PEQUEÑO PEDRO
Daniel Petracini *
Arrogante, el sol zumbaba su dedo sobre las calles del pueblo. Cuarenta y cinco casas, abrasadas de sol y arena, observaban caminar entre sus calles al "pequeño"; así apodaron al sujeto inmenso, velludo, generoso y de escaso cerebro.
Sólo Mercedes, influía sobre él; decidió cruzar el límite de la ley de Dios; el "no matarás", ése día, estaba olvidado para el pequeño Pedro. El pavonado del cañón, se escondía bajo la axila húmeda y salada. Era la misma escopeta que usaba para cazar liebres.
La sucia jardinera terminaba en unos botines grasientos y pelados por el uso.
Dos secos golpes en la puerta de Rosa no se hicieron esperar.
La mujer abrió.
-¡Dónde está! Increpó lento y seguro por su determinación final.
-Se fue (dijo aterrorizada); cuando vi a Moisés por el visillo no abrí.
Giró su bestial presencia, miró la montaña, decidió embestirla y caminó hasta titubear recordando no haberse despedido respetuoso de Rosa. La puerta permanecía abierta con Rosa observando. Volvió sus pasos, quitó su sombrero con respeto; besó la mejilla de la anciana, le pidió su bendición y arremetió a la montaña.
-Olvídalo, a todos nos tocará; la parca y la vida son una, gritó Rosa; El pequeño no escuchó, esas palabras reforzaron su decisión. Caminó con más vigor bajo el sol.
-¿Qué pasa abuelita? Dijo Luisa.
-Pequeño Pedro busca a Moisés, con una escopeta bajo el brazo; tiene muy mal humor; me parece que hoy, alguien morirá.
-Pero si Moisés no vive aquí, hace mucho que no viene al pueblo, dijo Luisa.
-No es así hijita, esta mañana vino; no abrí la puerta por miedo.
-¿Miedo a Moisés? ¿Miedo al sordomudo ése? Dijo Luisa.
-Hijita, en el pueblo pasan cosas que tú, no conoces; eres muy pequeña para eso.
-Abuela, sé que Moisés es sordomudo; apenas escribe y riega marantas en la finca donde trabaja; sé que en éste pueblo pasa menos que nada, alguna muerte de vez en cuando y alguien que se cambia de casa y nos deja pero aparte de eso nada más.
-¡No! Gritó entre sollozos la abuela.
-6 años atrás, Moisés visitó a tu madre, dos horas después de la visita, ella murió, el médico dijo que fue un infarto...
-Un año después visitó a tu padre; 8 meses más tarde a Doña Emilia y después de Emilia, a la tía María... Todos murieron igual.
-Hablé con Mercedes, Justina y Lola: sabemos que Moisés tiene algo.
-No debe visitar gente para despedirse de ella, porque va a morir.
-No puede sembrar el terror gratuitamente.
-Parece que Mercedes, le dio alguna orden al pequeño Pedro... No me gusta creer lo que pienso...
-Abuelita, significa que si Moisés te visitó...
-¡No! Gritó enfáticamente; puede estar equivocado, quiero creer que no es así...
-¡No te me mueras abuelita! ¿Qué será de mi? Dijo entre sollozos, Luisa.
-¡Vamos que te doy la leche con torta, prendé la tele y terminemos esto! Arena caliente y un implacable sol, dieron a su caminar fuerza de metal.
Tomó el desvío del arroyo seco.
Saltó los alambres y tres feroces perros lo rodearon de colmillos.
Disparó al aire su escopeta y las bestias se dispersaron con terror... Metió su mano al bolsillo, sacó otro cartucho y recargó la boca del demonio.
Dios, no pudo detenerlo.
Una gota de sudor, rascó su barbilla.
La mano izquierda descubrió su cabeza mojada y dejó caer el sombrero sobre las marantas.
Los perros atacaron el grasiento escudo solar, en señal de venganza.
Empujó brutalmente la puerta, su espalda daba al sol, que se filtró sobre la mesa del rancho.
Allí estaba, sentado, inmutado, con un lápiz en su mano izquierda.
Lo tocó en el hombro y cayó al piso.
La boca abierta con espuma y sangre; aquella mirada inmóvil entre el revoloteo de moscas purulentas, dictó la sentencia.
Sobre el papel, letras que no podía reconocer.
Lo guardó junto a los cartuchos del bolsillo; retornó a su casa con paso vivo; ya no importaba el temor a Dios, no importaba la orden de Mercedes; ni las últimas palabras que escuchó de Rosa; no importaban las dentelladas de los perros a sus talones.
El pueblo debía saber.
Era lo urgente, su cerebro estaba ocupado con una nueva misión.
El agua se escurría de su cuerpo, mojaba sus manos, su espalda se inundaba generosamente.
No importaba el sol.
La mañana del sábado era de plomo y nubes; seguramente llovería dentro de poco.
-¡Luisita! Vení.
-¡Vos que lees bien! Lee el papel que trae Mercedes.
-¡A ver! Dijo Luisa, con buena disposición tomó el papel... Tradujo titubeante: "Ayúdame Rosa me mue...".
* De Mendoza, Argentina. Reciente profanador del español.