PARA RECUPERAR EL DERECHO Y LA RAZÓN
Víctor Manuel Barceló R. *
Se antoja, ante la conflictiva vida política en que nos movemos, intentar algunos criterios que busquen, en el espacio de la verdad y del pensamiento crítico, premisas que nos ayuden a explicarnos y entender por qué el país ha permitido que se desquebraje su unidad. Podrían surgir de tales empeños, elementos para intentar retomar rumbos en la economía y la política, que nos permitan crecer. En ello, insistir en la precisión de nuestra visión de Estado y de País y los motivos que nos han llevado a olvidarles.
Hemos dedicado los últimos años del país, a condenar el pasado -sobre todo el que se vivió con el PRI como partido hegemónico- pero sin interés ni capacidad para construir un futuro, que no sólo sea mejor que ese pasado, sino represente una renovada visión histórica del porvenir. Veníamos del conflicto entre clases dominantes y nos hemos quedado allí. El 2000, con su alternancia, no abrió nuevos horizontes. El conflicto es el sustrato de la vida política actual. Era el momento de realizar la negociación histórica para crear o recrear las instituciones para un México moderno, pero no supimos hacerlo.
En efecto, venimos de una transición nacional, truncada por la inacción. ¿Se nos olvidó pensar? El Presidente de la República debió cooperar a la conformación del Estado moderno; no pudo o no quiso; sólo destruye sistemáticamente la imagen del Ejecutivo. Se olvidó que las oportunidades de cambio son únicas. La historia recoge a Benito Juárez, como grande y sabio porque se rodeó de lo mejor de su generación -no siempre personajes que congeniaran con su manera de ser y actuar. Con ellos creó una patria y le dio la fortaleza del derecho. Nosotros, apenas quedamos en una alternancia sin visión.
¿Acaso se pretende volver a los tiempos de la Colonia y la “Bula” papal que nos hacía irracionales? ¿Se pondrá la política contemporánea “de rodillas” -convertida en espectáculo- ante las formas mediáticas de dominación, en que mandan la complicidad y el dinero? Aún hay tiempo de normar los usos de los medios y encauzar la confrontación política a senderos de mayor contacto con los pueblos y las comunidades.
Entendamos que el cambio de grupos en el poder, sin modificaciones profundas a las estrategias de desarrollo y a las instituciones que se encargarán de aplicarlas, nunca nos va a llevar a mejores situaciones. El desarrollo es el tránsito de un pueblo, al lado de su gobierno, a un estadio más alto y, por lo mismo, más complejo de su acción histórica. Necesitamos generar en la sociedad ese impulso creador, regenerador, reformador. Ese que se presenta cuando vamos de un estadio a otro, en la historia de un pueblo.
Para que tal cosa ocurra, el pueblo debe ser -decía Gramsci- médula fundamental del Estado. Eso es compromiso del proceso electoral del 2006. Respetar la conciencia del pueblo, prohijar su participación abierta y sana, sin manejo “clientelar”, lo que es el sentido más importante de la acción política para los años venideros, si queremos sacar a la nación del pantano. Devolvámosle al pueblo, la capacidad de decidir su futuro.
La crisis de valores en la vida económica. política y social sólo puede ser enfrentada con éxito, a través de la acción solidaria. Superemos la apatía que nos encierra en la discusión estéril, cuando mucho, sino en la absoluta inacción. Mientras no tengamos una visión de Estado, como nación organizada para el presente y el porvenir, la riqueza producida seguirá siendo botín de grupos y el valor fundamental en uso, la sobrevivencia, frente a la convivencia que involucra a todos. Este es un handicap que requiere atención inmediata y generalizada en los ámbitos del poder económico, político y social del país. La lucha política es honrosa cuando lo que se ventilan son ideas, proyectos, planes para el futuro. Cuando la convivencia se fortalece en el análisis. Cuando el spot mediático indica rumbos, impulsa valores e incita a la conciencia.
La organización de la sociedad está detenida. Impulsémosla para que ocupe su lugar en la construcción del futuro. Las dos caras del nuevo México pueden encontrarse, por una parte, en un gobierno fuerte, emanado de un proceso electoral transparente, incluyente, creíble. Gobierno que unido a la sociedad organizada, sin partidismos o distingos de clase o religión -la otra cara del México que queremos-, sea capaz de imponer el respeto al derecho, la igualdad ante la ley, tan importantes como la libertad de palabra. Esos valores democráticos pueden ayudarnos a crecer como pueblo y recuperar nuestro destino como nación (Villahermosa, Tab. 25-Sep.-2005).
* Profesor y Licenciado en Economía. Se ha desempeñado en el Servicio Exterior, el Gobierno del Distrito Federal, la Secretaría de Gobernación y el Gobierno del Estado de Tabasco, entre otras responsabilidades.