México


GÉNESIS Y OCASO DE LOS MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES


Carlos Alberto Becerril *

“Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

Hablar de movimientos estudiantiles de México es hablar necesariamente de los acontecimientos de 1968, cuando—en forma aparentemente coincidente— en gran parte del mundo los jóvenes tomaron las calles para hacer valer una nueva condición en el equilibrio político de sus países. Los movimientos estudiantiles se convertían en un verdadero poder que trastocó ese año a más de una sociedad y que modificó de manera radicalmente la praxis política en todos el mundo.

La generación de la posguerra, aquella que había nacido después de la Segunda Guerra Mundial, aquella que había nacido bajo el influjo del baby boom, que no había llegado todavía a los escalones del poder, de repente y de un solo golpe, en forma masiva, encontraban que mediante simples manifestaciones callejeras ponían en jaque a las instituciones y cuestionaban el status quo.

Para aquellos que ocupaban el poder formal en esos años, era sumamente difícil entender cómo mozalbetes de menos de 18 años se atrevían a cuestionar los sistemas políticos, pero no sólo en los países capitalistas, recordemos que la primavera de Praga, en Checoslovaquia, se basó en buena medida en el movimiento estudiantil, proceso que fue sofocado con la invasión de tropas de la Unión Soviética ese mismo año.

La generación en el poder, formada en su mayoría por hombres que crecieron y llegaron al poder al calor de los eventos bélicos de la primera mitad del siglo XX, desde revoluciones hasta conflictos globales, enfrentaba al fenómeno social de la misma forma en que había resuelto sus propios conflictos: mediante el uso de la fuerza y la represión; el entendimiento y el diálogo lo dejaban para mejor ocasión.

Desde la ciudad de París, en mayo, algunos miles de estudiantes convocaron a uno de los movimientos sociales más importantes de la segunda mitad del siglo XX cuyas repercusiones aún son sentidas en algunos países.

Era difícil comprender que una generación que en su mayoría no había conocido la guerra convencional, llena de satisfactores y comodidades, que culturalmente había reproducido la imagen de la insatisfacción juvenil en el icono del rebelde sin causa, por vez primera esa rebeldía la encauzaba políticamente y causaba escozor en gran parte de la sociedad.

Los jóvenes estudiantes, que habían crecido con el temor de que la Guerra Fría se deshelara y convirtiera en una guerra termonuclear, asumían su propia convicción que el sistema debería cambiar y sobre todo que ellos podrían hacer el cambio.

En ese año, en México, en una barda pintada por brigadistas del movimiento estudiantil, un texto explicaba el sentimiento de aquellos días de combate: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

En cada país, las repercusiones políticas del movimiento tuvieron sus propios tiempos y procesos. En la ciudad de París, el movimiento fue aparentemente sofocado, el presidente Charles De Gaulle, héroe francés de la Segunda Guerra Mundial, afrontó en mayo de 1968 difíciles momentos cuando los estudiantes y los trabajadores en huelga sumieron al país en una verdadera crisis con tintes revolucionarios. Sin embargo, De Gaulle triunfó y en las elecciones del mes siguiente sus partidarios aumentaron su cuota legislativa.

Existe la anécdota que cuando el primer presidente socialista francés François Mitterrand nombró al nuevo jefe de la policía, todos se sorprendieron que fuera él que fungió como tal en el movimiento estudiantil de mayo de 1968. Cuando fue cuestionado al respecto, Mitterrand respondió que en aquel año en París se inició uno de los movimientos sociales más importantes, sin embargo, en las movilizaciones de París no hubo un solo muerto.

Algo muy diferente a la experiencia vivida en México, en donde el presidente Gustavo Díaz Ordaz, engañado por su ministro del interior, ocasionó una de las matanzas más aterradoras de la historia de este país, cuando al menos más de trescientos estudiantes —algunas fuentes hablan de ochocientos— fueron masacrados por fuego cruzado entre paramilitares y el ejército, en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Celada organizada, afirman testigos, por el entonces secretario de gobernación, Luis Echeverría Álvarez, quien dos años más tarde asumiría la presidencia de México.

A pesar de que los líderes del movimiento fueron asesinados o encarcelados, muchos años después la corriente democrática iniciada en esos años dio frutos, finalmente, cuando México inició un proceso que posteriormente lo llevó a la democracia.

Es evidente que en muchos países en donde se repitió el fenómeno de los movimientos estudiantiles, los Estados se dieron a la tarea de tratar de mediatizar a la juventud; la respuesta fue dar a los jóvenes lo que supuestamente ellos querían y en gran parte lo lograron.

En países como México la respuesta fue dar drogas y rock and roll tratando de que los estudiantes pensaran en cualquier cosa, menos en su convicción política. En los primeros años de la década de los setenta, en las escuelas de bachillerato y universidades la profusión de conciertos y droga entregada en forma gratuita fue la manera de empezar a eliminar la conciencia política del estudiante.

Sin embargo, el recuerdo del movimiento estudiantil de los 60 sigue presente en México en la imaginaria popular, el grito “dos de octubre, no se olvida”, fecha de la matanza de Tlatelolco, es parte del protocolo conmemorativo anual del sangriento suceso.

Ahora una juventud apolítica y mediatizada, con profundas limitaciones en su desarrollo, en su mayoría se prepara a incrementar el ejército industrial de reserva, propio de los países del área latinoamericana.

* Editor del periódico Tiempos del Mundo.

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