Cuento


EL ESQUIMAL


Daniel Petracini *

-El que me habita, no piensa; usa algunas palabras para expresar sentimientos.

Los aros de humo danzaban en el cono de luz; los rompía su mano arrugada y sucia al barrer el espacio. Tal vez, no quería molestar con una vieja tentación. La muñeca metálica del médico, emulaba clases magistrales... .

-Sucede que, nunca descansa, se aprovecha de mí; me sorprende en momentos de soledad, manejando; en la ducha o antes de dormir; es frío, calculador; implacable.

-Se disfraza de ángel, víctima, padre, demonio, hijo, chofer, amante, verdugo, y sobre todo, me engaña. Su mano izquierda tocó el nudo muscular deltoides derecho; quiso disolverlo y el arcaico dolor amilanó el intento. Continuó.

-A veces... me hace lucir feliz... (titubeó).

El cigarro armado durmió en un costado del cenicero. Estiró su atención, criticó el aspecto desprolijo, sucio y abollado del objeto humeante y se dispersó con el insolente insecto que irrumpió el pastoso cono de luz... recordó ser el dueño de la palabra, engulló una pausa y continuó.

-¿Cómo sería la vida sin dignidad, equivocaciones, orgullo, aprendizajes, arrepentimiento, memoria, humillaciones, soledad, amor?

Su filosa atención, ahogó en olvido el armado. Se reclinó, sus manos cruzaron los dedos entre los que jugaba un insolente insecto.

-Ha generado arrepentimientos, furia, desconsuelo, huídas brutales; necesidades desconocidas... muchos se refugiaron en la tumba para olvidarlo pero no me consta que pudieran con él.

No pudo huír de sí; sintió el impulso de explicarse locuazmente.

-Me debilita la realidad; no sé qué deseo de la vida, que me llega (o deja...), veo pérdidas; algunas... desatinadas. Una pausa de almidón tapizó el consultorio. Tal vez, una lágrima quiso huír disimuladamente.

-Me cuesta vivir con “Él”, mi esquimal interior, como lo llamo.

El silencio del interlocutor lo indignó. Quiso acortar distancias con una risa cómplice; quería obligarlo a que abandone la postura reclinada; no tuvo éxito.

-El esquimal anidó en una rama de mi memoria; me acosa sin piedad, se mimetizó en mi paisaje interior, es un fantasma insoportable.

-Su curiosidad insaciable; nunca descansa, me sumerge en dudas; me presenta nuevos miedos; olvida mis aciertos. Me trastorna, con su frialdad; su memoria muerde mi dignidad; me resucita con refrescos temporales y vuelve a la carga.

-Olvide a Freud, Piaget, Adler, Young, Frankl... a todos, interrumpió el viejo, mientras armaba otro cigarro.

-Fueron hombres con muchas dudas, parecidas a las suyas... hoy lo escucho a usted; al otro déjelo de vacaciones por un rato.

Tras la bata blanca un entretejido vello, enmascaraba la indignada corpulencia del médico; las sienes inflamadas por el rechazo lo obligaron a incorporarse.

Estaba decidido a dar su clase magistral mientras caminaba rodeando el cono empastado de luz y humo.

-Castaneda lo llama “el volador”; otros lo rotulan “conciencia”; Paulo Cohelo dice: “Dios escondió el infierno en el centro del Edén” (intentó parábolas para conectarse con su iletrado escucha); brutalmente lo interrumpió diciendo: -Olvide lo que sabe; crea en lo que ve, dijo inmutadamente el viejo (atacó en otro ángulo)... -usted cree en la continuidad de la materia, y no es así; eso creían los griegos y parece que hasta hoy algunos continúan pensando igual; algunos creen que las cosas son directas: responden a causas concretas.

-El universo no funciona así. Dijo el viejo cerrando su paréntesis.

-El espíritu, solamente, tiene continuidad, dijo con palabras de metal.

El médico se congeló en una esquina del consultorio palpando su dolor muscular de la espalda.

-Continúe, dijo.

-Amor es armonía en desacuerdo. Usted, doc, tiene muchos desacuerdos.

-Libertad es saber elegir, aunque para ello deba perder la suya. ¿Le queda libertad para perder?... ¡eh!... ¿doctor? Recapacite.

-Sepa que la realidad no existe. De ella sabemos poco.

-El conocimiento es limitado; por eso se angustia. Somos la expresión de nuestros pensamientos...

-La ignorancia es infinita; estoy feliz con ella.

-La forma de encarar su vida es una ecuación líquida.

Mientras escuchaba el soliloquio del viejo, había retomado su lugar. Nunca nadie fue capaz de bailar con ideas tan agudas en tan poco tiempo. Estaba mudo; no sabía responder; palpaba el nódulo muscular que agudizaba su presencia, su brazo no era reconocido por su cuerpo.

-¡Hey doc! ¡Hey doc! Despierte, dijo el custodia de seguridad.

-Vaya a su casa, y descanse; se durmió sobre el escritorio.

* De Mendoza, Argentina. Reciente profanador del español.

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