RADIOGRAFÍAS DE LA GLOBALIZACIÓN, UN “ORDEN” INJUSTO
Carlos Iaquinandi Castro *
El planeta, como ser vivo, sufre enfermedades; tiene zonas que están bien y otras que languidecen. Unas que muestran vitalidad y otras que están bordeando la extinción. Es difícil y complejo hacer un diagnóstico general, en especial cuando hay fuerzas con poder, dinero e influencia que insisten por todos los medios en convencernos que “avanzamos” y que “las cosas van bien”.
Aquellos a quienes “les va bien”, suelen disponer de los recursos y los medios como para dejar la sensación de que esa es la realidad del mundo, aunque uno no tenga la misma percepción. Pero es que esos, más que preocuparse por el conjunto de los habitantes del planeta, se interesan en mantener su situación; son los que suelen afirmar que “las cosas están bien como están”.
Coincidiendo con otro cierre anual que marca el calendario, diversos organismos internacionales publicaron sus informes sobre distintos aspectos de la evolución de la humanidad: alimentación, trabajo, salud, bienestar, situación de la niñez y la infancia, etc.
A modo de termómetros colocados en las partes vitales del mundo, recogen registros que en una consideración global permiten aproximarse a una visión más realista del conjunto y sacar algunas conclusiones.
Es importante conocer al menos algunos de los datos y analizarlos con realismo, ya que utilizarlos, demagógicamente, desvirtuaría el objetivo de ser veraces y nos colocaría en el mismo campo de quienes manipulan a favor del inmovilismo.
No es una fatalidad
La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) indica que más de cinco millones de niños mueren cada año en el mundo por el hambre y la malnutrición.
Una criatura muere cada 20 segundos en el planeta por carencias alimentarias y 20 millones de bebés nacen cada año con insuficiencia de peso, que en caso de sobrevivir los condena a secuelas que condicionarán su vida.
En el mundo pasan hambre 852 millones de personas. La población desnutrida supone un doble coste: el de paliar su hambre y no tener lo que produciría si estuviera bien alimentada.
La observación es disculpable, si se tiene en cuenta que los técnicos de la FAO intentan convencer a los países “ricos” de que invertir en frenar el hambre, beneficiaría a la economía mundial.
El coste directo de paliar el hambre es de 30 mil millones de dólares por año y el coste indirecto de la población desnutrida que no puede producir bienes oscila entre 500 mil millones y un billón (un millón de millones).
El subdirector general de la FAO, Hartwig de Haen, concreta que “cada dólar invertido en prevenir el hambre, conduce a beneficios de entre cinco y veinte veces ese valor”.
El organismo de Naciones Unidas para la Infancia, Unicef, advierte que hay tres causas que siguen siendo flagelos que castigan a los niños en el mundo entero: pobreza, expansión del sida y las guerras.
La mitad de los menores de 18 años que viven en países en desarrollo sufre “graves privaciones y carece de bienes y servicios básicos; que uno de cada seis padece hambre; uno de cada siete no recibe ningún tipo de atención sanitaria y uno de cada cinco no dispone de agua potable.
Otro aspecto a tener en cuenta en el diagnóstico del planeta al finalizar 2004, es el de la Cooperación Internacional , las distintas formas por las cuales los países -en especial los “desarollados” - ayudan a los empobrecidos.
En su informe “Pagar el Precio”, Oxfam Internacional demuestra que ninguna de las metas fijadas por Naciones Unidas para el 2015 en hambre, pobreza, y educación serán alcanzadas.
Sólo cinco de los veintidós países donantes que se comprometieron a destinar el 0,7 por ciento de su Producto Bruto Interno para ayuda al desarrollo, cumplieron su palabra.
Entre ellos no están los países más “enriquecidos”, los que conforman el “G- 8” . Algunos de ellos han reducido la ayuda a porcentajes irrisorios, como el gobierno de Estados Unidos: un 0,14 por ciento del PIB, una cifra diez veces menor que el dinero que ha gastado en la invasión y ocupación militar de Irak.
El Premio Nobel de Economía 2001 y ex vicepresidente del Banco Mundial, Jospeh Stiligtz, afirmó que “la creciente división entre los poseedores y los desposeídos ha dejado a una masa creciente en el Tercer Mundo, sumida en la más abyecta pobreza, teniendo que vivir con menos de un dólar por día.
A pesar de los compromisos sobre la mitigación de la pobreza, en la última década del siglo XX, el número de pobres aumentó en 100 millones y la renta mundial aumentó un promedio de un 2.5 por ciento anual.”
El especialista añadió que "la globalización no ha conseguido reducir la pobreza ni garantizar la estabilidad. La crisis amenaza la economía y la estabilidad de todos los países subdesarrollados".
En América Latina
El informe de Unicef “La infancia amenazada” precisa que la pobreza afecta al 56 por ciento de los menores de América Latina y el Caribe. Los datos indican que en la región hay 110 millones de menores viviendo bajo la línea de pobreza, particularmente castigadas son las minorías indígenas, campesinas y la de origen africano.
Unicef analiza la situación de los niños en función de las privaciones en materia de vivienda, nutrición, saneamiento, acceso a agua potable, salud y educación y añade que en las zonas rurales de América Latina y el Caribe, más de un 40 por ciento de los menores se ve privado de al menos dos de esos derechos.
El avance del sida es otro factor preocupante, ya que dos millones de personas poseen el virus, y que, el año próximo, la enfermedad dejará 27 mil niños huérfanos en Honduras y 48 mil en Guatemala.
