EL UNIONISMO
José Repiso Moyano *
Desde la noche de los tiempos el unionismo ha estado ligado a la asunción de poder; primero de las tribus, luego de los pueblos -en el sentido regional- y, después, de las naciones que condujo al vasallaje del imperio, es decir a una dependencia feudataria que permitía, además, ese arrimar hombros para proteger y endiosar a una nación.
Por eso, por cierto y por verdad, el unionismo es una herencia de la supeditación convenida que ha escudado a las grandes naciones más allá de una consideración por lo estrictamente local; y, desde hace algún tiempo, ha sido una forma de reafirmar sus economías -el nacimiento de grupos comerciales, o la asociación de empresas: "trust"-, de potenciar sus estructuras políticas, de levantar a unas frente a otras -por lo que se desahucian las más débiles, se excluyen-.
Si ahora vivimos tiempos más civilizados, por la consecución de derechos y por la división de poderes que propugnaba Montesquieu, la asociación de países no es un error si buscara intereses más globalizadores de fraternidad o solidaridad; pero esto no es así del todo porque, en el fondo, rigen las machacadoras y codiciosas reglas del mercado no perdonando, en cuestión, a nada.
Sí, brillantemente se habla de seguridad como si la seguridad fuera estar a la defensiva siempre ante los marginados por las economías cada vez más enriquecidas, más establecidas y más depravadas frente a las que ni siquiera se tienen en cuenta. Pero, ¿seguros de qué?, ¿de quiénes y para qué quieren estar seguros estos asociacionismos de riquezas? En un mundo global, refortalecer a Europa sí, pero ¿frente a qué y para qué? Está claro que según los fines se instigará más pobreza o desigualdad o no.
Por ello, es más que indispensable el desmarcarse con unas pautas éticas contra el histerismo economicista del poder; e inculcar un modelo que no menoscabe aún más a los excluidos, porque sus carencias -en todos los sentidos- no son amenazas ante la egoísta seguridad de los que están muy bien arriba, sino la humana y digna expresión de los que sólo sobreviven o sólo se desesperan de una forma lógica en la miseria.
La emigración, el trabajo infrahumano o clandestino donde son explotados o el crear conflictos sociales de delincuencia, a veces son caminos inevitables para los que sólo recurren a sus dignos derechos para sobrevivir.
Así que la nueva sociedad debe atender a un análisis más social, menos peyorativo frente a los que recogen las migajas de sus excesos y vicios de su seudobienestar. Así que, también, se debe pensar que la mayoría de los países pobres no son los que especulan o embaucan a todo riesgo con plusvalías en sus mercados, sino los que no quieren soltar los hilos operativos de su codicia.
* Pensador, poeta, narrador y ensayista español, nacido en Cuevas de San Marcos (Málaga). Ha publicado: Cantos de sangre, Ediciones Rondas,Barcelona, 1984, y La muerte más difícil, Ediciones Torre Tavira, Cádiz, 1994. Ha ganado los premios: "Ángel Martínez Baigorri" de Navarra y "Encina de la Cañada" de Madrid. Es asesor literario de la colección Torre Tavira de Cádiz, donde ha publicado los plegables La muerte más difícil (1994), Carne de cañón (1996), Soñada luz (1999) y La caja de cristal (2000). Ha colaborado con ensayos, artículos y poemas en las revistas Casa de las Américas (Cuba), La palabra y el hombre (México), La Nuez (EU), Julia (Puerto Rico), Repertorio Americano (Costa Rica), Turia (España), Signo (Bolivia), Nueva Avenida (Argentina), Trizas de Papel (Venezuela), El Universitario (El Salvador), Índice (Colombia), La Bota Literaria (Argentina), así como Zurgai, La luna de Mérida, Extramuros, Los Papeles de Río Seco, Fábula, Los Cuadernos de Bronce y Barcarola (España).