México


1968, MEMORIAL DE UNA HERENCIA


Rafael Luviano *

A 36 años de distancia del 2 de octubre de 1968, evocar la matanza de Tlatelolco es doloroso, como una espina no extirpada, un misterio incomprensible a la luz del humanismo y del diálogo y tiempo marcado en los gajos de nuestra historia como el de una tolerancia selectiva o un autoritarismo recurrente en el cuerpo social y político de l época.

La corriente de incomprensión y extrema soberbia de quien detenta el poder ha seguido teniendo destellos, a pesar de los cambios producidos a cuentagotas desde los 70. Pensar en 1968 por más de un tercio de siglo parece no ser suficiente para concluir el duelo de posiciones encontradas, encerradas en el fundamentalismo o una paranoia de los actores políticos de ese tiempo.

Aún hay muchas preguntas en el aire y resentimientos que pretendieron destaparse, de manera infructuosa, con la “Fiscalía para delitos del pasado”, encabezada por Ignacio Carrillo Prieto.

Treinta y seis años y todavía hay aclaraciones sin revolver, generaciones agobiadas, víctimas, en muchos casos, inocentes de la injusticia. De un Leviatán intransigente, de muertos vivientes o desaparecidos cuyos cuerpos nunca fueron hallados a la usanza de las dictaduras sudamericanas y que, ahora se sabe, muchos fueron a dar al mar o cremados en el Campo Militar. Igual ocurrió en el Chile de Augusto Pinochet o en la Argentina de Videla.

También hay explotadores del sacrificio para usufructuarlo políticamente, cerrazón a la apertura real y democrática de archivos oficiales y un miedo infinito, pues se trata de uno de los grupos de presión –el ejército-, que no permite sujetarse al escrutinio, ni a las cuentas pendientes que una posible transición exigiría.

Cautela, dirían algunos, para dar a conocer la verdad sin ambages sobre esta masacre vergonzosa.

Una verdad que se esconde entre la bruma de un aire culposo, de nostálgica y rabiosa memoria, cuando lo más importante es quizá la reconciliación: vivir el ímpetu vehemente de la creatividad, de la imaginación para crear el real poder ciudadano y aquilatar la fuerza que nos dio esa lección y mantenerla vigente, sin colocarnos viviendo en el pasado, sino aprendiendo a perdonar con sinceridad y exigiendo el castigo de lo que no haya preescrito, según lo establecido en los tratados internacionales.

Pero no la salida ligth que le dio Carrillo Prieto hace unas semanas, exonerando al ex presidente Luis Echeverría y haciendo pensar que todo estuvo pactado entre el gobierno del presidente Vicente Fox y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) para “avanzar” en el congreso, por lo menos con la pretendida reforma a la ley del Instituto Mexicano de Seguridad Social (IMSS). Fue un retroceso y no una forma de rescatar a la institución o de salvar la integridad de las finanzas públicas.

Debemos, creo, mantener vigente la época en la memoria colectiva –sus causas y sus efectos- para que no vuelva jamás a repetirse. El pertenecer a una generación inmediata siguiente a los estudiantes participantes en Tlatelolco y haber habitado la región de la ciudad antes, durante y algunos años después al conflicto, nos permite recordar los sucesos como los vivímos y atestiguamos.

Fue un tiempo de búsqueda experimental y de insatisfacciones juveniles que lo mismo incendió la primavera de Praga, cuando Checoslovaquia se intentó liberar del régimen soviético, al tiempo, que en mayo del 68 los jóvenes franceses exigían (la derecha y la izquierda tradicionales parecían agotadas e incapaces de dar respuesta a los cambios) una necesaria reforma educativa, libre de imposiciones dogmáticas. A la par que 10 millones de obreros, en la mayor huelga general habida en Francia, ondearon banderas rojas en los tejados por cerca de tres semanas y el ejemplo que, como terremoto social expandió sus ondas concéntricas, lo mismo abarcó otros países como Argelia, Estados Unidos, Argentina, Brasil, México... La revolución cultural estaba en el aire. Era el evidente reclamo a la generación anterior que no había cumplido con las expectativas promisorias: la gran desilusión de la promesa rota, del futuro incierto.

Cada joven, de distinta geografía, tenía su razón para derruir el muro de intolerancia y rigidez que le llegaba de todo lo que representara una figura de autoridad. Lo mismo de las instituciones estatales y de gobierno, hasta de los padres o del yugo educativo y social. Cualquier corsé cuya intención fuera dirigir, gobernar, inducir, mandar, imponer, instituir, encomendar, guiar o persuadir en la vida privada y pública se remitía a la lucha generacional que llevaba implícita una auténtica pugna ideológica.

