Periodismo


NACIONALISMO Y COMUNICACIÓN


Eva Angélica Cervantes Hurtado *

La inercia mundial de las sociedades del siglo XXI, dominadas por un capitalismo deshumanizado, se encamina a borrar lo que históricamente hemos sido, como lo construimos, que es lo que aun conservamos nacionalmente y que debemos hacer para honrar al país que nos vio nacer y prácticamente nos dio todo lo que somos como pueblo e individuos.

Siendo México, nuestro lugar de origen, este artículo tiene el propósito de llevar a cabo una reflexión profunda sobre el valor de lo mexicano y los hechos de la vida comunes y corrientes vinculados con la educación, hábitos, costumbres, recursos de financiamiento, vivienda, fuentes de trabajo y por supuesto seguridad pública y jurídica.

El tema que nos ocupa seguramente encontrará espacios comunes en latitudes americanas y de países cuya relación de sometimiento a los dictados del mercado y de la comunicación electrónica, coloca a sus pueblos en la tesitura de limitación de opciones para la resolución de los problemas que les agobian, con la fatal consecuencia que esto tendrá en las generaciones actualmente cursando edades de infancia, más el riesgo de llegar a la edad adulta sin mayor referente que un enfoque alarmista y desalentador sobre las posibilidades de vida.

Siendo cierto que la humanidad en su conjunto parece estar perdiendo la guerra en contra de la miseria y las consecuencias de ésta -elevado índice de mortandad infantil y materna, prostitución temprana, tráfico de personas, drogadicción y retroceso en los niveles educativos- existen indicadores que, si bien nos muestran que vivimos condiciones no aceptables de existencia; comparativamente, incluso con algunos países desarrollados, éstas en su conjunto no son tampoco deplorables. Más allá de la exageración, de algunos eventos o fenómenos, a la que nos someten los medios de comunicación, el hecho innegable es que todo lo que hace el ser humano tiene en sí mismo la posibilidad de alternativas, que se amplían o restringen es cierto, en relación directa a los condicionantes de bienestar de la persona misma.

En materia de seguridad pública por ejemplo, los medios de comunicación -que han dejado su antigua connotación de cuarto poder, para convertirse en los principales conductores de la política, la democracia y el que hacer público- parecen empeñados en someter a las poblaciones del planeta a un continuo terror, alimentado por dosis intensas de mensajes alentadores de la desconfianza: hacia los gobernantes por corruptos, los ricos por acaparadores de los satisfactores básicos, los pobres por delincuentes, los policías por prepotentes, los varones por violentos, las damas por ambiciosas y vengativas, los musulmanes por terroristas, los católicos por pederastas y los protestantes por imperialistas.

¿Qué otra reacción o defensa, además de la violencia, le queda como ciudadano en un contexto de descalificación continua hacia las instituciones que rigen su vida pública y privada?

El antídoto para una constante que infunde el pesimismo, la disminución de la autoestima personal y la desesperanza para el paria que nunca encuentra explicación siquiera del para que está en este mundo, es lograr un equilibrio en el desarrollo integral de la población. Expresión sencilla ésta, aunque no fácil de alcanzar sobre todo si los referentes históricos y culturales son también objeto de está visión capitalista del mundo, que supone la felicidad individual sustentada en el éxito económico aunque alejado de los valores éticos y morales, contenidos en su historia y su expresión cultural.

Siendo el común denominador de los modernos capitalistas la ignorancia extrema -ellos no leen, solo saben de abusar de su poder para financiar su efímera fama- que les impide, entre otras muchas cosas, la identificación de los componentes instrumentales y formativos necesarios en una sociedad para lograr un desarrollo integral, sus esfuerzos sustentados en una visión mediática del universo, han dado como resultado sociedades desorganizadas e inconscientes de la realidad y las formas elementales de convivencia, lo cual en si mismo es totalmente contrario a lo que pregonan. Los niños de la calle y en la calle, el temprano trabajo infantil, la negativa implícita de acceso a ningún sistema educativo, siguen siendo hechos lacerantes y en aumento, debido básicamente a la ausencia de una propuesta articulada imbuida de contenidos más allá del discurso o la firma pomposa de convenciones internacionales o leyes internas cuya aplicación casuística y distorsionada por el decreto, va directamente de la mano de esta visión deshumanizada.

Las tremendas cargas de culpabilidad implícitas en la utilización de leyes de trasparencia como instrumento de aniquilamiento del contrario y la sustitución de la responsabilidad pública por caridades coyunturales y regresivas en siglos de avance humano, están afectando no sólo la salud física sino la emocional de los individuos, de forma muy especial aquellos en etapas formativas.

