ASESINO IMAGINARIO
Año 1972.
Mendoza. 2:10 p.m.
Dejé mi trabajo, como en los últimos 4 años, me dirigí al bar de siempre a almorzar, luego iría a la facultad.
Aquel día de Octubre me fascinó el amanecer al bajar del colectivo, juré tomar una fotografía.
El sol mostró su escudo rojo, su esplendor, su fuerza; el día brotó a pesar de mi sensaciones.
Desde aquel quinto piso, en mi oficina, el sol, con sus reflejos, jugaba sobre mi cara, a su antojo.
A las 2:10 p.m., el sol, aún coqueteaba conmigo, zumbaba y acosaba; predecía un verano esponjoso.
Lo archivé entre los miedos que guardaba en la bandolera del alma: le di la espalda y continué mi camino.
Entré al bar, usé la misma mesa, acomodé el portafolio en la silla a mi costado, desplegué el diario; esperaba que Carlitos me saludara con la cordialidad de siempre y, –sonriente-, aceptara mi pedido. Aquella voz me obligó a dejar de lado el diario.
El mozo no era Carlitos; simplemente vi un joven prolijo, nuevo, que preguntaba mi orden de almuerzo.
Salchichas con puré –dije-; volví al diario.
Minutos más tarde separé el diario, recibí mis salchichas; comí rápidamente; miré el reloj; me incorporé, fui a la caja a pagar. Vi la primer cara conocida del lugar: el gallego (dueño del bar.)
Esperando mi vuelto, pregunté por Carlitos... .
Hizo una mueca al decir -murió el Viernes de un infarto-; -parece que fue en la tarde-; -faltó a trabajar el Sábado y el Domingo; el mozo vespertino del Domingo, a mi pedido, fue a su casa creyéndolo enfermo y lo encontró muerto en el baño-.
Mi estómago se plastificó; mi garganta se trabó.
Di la vuelta, ordené a mi mano despedirse, y dejé el bar.
Esquivé el imprudente sol de la siesta buscando la sombra de los árboles; pensaba en Carlitos, mientras caminaba a la facultad.
Entré a clases; no dejé de pensar en él.
Tendría tal vez 45 ó 46 años.
Lo recordaba siempre tan afable y misericorde conmigo; no se me despegaba a la hora de almorzar, siempre me acompañaba de pie junto a mi mesa; era un ángel guardián. Sus consejos me hacían bien: -Daniel-, tienes que formar una familia, me decía.
-Daniel-, lo más lindo del mundo es la llegada de los hijos; la espera de tu esposa en la casa; esa mujer que todo humano debe tener en noches de invierno, -¡el consuelo a los avatares diarios!-; -Daniel, haceme caso, te hablo por experiencia-, -no sé Carlitos, no sé-..., hacen 4 años que estoy de novio pero tengo miedo, dudas; mi economía no funciona, -no sé, Carlitos, respondí-; ¿y el amor?, -me preguntaba-, clavando sus pupilas en mi alma, ¿vale?, ¿lo que sentís por ella, merece el sacrificio?, ¿lo que ella siente por vos, es genuino? ; - si, Carlitos, pero estoy inseguro-, iteré mi respuesta.
Mis dudas, no alcanzaban para que Carlitos desistiera en su actitud; me enfatizaba, en cada almuerzo, la importancia de formar familia; insistía en que el valor de esos vínculos humanos, eran necesarios y universales.
Dos horas de botánica sistemática le seguían a ecología y genética.
Durante los recreos, el recuerdo de Carlitos no me dejaba. Las preguntas crecían en mi: el gallego me había apuñalado con dudas: ¿cómo era posible que mandara al mozo vespertino a su casa? ; ¿y la familia de Carlitos,... porqué no avisó al gallego a tiempo?.
Las preguntas horadaban mi atención. No entendía genética...; y hasta me parecía que Carlitos daba la clase; no se iba de mi mente. Soporté hasta las 9 p.m..