De íconos y héroes recuperados, de movimientos guerrilleros de América Latina como el Che (muy cerca estaba el modelo de la Revolución Cubana ) y próceres de los derechos civiles y humanos a favor de las minorías o contra el racismo excluyente como Luther King o Malcolm X, en Estados Unidos, en donde además de estos dos mártires ofrendados acababan también de asesinar cobardemente a un segundo John F. Kennedy y en Medio Oriente o en Vietnam se libraban trepidantes y peligrosas batallas nada lejanas al choque de los bloques capitalista-soviético.

De repente en un año de olimpiadas, los brotes de violencia y represión comenzaron a multiplicarse por doquier, pero también se iniciaba una apertura. Se vivía una revolución sexual y surgían expresiones contestatarias de las más diversas expresiones, que llegarían, con el tiempo a desembocar a movimientos como el feminista o los ecologistas y la llamada irrupción de la sociedad civil.

El rock es uno de estos lenguajes de identificación de los jóvenes. En la radio se escuchaban a los grupos y estrellas vanguardistas del arte pop, como los Beatles con su “Sargento Pimienta” y “Let it be”; “Satisfacción” de los Stones y su confrontación con los primeros o el mito de la guitarra de Jimi Hendrix y su “Neblina Morada”. Se apreciaba la precocidad poética de Dylan y su “Respuesta está en el viento”, la cual invadía febrilmente el espíritu juvenil, como un himno reiterado. Extasiaba asimismo la voz inolvidable, cachonda, de Areta Franklin, Morrison y las Puertas o la voz delirante de Janis Joplin.

En español, en las expresiones “fresas”, estaban en boga el cantante español Raphael con su “Yo soy aquel”, con su amaneramiento grotesco y José José lanzaba sus primeros éxitos: “El triste” y “La nave del olvido”. En el rock en español irrumpían en los escenarios el Tree Soul and My Mind, con Alex Lora y Javier Batis, con toda una caterva de bandas afines.

La minifalda era espectacular moda que levantaba pasiones y el Rebelde sin Causa de James Deán era un prototipo. En el cine Tlatelolco se estrenaba “La trampa” de Jorodowski. También se imponía la droga, causa de múltiples y penosos decesos, que en el mejor de sus usos y afanes justificatorios, buscaba ser un vehículo para la exploración de nuevos caminos a estadios liberadores. Hacia lo desconocido y la introspección: una búsqueda y reconocimiento del ser interior que pocas veces se hallaría, sin fatales consecuencias, ante un virtual desencanto por la sociedad industrial y materialista.

Para algunos era una forma contestataria de romper el orden establecido, de insertarse, a través de una forma de vida, en los terrenos de la contracultura, es decir, en ese movimiento social surgido en Estados Unidos, durante esa misma década de los sesenta, que rechazaba los valores sociales y modos de vida establecidos o convencionales, con una marcada oposición al sistema vigente.

En sentido contrario, la filosofía existencialista y Jean Paul Sartre eran también ‘novedad' y la “generación sin tiempo” luchaba porque el presente no se le escapara de las manos: “vive el momento porque mañana no sabes si estarás muerto”. Este axioma propugnaba una libertad sin límite, o sea absoluta e incondicionada.

Una libertad que pretendía hacer del hombre una especie de Dios, creador de su mundo. Pero el existencialismo se convertía también en una “filosofía de la angustia” o del “peligro” o “fracaso”, a pesar de obrar como una poderosa fuerza destructora del dogmatismo. Existen dudas sobre su incapacidad para suministrar instrumentos que contribuyan a la solución de los problemas que aquejan a un hombre que en los últimos tiempos, ante la falta de respuestas, ha regresado a su fe inicial y recuperado a Dios, en muchos de los casos, de manera afortunada.

Trágico despertar y fin del milagro...

Poco más de un tercio de siglo nos separa de ese tiempo nublado todavía con las últimas aguas de la temporada de lluvia otoñal y me parece aún delirante cómo un partido de fútbol escenificado por estudiantes de una escuela oficial y una prepa particular haya desembocado primero, en un enfrentamiento a golpes.

Luego, 68 días después, trágica numeralia, de la primera marcha de protesta por la represión, en un acto atrabiliario, desesperado y paranoico de magnitudes funestas que todavía busca respuestas. Se hubiera cerrado el capítulo, aunque para ello es indispensable analizar detenidamente las fuerzas encontradas en la intransigencia. Además de lo ocurrido en las formas de vida del mexicano, en sus relaciones intra familiares, en la recién inaugurada (menos de tres décadas atrás) modernidad y el progreso que significaba la vida urbana.

Sobre el control estricto que se mantenía en los medios de comunicación (la censura, autocensura y las terribles restricciones hasta de palabras y temas prohibidos en la información escrita y en los medios electrónicos) y lo que ocurría en el sindicalismo oficial, uno de los pocos cotos taponados, que se resiste al cambio, aunque en los medios tampoco se haya logrado la real democracia y la protección imperiosa del comunicador, pues sigue sujeto a múltiples persecuciones y ataques cuando ejerce su libertad de expresión o el reclamo de sus derechos laborales.

