DESASTRE
Si el sismo de 8.1 grados que le pegó a la Ciudad de México hace 20 años ha sido declarado como el peor desastre que haya sufrido la ciudad capital, el paso de los huracanes Stan y Wilma por el sureste del país, ha sido reconocido como el peor desastre que haya sufrido el país.
Hace 20 años, a temprana hora, por el intenso estremecimiento de la tierra, en algunas zonas, la vida de la ciudad se rompió, la normalidad de sus habitantes se desquició; edificios y casas se vinieron por tierra, calles y avenidas quedaron obstruidas por la ruptura del pavimento, caída de escombros, postes y árboles. Los servicios, transporte, luz, agua, teléfono etc., fueron cortados por la sacudida o suspendidos por la autoridad. El cuadro de destrucción y daños fue tanto que dificultó el desplazamiento y ayuda a los afectados, agravada esta dificultad por la tardía reacción de la autoridad, ante el reclamo de auxilio. Miles murieron, más resultaron heridos y millares más perdieron sus hogares y negocios, su patrimonio, aún hay damnificados. El sismo rebasó la estructura burocrática... Desastre y desgracia.
En el sureste los fuertes vientos, la furia del mar y la cuantiosa lluvia de Stan y Wilma, hicieron que los ríos saltaran de su cauce arrastrando casas, animales, cosechas, cosas y personas, desgajando cerros, cortando carreteras, derribando puentes, postes y torres de luz, y aislando a miles de personas, sitiadas por agua y fango. Los daños materiales son cuantiosos. La acción preventiva y de respuesta fue oportuna, gracias a lo cual se preservaron las vidas de las personas, no obstante, aquí también la fuerza de la naturaleza fue avasalladora, aún por sobre la tecnología... Desastre y desgracia, porque quienes son víctimas de la naturaleza, como es el caso, son invadidos por el miedo, soledad e impotencia por no poder valerse por su propia fuerza y por la pérdida de sus bienes y propiedades. Donde estaba su casa, no hay nada, así que nada les queda... Nadie ríe, todos sufren, son lastimados moral y físicamente y el silencio es un refugio y el llanto un escape. La información sobre el paso de los huracanes en el sureste del país ha sido abundante. Exagerada quizás en resaltar los efectos y no las causas de los eventos. Sobraron las palabras pues las imágenes hablan solas y sabido que no hay desastre sin destrucción, muerte y caos, con su elemento adicional de cinismo y corrupción.
Tras el sismo del 85, se han realizado estudios para tratar de determinar las causas que lo originaron, con la finalidad de tomar medidas preventivas a futuro y reducir daños y efectos. Mas si bien hay la certeza por parte de la comunidad científica de que habrá otro, igual o más intenso, no queda claro hasta el momento, por qué el daño tan enorme causado, si hay registros de que en 1911 y 1932, la capital sufrió idénticos movimientos, y otros más, con resultados menos devastadores y criminales.
Sobre los huracanes que año con año golpean las costas y el Caribe mexicano, los estudiosos del clima pronosticaron que vendrían en mayor número e intensidad. Y llegaron y pusieron de cabeza al sureste, desnudando el atraso y corrupción, marginalidad y pobreza que atrapa a la mayoría y ahora el desastre lo han montado en el debate inútil de la grilla, Cancún vs Chiapas; los intereses, las fobias y la crítica a la autoridad, que sin ser lo prefecta que exigen los nacotalibanes, intervino y ha trabajado como nunca se había visto. Impresionante movilización de personas, ropa, alimentos, medicinas, agua y materiales para la reconstrucción...
Stan y Wilma, y el sismo del 85, más que villanos deben verse como las manifestaciones naturales que dan la oportunidad, un aviso más, para que se reflexione sobre ellos, que son los menos culpables, y se corrija lo mal hecho, reglamento de construcción, plan de desarrollo, infraestructura, etc. Y se realice lo que ha sido urgencia en la región y en el país, el reordenamiento a partir de prohibir y desalojar asentamientos en zonas de riesgo, ocupadas por 32 millones de personas. No para resolver los fenómenos de la naturaleza, sino para aminorar sus efectos de destrucción y salvaguardar vidas, a lo que mucho hubiera ayudado si en el pasado en cada entidad, cada gobernador hubiera realizado una obra de suma importancia... ¡Cuánto se tuviera luego de 70 años!
Importante, que ahora se presenta la oportunidad para que ese estado, calificado de encantador para los empresarios y los turistas y de complejo y difícil para quienes lo viven, se reconstruya a partir de la organización y planeación, para volver, con éxito, a su presente y responder al futuro, levantando una ciudad turística digna, ordenada y bonita, no limitada a una avenida y el resto, el pueblo, siga como un caserío sucio, desordenado y feo, con una población mayoritariamente marginada y desempleada, y que por lo mismo los turistas no lo caminan, porque no hay nada que disfrutar.
El sueño de Luis Echeverría, presidente de México de 1970 a 1976, de hacer un Cancún modelo en infraestructura y desarrollo, a más de tres décadas de haberse concebido, marcha en la misma dirección que Acapulco: La grotesca convivencia entre muchos pobres y pocos millonarios y turistas ricos, creando una sociedad injusta y desigual. Cancún, pese a los 10 millones de visitantes que recibe al año y que dejan más de 4 mil millones de dólares (mmd) al año, sigue lejos de acercarse a los centros turísticos más importantes del mundo.
En la V reunión de la OMC, 03, en Cancún, el profesor de periodismo en la UCLA y periodista de la revista The Nation, Marc Cooper, habló sobre uno de sus últimos libros, El Último lugar honesto en América, que trata sobre la industria del entretenimiento y en el que refiere que, desde los años 80, Cancún está estancado por falta de visión e intereses particulares, que alientan el deterioro. La zona hotelera convive con cinturones de miseria, los trabajadores hoteleros viven en condiciones adversas, sin acceso a vivienda y salud dignas. El orgullo: La zona hotelera de Cancún está valuada en más de 10 mmd, la infraestructura turística del estado la componen 763 hoteles y 60 mil cuartos; la vergüenza: La mayoría está desempleada y los que laboran tienen miserables salarios; la situación es peor en el sur, lo que alienta la migración hacia el norte, desbordando la ciudad balneario ¿Por qué el estallido de violencia?
El desastre es la oportunidad para reconstruir el sureste y dar paso a una región con ordenamiento social y urbano, planes de desarrollo, construcción de infraestructura, empleo, educación y salud. Entre los factores del desastre hay que considerar la falta de desarrollo, violación a la ley y corrupción. ¿Se aprovechará la lección y la oportunidad para cambiar y avanzar para construir un México, uno; o nos preparamos para volver a pasar por lo mismo el próximo año y los que lo seguirán... Y para ver lo mismo en la tele? ¡Desastre!
* Periodista.