La tibieza de la noche y una la luna de almidón me envolvían. Salí de la facultad, caminé al bar; entré con inusual resolución, le reclamé al gallego hablar al mozo vespertino que encontró a Carlitos. El gallego señaló con la mirada; articuló un gesto con su mano y el mozo se acercó.
Apartados en un rincón, lejos de los bebedores de olvido; pregunté -¿qué le pasó a Carlitos?-. -Llegué a su casa como a las ocho de la noche, la puerta estaba sin llave, entré, busqué, y lo vi en el baño tirado... , muerto-; -llamé a la policía para hacer la denuncia, vinieron; les di mis datos y llamé al gallego desde la seccional de policía para contarle-; el gallego fue a la seccional y se encargó del resto; ese día regresé a mi casa muy tarde..., -respondió-.
Pero cómo, -pregunté- ¿y la familia de Carlitos?... . ¡Ah no... ! –respondió-, Carlitos nunca tuvo familia, vivió siempre solo; trabajó como mozo del gallego desde los 16 años; sus padres lo abandonaron y nunca supo dónde fueron; nunca se casó, nunca estuvo de novio. Vivió solo..., siempre solo; -me dijo detrás de una mirada lastimosa-; compadeciéndose de mi ignorancia por la vida de Carlitos.
Caminé aturdido, desorientado; preguntándome ¿cómo había dejado pasar el tiempo sin preguntar a Carlitos por su vida privada?; ¡me sentía mezquino, desinteresado por la vida ajena!; me vi pecador; profundamente arrepentido.
¡Si hubiera averiguado o preguntado... , tal vez, mi soledad podría haberlo acompañado más de cerca ; nuestros universos se hubieran compartido más; esa noche la luna, jugó macabramente con mi cara: sus reflejos me molestaron; la primavera me retorció.
El recuerdo de Carlitos no me dejó; tampoco su reto a duelo con mi vida: quiso enseñarme una ilusión que nunca concretó; no supo resignarse a la soledad, imaginó para mi, experiencias hogareñas que él no tuvo.
Levanté su guante imaginario y en reto a duelo debatí en mi mente mucho tiempo; mí economía giró suavemente y en la primera oportunidad que vi a mi alcance, armé planes de matrimonio: me casé en 1977.
Parientes y amigos me estimularon a luchar por el hogar en formación; empecé “muy abajo”; vivíamos en un garaje alquilado, entre sueños e ilusiones que navegaban hacia una vida mejor.
La realidad no cambió en 10 años (me presentó otra cara).
Mi ilusión persistió.
1984.
Hacían unos meses, vivía con mi familia, en una casa prestada por mi padre (perteneció a mis abuelos); por fin, después de tantos años, teníamos intimidad respetable.
Mi esposa trabajaba como docente de Inglés; yo, como empleado de una empresa de servicios sanitarios.
La economía hogareña, apretadísima.
No conciliábamos, con mi esposa, pretensiones de esparcimiento, vacaciones, y mejoras de la casa.
Nuestra pareja se eclipsaba.
Mi hijo mayor había tenido una infancia con enfermedades crónicas respiratorias; los gastos, superaron lo inimaginable; fuimos de vacaciones solo una vez en muchos años de casados ya que la casa, demandaba arreglos: baño, pintura, muebles.
El agobio, por momentos, era insostenible.
Debíamos llevar los niños a la escuela; comprar, cocinar, limpiar, construir y rogar que la situación económica cambiara para salir de tantas deudas contraídas por la salud de mi hijito mayor.
En Junio de 1982, mi esposa, había sido intervenida de histerectomía y anexitis; por esta razón –tal vez-, su libido desaparecía.
Lentamente, su espalda fue paisaje más visto en mi cama; pretextos, dolores, stress y cansancio, cancelaban mis demandas maritales.