Siempre me pregunto cómo se veía en aquél tiempo a las figuras representativas del poder inmediato, como el policía, el cura y el maestro o los padres de familia y su absolutismo demandante, hasta llegar a la administración de Gustavo Díaz Ordaz, a la que se acusa de obcecada, que lo era, sin analizar todo lo demás. Pero también cómo contribuyó, como caldo de cultivo a la represión la información de sus grupos de inteligencia.

Las maniobras turbias que se dieron para llevarlo a tomar la más dura de las decisiones, cuando se decía que los ojos del mundo estaban en México. En plena época de futurismo sucesorio y la presunción de una conspiración internacional o la secuela de inexactitudes y errores que se cometieron en ambos lados hasta llegar hasta al presente, con las consecuencias de esta masacre.

La sangre derramada debe ser (y ha sido) el abono a favor de la apertura en distintos órdenes de la vida social, política, cultural y educativa de México, hasta llegar al punto culminante de la esperada transición, entendida como el equilibrio de poderes, el fin del presidencialismo, la plenitud democrática y la participación integral de la sociedad en la solución de muchos de nuestros problemas o sea lograr la abolición del abuso, de la arbitrariedad y el despotismo para habitar en el reino de la justicia y el principio de la absolución, con la intención de que nuestros muertos descansen en paz.

En 1968 éramos una sociedad sumamente débil en contraste con un Estado superdotado, la falta de una prensa libre, la inexistencia de una verdadera oposición, sin autonomía judicial y un congreso incapaz de equilibrar los poderes.

El ofrecimiento del Estado por 28 años (desde inicios de la década de los cuarenta) fue el de la industrialización y el desarrollo, con la finalidad de crear una clase media más pudiente, vinculada a los intelectuales y el tener acceso a la educación superior. Sin embargo, es ésta la que cuestionó al Estado que sentía no debería ser “víctima” de su propio Frankestein.

Es también interesante analizar la personalidad del presidente en turno, Gustavo Díaz Ordaz, quien en su quinto informe asumió la plena responsabilidad de los hechos, aunque se dice fue con objeto de entregar la estafeta limpia de sangre a su sucesor y quien llegó a la silla presidencial lleno de “angustia”.

Su desconfianza personal, su meticulosidad y su neurosis, hacían de él un gran solitario de Palacio, que necesitaba afianzar su imagen. Se volvía cada vez más huraño. No quería reformar a un país con esas características. Su pensamiento sólo tenía dos preocupaciones: la fuerza, la gravedad, la autoridad, la investidura, la majestad que sólo él pretendía encarnar y la amenaza de “fuerzas oscuras”, extrañas, provenientes del comunismo que pretendían sembrar el desorden, la anarquía y el caos en el rompecabezas nacional.

México no podía ser un lugar “feo”, desordenado, turbio. Para ello había logrado salvar al país. Había eliminado los focos de tensión contra su gobierno: sindicatos, guerrilleros, médicos inconformes, líderes de partidos opositores e intelectuales y representantes de la prensa, pues de ésta no admitía crítica ni disidencia. Todos habían sido barridos por la fuerza cuando se habían opuesto a sus designios.

Y en un rumor de la época se insistía en que el horror del presidente hacia los jóvenes se remitía a su propio hijo, Alfredito, quien trataba de encarnar los valores de la juventud rebelde, especialmente por su afición al roncarrol y a las drogas, las cuales, a final de cuentas, lo llevaron a la muerte prematura.

Después, todos sabemos qué pasó, a pesar de que el presidente no veía disidencia visible, aunque subyacía una fragilidad oculta. Era evidente, como dijo Octavio Paz después de la matanza, que los mexicanos se encuentran fatigados de mil años de poder personal, desde el que detentaban los grandes sacerdotes de Huitzilopochtli hasta el de los “señores presidentes” pasando por el de los virreyes españoles. Y soltó como augurando el presente de inicios de siglo: “en México es necesario ante todo exorcizar la violencia, al mundo azteca...”

Lección y legado

Es imprescindible acotar algunos axiomas e hipótesis que prevalecen como la herencia de ese acontecimiento.

A. Es indudable que 1968 marcó el fin de una era de estabilidad posrevolucionaria (la otra abarcaría hasta 1993).

B. Que ese año ha pasado a la historia como el de las revueltas juveniles de muchos rebeldes con una causa cuasi justificada.

C. Que se logró sepultar a los caídos de la matanza de modo que jamás se pudiese saber su número exacto y que no se pudo silenciar, afortunadamente, a los miles que vivimos para contarlo.