La autoestima del mexicano, atrapado en un proceso social que le confronta a la bipolaridad del mestizaje por una parte conminándole a avergonzarse de su origen indígena y por la otra obligándole a sobrevivir mintiendo frente al conquistador, se ve negativamente afectada por mensajes de continua descalificación de lo propio frente a la magnificencia virtual de lo ajeno, lo mismo en campañas que asocian a las hamburguesas con la felicidad infantil -en detrimento de las tortas con una aparente connotación de miseria- que en reportajes con obvia visión expropiatoria cuyos contenidos descalifican la seguridad social, la salud y la educación pública y gratuita, la tez morena, los héroes históricos y una cultura de convivencia comunitaria a favor del más desprotegido, convertida -por la machacona influencia del ejercicio comunicativo falto de ética- en supuesta amenaza y encubierta actualización de la desaparecida figura penal de la disolución social

La autoestima del mexicano está fraccionada, por una parte hay un buen número de connacionales orgullosos de lo logrado en la vida, conviviendo con una creciente población, que con todo y su original seguridad, enfrenta fuertes dificultades para identificar los valores específicos con los que cuenta para ser potenciados de forma conjunta

¿A quien correspondería revertir estos resultados de la manipulación? El tema se convierte en altamente polémico cuando se sugiere que los medios de comunicación tienen la obligación moral y profesional de dar a conocer -objetivamente- a la población en general, los hechos de mayor trascendencia; y estos se defienden argumentado que sus cometidos son eminentemente de diversión para lo cual requieren de un sustento comercial. Lo innegable en tal escenario, es la preponderancia en el manejo de lo crematístico en detrimento de lo sustancial, con lo cual aparece el amarillismo tergiversando las realidades.

Lograr un equilibrio entre la libertad de expresión y el derecho a la información, sin caer en la censura o la hipócrita autocrítica plasmada en códigos de ética internos hechos a la medida de los intereses mercantiles de quien los asume, es quizá el reto más grande de las sociedades del siglo XXI. Para ello la gente debe organizarse, venciendo el temor, defendiendo medios alternativos que hoy por hoy sufren un fuerte embate tanto de las empresas comerciales como de los gobiernos.

Las radios comunitarias tachadas por la magia del libre mercado como piratas o ilegales, las redes de Internet vigiladas y atacadas por hackers políticos y monopolios de la comunicación virtual, las organizaciones vecinales, los grupos estudiantiles, el megáfono, la comunicación voz a voz, han de recuperarse, para hacer frente a telenovelas, espacios noticiosos y reality show´s que en esencia denigran lo humano, lo nacional, lo histórico, lo autóctono y lo valioso, dejando un sustratum dirigido al subconsciente que en el anhelo de paz empieza a clamar desesperada y emocionalmente por el orden, aunque ello implique una vuelta al militarismo, el estado policía y el sometimiento al poder del enemigo.

En el umbral de los juegos olímpicos, se ha seleccionado a un buen número de mexicanos jóvenes para representarnos; difícilmente podrían triunfar si la mística se limita al hecho de competir para cumplir con quien les patrocina. Si la esperanza está puesta en el entrenador extranjero y no en el reconocimiento a la experiencia del mexicano, si la seguridad interna se ve disminuida por auto justificaciones previas o embates pertinaces en contra del profesionalismo y honestidad de los médicos, árbitros, federaciones y todo lo que sea mexicano, seguramente volveremos a mirar lágrimas de desconcierto y súplicas de perdón.

Como en todas las condiciones de vida que se presentan en el país, la confianza de este grupo de mexicanos aumentará, si está correspondida por la de todos y cada uno de nosotros, al expresarles la certeza colectiva de que además de competir, pueden obtener las medallas, de la misma manera en que esperaríamos de los estudiantes la continuidad en su crecimiento humanístico más allá de la obtención de un título, que no debiera ser fin sino instrumento para el servicio, el apoyo mutuo y el reforzamiento de lo que nos ha permitido resistir embates arteros, tendientes a nuestra destrucción.

Antes de ahora el enemigo era más visible, venía de fuera, nos quería invadir o comprar barato. Hoy está dentro, se instala en nuestros hogares, influye a nuestros niños y encubre la intención perversa de quienes insisten en despojarlos del futuro ocultándoles o descalificando el rico pasado que nos ha permitido llegar a este nuevo milenio, que si bien adolece de una fuerte crisis social, ésta se puede convertir en fortaleza a pesar de las adversidades sí, con todo y la persecución contra quienes están dispuestos a seguir luchando por sus ideales, logramos rescatar el prestigio y la presencia que nos permitió sobrevivir a la ambición y la perversidad del extraño. El señalamiento difamatorio, el doloso intento de desprestigiar a los que sí actúan y la grotesca emulación de lo ajeno, no afectará a nuestros hijos, ni a los hijos de nuestros hijos si permanecemos fuertes en los valores por los que muchos, antes que nosotros, ofrendaron sus vidas.

* Dirigente de la ascociación civil Comunicación Cultural.

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