Cuento


DR. RODRÍGUEZ


Daniel Petracini *

En la alcancía desigual del horizonte, Octubre, guardaba su gigante moneda de cobre. Un tesoro; un recuerdo que mañana, sus gastadas neuronas confundirían con otros días iguales.

Navegaba en las últimas sombras de una turbia sala de espera.

Se abrió la puerta; el psiquiatra despidió al paciente y fijó su mirada sobre el viejo. Levantó su mano, en ademán de espera. Una mirada cómplice asintió; entre una puerta que se cerraba y los ojos del médico. Sin pavor, se cobijó unos minutos entre las sombras, hizo su pausa y reubicó el esqueleto a la circunstancia.

Una enfermera de tez arrugada y caderas de hormigón, se arrastró por el pasillo; sin resistir la curiosidad, preguntó –¿espera al doctor Rodríguez?

Sostuvo la mirada demandando respuestas; él, estaba de espalda.

En una mano la riñonera; en la otra el codo del hombre... iteró la pregunta.

Giró suavemente y clavó los ojos en su boca para leer.

Entre ademanes, señaló la puerta del consultorio.

Sus gestos fueron altamente expresivos...

-¿Quiere que le avise?

Nuevamente su mano presurosa señaló que esperaría. Agregó en señas, datos extras, que la enfermera entendió inmediatamente.

Continuó su camino. La mirada de él quedó sujeta al hormigón.

El oscuro pasillo engullía el monstruo, lentamente.

-¿Hay más pacientes? -preguntó el médico a su secretaria.

-Bien, estaré con el último; por hoy, nadie más.

Colgó el tubo. Abrió la puerta. Lo vio de espalda, dio un paso adelante y tocó el hombro suavemente. Él giró; con un ademán lo invitó pasar al consultorio.

Se descubrió la cabeza, peinó su barba con los dedos de la mano.

Inició tímidamente el camino hasta la silla vacía. Allí cayó, lentamente...

El miedo había invadido nuevamente su cuerpo; el olor a tabaco lo envolvía.

La nariz del médico lo señaló pecador usando una mueca mercúrica.

-Quiero saber de qué lado del mostrador está, dijo severamente el médico.

Con ademanes, el agricultor, señaló de éste; del tuyo no...

-Mire, somos grandes; ¡basta ya! Con el tabaco, las hizo todas; lo matará... sin duda lo matará.

Levantó los hombros simulando un ¡qué me importa! Las cartas están dadas, gesticuló suave.

Luego se relajó, estiró sus piernas y reclinó su cuerpo en la silla. El médico había cumplido con su discurso. Él también.

Se traicionaban desde siempre. Ambos lo habían descubierto.

La meiosis estiró, suficientemente, la culpa.

Las manos del hombre bailaban en el aire...

-Sí, comprendí, dijo el médico.

Levantó el teléfono, su secretaria no contestó.

En el pasillo mortecino se paseaba el custodia. Levantó el tubo del teléfono y escuchó al médico preguntar cuántos hay en espera.

-Soy el custodia, doc; tamos solitos en éste sector del hospital.

-Me quedaré un rato más con un paciente y salgo, replicó el médico.

-Ok; lo espero en el control de salida; chau doc.

-Hasta luego, respondió el médico.

Rodríguez gesticuló paz, con manos inexpresivas.

Su mirada, fue al infinito... Encendió la lámpara del escritorio. Se incorporó, apagó la luz central del consultorio y retomó a su lugar.

El cono de luz solamente dejaba ver las manos del campesino y Rodríguez.

Pronto estallarían en feroz diálogo.

Rodríguez retrajo sus mangas y un metálico reloj, se desnudó ante los ojos del hombre.

-Creo en la libertad que nos rodea; dijo mansamente Rodríguez.

El médico inducía el clima del lugar.

El hombre llevó su mano derecha al bolsillo, sacó un paquete de cigarrillos del gastado overall, y le ofreció al médico un cigarro... .

El médico metió su mano al cajón del escritorio; sacó un cenicero que posó sobre la mesa.

La oferta demoníaca, seguía, al alcance del médico.

-No, dijo el doctor (reforzó el monema.)

-Soy ex fumador malhumorado, trashumante de miserias, pero no suicida.

-Sé perfectamente lo que pasaría conmigo si acepto.

-Por ahora seré pasivo.

-Me privo de muchas cosas durante el día; aguanto muchos agravios. Los empleados me acosan furtivamente con preguntas que no quiero responder; los pacientes exigen respuestas que no tengo; algunos se encuentran al borde del suicidio... Mi conciencia me recrimina, por impotente...

Su muñeca metálica, temblaba al hablar. Su voz cortaba el humo que infectaba el cono de luz, del escritorio.

-Sé, que esto, es impagable.

Su metálica mirada atravesó (inútilmente) el cono de sombra... Buscaba los ojos de él.

-Sé también, que debo guardar “el” secreto.

Gesticuló, sabiamente sus manos.

-Tal vez sea un trato tácito... Implícito, o no sé qué...

Asintió con su muñeca de metal señalando a su pecho y al enjuto.

-O tal vez un intercambio... No sé (dudó)...

Dejó abrir su mano, en señal de alabanza.

-¿Con quién se confiesan los curas?

-¿Cómo descargan los jueces culpas de conciencia?

-¿Por qué alguien ocultaría sus sentimientos artesanalmente? ¿Me puedo ocultar de Dios?

-¿Hay algún alma generosa que escuche a este psiquiatra?-Dijo con el puño cerrado y el índice apuntando al corazón.

Las expresivas manos bailaban entre el humo y la luz del escritorio.

La meiósica mirada del fumador, estiró la luz al infinito.

Su ternura no tenía fin; era sutil, como el humo que trepaba por la lámpara.

La arruga principal estiró la muñeca y desnudó enjutos dedos con restos de tierra y pasto (recordatorios de agricultor).

El labio principal se enderezó, tras la sombra que enredaba el humo con su barba; dejó salir un trocito de tabaco que obstruía sus labios; mordió una brizna de pasto residual entre los dientes y dijo: -tranquilo doctor... Entiendo su estado... Escucharé.

-Hoy... Mi universo será suyo...

-Haga su catarsis...

-Solo por hoy, no seré sordomudo, replicó Moisés.

* De Mendoza, Argentina. Reciente profanador del español.

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