D. Tlatelolco no sólo fue una infamia, sino un golpe de efecto cuyo objetivo era cancelar, de una vez por todas, cualquier deseo de transformación.

E. Que Díaz Ordaz, hasta su muerte, continuó creyendo que había hecho lo correcto (a pesar de ser el único que jactanciosa o audazmente asumió públicamente su responsabilidad).

F. Que antiguos líderes del movimiento recibieron cargos públicos y fueron coptados por el gobierno; g)que algunos intelectuales se plegaron, como todavía lo hacen, cortesanamente a los deseos del sistema.

H. Que muchos presos políticos fueron amnistiados gracias a una política de apertura verdaderamente saludable y de supervivencia del sistema.

I. Que las tácticas de represión fueron menos visibles.

J. Que otros movimientos como el terremoto de 1985 han provocado muestras de una reacción social no vistas desde las otorgadas a los estudiantes y maestros en huelga.

K. Que la lucha por la democracia adquirió una vigencia renovada.

L Que a partir del Movimiento la sociedad ha ido presionando cada vez con mayor éxito al gobierno para obligarlo a emprender una reforma política sustancial.

M. Que la historia desde el 68 resulta imprescindible para entender la verdadera naturaleza de un sistema político mexicano en plena decadencia y que no ha muerto del todo, por el contrario, a pesar de la alternancia encabezada por Vicente Fox, quien, en muchos casos, camina hacia atrás.

A pesar de sus errores, tenemos un oresidente de la República salido de las filas de la oposición, un embrionario sistema de partidos, un congreso plural en cimentación, una serie de medios de comunicación con mucha mayor libertad de expresión que en ese tiempo.

Aunque sabemos que existen mecanismos para mantenerlos con ciertas líneas favorables al gobernante en turno y aquí hablo necesariamente de lo que ocurre en provincia, con los “virreyes” sexenales de cualquier sino.

Contamos con un sistema de organizaciones no gubernamentales y toda clase de organismos públicos y privados que dan voz a los ciudadanos que nunca la tuvieron y un combate mucho más constante y sistemático a la impunidad, a diferencia de como nos encontrábamos en esa sociedad cerrada, represiva, con un partido hegemónico que controlaba todos los procesos políticos, económicos, culturales, sociales y de organización ciudadana.

¿Cómo ha de ser puesto en práctica el espíritu de Tlatelolco en nuestros días? No con la turba de miles de adolescentes enardecidos, que ni habían nacido en el 68, que pintan bardas y edificios, rompen parabrisas y ventanas e insultan a voz en cuello al presidente en turno en cada conmemoración.

Tampoco con un gobierno como el que tenemos en la ciudad de México que, a través de sus mercenarios, aduladores y arribistas trata de apropiarse del 2 de octubre, encubriendo a sus organizaciones afines y culpando de una intriga a ciertas fuerzas políticas. Se lavan las manos para no actuar y propiciar la impunidad, además de que con esa medida de inacción creen allanarles el camino a ciertos actores políticos.

Creo que una conmemoración acertada del 68 debería, en principio, tratar de olvidar el mito de Tlatelolco, lo peor que le puede pasar a un movimiento social es convertirse en dogma o en una mitología mayor de lo que ya es, por ello, en vez de erigir altares, de utilizar la historia como arma política y de mediatizar el movimiento estudiantil como le ha ocurrido a la figura del Che, quizás sea más justo y relevante profundizar el análisis de las causas y las razones de lo que ocurrió entonces.

Lo que podrá ser más valioso es continuar alentando las transformaciones políticas que impidan que vuelva a ocurrir en México un acontecimiento semejante. Para lograrlo, habrá que perfeccionar nuestro sistema democrático imponiéndole los controles necesarios para desterrar cualquier tentación autoritaria; aliviar las condiciones de marginación y miseria que azotan a gran parte de la población, reconocer la diversidad e impulsar el diálogo público o el derecho a disentir.

También necesitamos mejorar el nivel educativo, desterrar la corrupción y la arbitrariedad en la toma de decisiones, reformar la estructura y el funcionamiento de los cuerpos de seguridad para volverlos más eficientes y menos proclives a la represión y al cohecho y alentar un adecuado equilibrio entre la libertad individual y la responsabilidad social.

Con las medidas se intentaría lograr la auténtica transformación de la vida política del México que está en marcha, en contra de los duros del sistema imperantes en la mayoría de las fuerzas políticas, sobre todos los dinosaurios que se hayan incrustados en sindicatos y otras organizaciones terriblemente retardatarias.

so es lo que impide que avance la transición política y social. Esos que tanto daño nos han causado. Es necesario detenerlos antes de que sigan sembrando la insidia y la violencia con fatales consecuencias.

* Periodista.

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