En 1983, intenté hablar con ella; hacerle ver que teníamos un problema de pareja; nuestra comunicación se había enturbiado.
Varias veces la invité a tomar café; enfrentar el problema de nuestra pareja como adultos; le propuse, buscar ayuda.
Asintió; su cambio fue breve; iteradamente volvíamos a la comedia que, Aristofanes escribiera para mi, “Lisistrata”; mi esposa, la mejor actriz de la comedia; y no me había enterado.
Esa tarde; se arreglaba antes de salir a trabajar.
Se presentó ante mí, me preguntó cómo se veía.
Yo exclamé ¡guau!, -you are divine-, -decía en burdo inglés-.
Satisfecha, dio la vuelta rumbo a la habitación...; la seguí. Al encontrarnos increpé preguntando si así vestida, iría a trabajar o al encuentro de otro hombre (sentía celos.)
Lo negó, me trató de loco, se ofuscó; aseveró que iría al colegio; se molestó.
Era bellísima; se arreglaba muy bien.
Volví a la cocina; encendí el televisor, me zambullí –resignado-, en un sillón.
Mis abstinencias sexuales me azuzaban; ella..., tan hermosa..., intocable...; recordaba los griegos en su culto a dioses inexistentes (¿sería el mío, uno de ellos?.)
Siempre llegaba tarde de trabajar, los niños y yo dormíamos; algunas veces la esperaba hasta tarde; pero me vencía el cansancio intermitentemente.
Otras veces, la traía una amiga en su automóvil; se quedaban en el auto charlando hasta las 2 ó 3 de la mañana; su ausencia, me desvelaba; ¿qué habría pasado?; mi imaginación paseaba por escenas desbordantes.
Mi ansiedad aumentaba.
Al sentirla llegar, aflojaba la tensión hasta las 6,00 h; hora en que me levantaba para ir a trabajar.
Muy temprano solía ver su cuerpo cubierto de ropa; pensaba en nuestros desencuentros... .
Veía la cercanía de su presencia y la lejanía de sus sueños; ¿estaría yo, en ellos?, ¿sería su amante onírico?... . ¡Mi amada Lisistrata!... .
Los recuerdos de esa mañana me interferían; solo, buscaba en la televisión un programa que me distrajera la angustia.
Sentí su taconeo aproximarse a mí, para darme el beso de despedida.
Afuera, en la vereda, los niños jugaban a la pelota.
Mi amor –dije con suavidad-, ¡recuérdame!... ; llegas muy tarde,... no doy más... ; sé que son importante tus charlas con “La Coya” (su amiga del alma), pero a mí, ¿cuándo me toca? ; ¿Remedios, te debo pedir turno?; ¿dono al “Banco de Órganos” mi aparato reproductor, para que otro lo aproveche? ; (intenté poner algo de humor, para descender el nivel de increpación.)
La cara del guerrero, de la película que veía, saltó de la pantalla del televisor, a mi cocina; se fundió en el cuerpo de mi esposa; sacó su arma, amenazó de muerte, pensó en lo del Banco de Órganos, trocó en un segundo... ; sonrió, se relajó, guardó su arma y bajó el escudo; se hizo humana otra vez.
Impiadosa y suavemente dijo –eso es un problema tuyo...; ¡arréglatelas como puedas!; para mí, este tema terminó-.
Giró y se fue.
El beso de despedida mordió el suelo.
La ventana estaba abierta; la vi besar los niños en su despedida; -¡cuiden a papá!, - escuché decirles.
En mi mente, la voz susurrante de Carlitos dijo: -¡Daniel, perdóname!-, -solo, supe de soledad-.
Apagué el televisor, saqué del portafolio mi pluma, y asesinando a Carlitos, en mi bitácora escribí:
A mi LOT.
Tus ojos, de hielo.
Tus pechos, de sal.
Tu vientre, de arena,
a mi amor, le hacen mal.
* De Mendoza, Argentina. Reciente profanador del español.