban al PAN de palero o servil con el viejo sistema.
La gran mayoría de los miembros de Acción Nacional son ciudadanos
probos y no borregos por lo cual desconocen y no han participado en grupos como
los descritos, esto constituye la base fundamental que mantiene la existencia
y la cualidad genuina de una institución democrática que resistió
los embates y el desprestigio del autoritarismo y que deberá ser capaz
de acrecentar sus cualidades en la nueva vida democrática de México
y serle útil a la sociedad mediante la participación, la cohesión
y la confianza construida en la militancia política, sin hacer mucho
caso a las caricaturas que la quieren desfigurar desde afuera.
* Investigador y analista.