REALITY SHOW O TORRE DE BABEL
Lo único transparente en el Consejo de Información Pública del Distrito Federal es la sistemática sinrazón y cerrazón de varios de sus integrantes. Por un lado están las consejeras ciudadanas María Elena Pérez Jaén y Odette Rivas, quienes han dejado de lado el arte de la política y la negociación y han buscado el enfrentamiento y, por el otro, están la contralora general del Gobierno del Distrito Federal, Bertha Luján, y su empleado, el presidente del Consejo, Guillermo Velásquez de la Fuente.
Es una lástima lo que sucede, porque los capitalinos se merecen algo más que el reality show del que se da cuenta en los medios de comunicación. Los dimes y diretes afloran en las reuniones que han convertido al consejo en una Torre de Babel paralizada por sus conflictos internos y fracturada por su improductividad e ineficacia, cuando en su gestación tuvo una imagen de esperanza ciudadana para conocer la forma como se administran los bienes de la ciudad.
El organismo nació luego de un parto difícil, con pinzas, a la fuerza, contaminado por intereses declarados y velados que han puesto en duda su viabilidad, al menos mientras algunos de sus miembros no abandonen los golpes bajos, la calumnia y la mentira. Es algo que no se va a ver pronto y cada quien seguirá hablando como en reuniones de ciegos, en un ambiente novelesco que también nos recuerda El Ensayo sobre la ceguera de José Saramago.
Bien valdría la pena que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal hiciera un severo llamado a los consejeros ciudadanos, los tres, así como a los representantes del gobierno capitalino, sobre todo (los de los entes autónomos han sido los que mayores aportes al debate han realizado) para que se sujeten a los principios que rigen al organismo, para lograr un sano debate de las ideas y que por encima de intereses partidistas y de grupo, el Consejo comience a funcionar.
No es posible que en la reciente sesión del organismo hayan perdido más de dos horas en vituperios, descalificaciones y reclamos de las consejeras ciudadanas a Luján o del presidente del Instituto Electoral del Distrito Federal (IEDF), Javier Santiago, hacia la consejera María Elena Pérez Jaén, por el anónimo que hizo circular entre los representantes de un ente que pretende alcanzar la transparencia en la información en esta ciudad.
Más allá de los siempre indispensables recursos económicos para el debido funcionamiento de toda institución de servicio público, es urgente que el Consejo empiece a rendir frutos, que atienda las demandas de una ciudadanía cada vez más participativa e interesada en conocer el teje y maneje de la administración pública. Lo contrario creará la paradoja de tener un elefante blanco, incapaz de dar resultados, de no estar a la altura de los tiempos que hoy se viven en materia de transparencia e información.
Es claro que no resulta, de pronto, lograr consensos entre representantes de organismos autónomos tan diversos que participan en el pleno y las comisiones del Consejo. Tampoco lo es trabajar con consejeros ciudadanos sin antecedentes en la delicada y fina tarea de contribuir a la transparencia del gasto público, los informes y el andamiaje de la estructura de cada ente que opera en la ciudad de México. Mucho menos cuando los interesados funcionarios del Gobierno del Distrito Federal procuran mantener un control férreo del organismo para tratar de aislar, boicotear y tal vez hasta destituir a Rivas y Pérez Jaén.
Se debe aprovechar al máximo la experiencia de muchos otros de sus integrantes,
expertos en diversas disciplinas, con la voluntad política y el profesionalismo
para enderezar el rumbo. De otra manera esa Torre de Babel jamás
alcanzará la altura mínima indispensable para satisfacer las expectativas
de la ciudadanía del Distrito Federal.
* Peridusta.