Pobreza, sida y guerras, los tres flagelos señalados por Unicef, interactúan y se complementan en sus efectos y los tres tienen un origen común, las injusticias. Aunque a veces las estadísticas convierten a las personas en números y a los resultados en una especie de “balance”, es importante recordar que no es producto de la “fatalidad”, sino que es la consecuencia de políticas económicas y sociales, por la injusta distribución de bienes y riquezas producidas, por la corrupción y las desigualdades creadas y mantenidas desde el poder.
El informe de la FAO indica que aunque “América Latina es la región que ha reducido en mayores términos la desnutrición”, presenta al mismo tiempo los mayores desniveles en el avance hacia las metas para reducir la pobreza. Gustavo Gordillo, representante de la FAO para América Latina y el Caribe dijo que eso es producto de los altos índices de inequidad social que se registran. “En la desigualdad está el mayor problema de América Latina para reducir el problema del hambre”, añadió.
El informe de la FAO divide la subnutrición en cinco niveles, donde el uno es otorgado a los países menos afectados y cinco a los que tienen un mayor número de hambrientos. Argentina es el único país del área que tiene nivel uno, mientras que Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador y Uruguay tienen nivel dos.
En el nivel tres están Brasil, Colombia, Perú, El Salvador, Paraguay, Venezuela, Guyana, Trinidad y Tobaago (En el mundo ese mismo nivel lo comparten países como China en Asia o Nigeria, Argelia o Uganda en Africa). Haití es el único país con el nivel cinco en la región. Cuba y Chile, los más afectados
Sólo seis países lograron reducir su porcentaje de víctimas del hambre en más del 25 por ciento en la última década. Ellos son Chile, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Perú y Uruguay. De ellos, Cuba y Chile son los países de América Latina y el Caribe que han registrado mayores avances en la lucha contra el hambre, según el informe de la FAO.
El gobierno cubano logró disminuyó la mitad el número de sub nutridos en la isla, pasó de 800 mil personas en 1990- 92 a 400 mil en el 2000-02. Chile también logró avances significativos en el mismo período.
En el caso de América Latina, que el informe de la Cumbre del Clima en Buenos Aires indica que la región, con varios de los países con mayor disponibilidad de agua dulce y biodiversidad del planeta, presenta muy alta vulnerabilidad ante el cambio climático.
La tala indiscriminada de árboles por la voracidad e impunidad de grandes empresas transnacionales, es una de las causas principales de los desastres climáticos producidos en las últimas décadas. Las catástrofes provocaron pérdida de vidas, de viviendas, de cosechas, de infraestructuras y han inutilizado grandes extensiones de tierra para el cultivo. En la Amazonia brasileña, el ritmo de las talas creció en 32 por ciento en los últimos diez años, llegando a 18 mil kilómetros cuadrados por año.
El informe señala la responsabilidad de los gobiernos e indica que la vulnerabilidad aumenta debido a la pobreza, a la degradación de los recursos naturales, a la carencia de planificación en el uso del suelo.
Dos dólares diarios
El informe anual sobre empleo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) indica que la mitad de los trabajadores del mundo, mil 390 millones de personas, siguen siendo “incapaces de superar para sí mismos y para sus familias el umbral de pobreza fijado en dos dólares diarios”.
El reporte añade que 550 millones de empleados, el 20 por ciento de los trabajadores en el mundo sólo ganan un dólar o menos diario y dice que hay 186 millones de desempleados o sea más del 6 por ciento de la población activa mundial.
En "Tendencias mundiales del Empleo Juvenil 2004", el organismo nos precisa que un 47 por ciento de los que no tienen trabajo, esto es 88 millones, son jóvenes que tienen entre 15 y 25 años de edad. En América Latina, la tasa de desempleo juvenil es del 16,6 por ciento.
El director general de la OIT, Juan Somalia, dice que "estamos desperdiciando una parte importante de la energía y el talento de la generación de jóvenes más educada que hemos tenido". Y desde el punto de vista social, estamos condenando a millones jóvenes a un futuro sin horizonte.
Conclusiones
Los informes forman parte de una catarata de estudios que desnudan las dimensiones sociales de la globalización. Y con el uso del término no me refiero a la interdependencia de naciones creada por los formidables avances tecnológicos, que en muchos aspectos es irreversible. Me refiero a la orientación que tiene el conjunto de políticas impuesto por los poderes económicos y políticos dominantes en el mundo.
Si bien como dice Jean Ziegler, responsable del Derecho a la Alimentación de las Naciones Unidas, el planeta podría alimentar a doce mil millones de seres humanos, lo cierto es que hoy no consigue hacerlo con la mitad de ellos, su población. No estamos ante un problema de incapacidad, sino ante el resultado de las políticas dictadas por los países desarrollados y los grandes poderes económicos.
Los informes también dejan en simple declaración de intenciones los derechos económicos, sociales y culturales proclamados por la Conferencia Mundial de Naciones Unidas en Viena en 1993. Los nuevos derechos incluían algo que parece tan elemental como el derecho a la alimentación, del cual siguen marginados cientos de millones de personas en el mundo.
Los aumentos de productividad en áreas industriales o manufactureras y la reducción de costes por tecnificación o reducción de salarios, han generado riqueza. Pero la riqueza no se ha traducido en mejoras en las condiciones de la humanidad, sino en espectaculares ganancias de corporaciones o grupos muy reducidos.
La “teoría del derrame”, que entre otros grandes embaucadores latinoamericanos contemporáneos, desarrolló el ex presidente argentino Carlos Menem, queda al desnudo. El resultado es que unos pocos aumentan sus beneficios a costa de extender la pobreza y la miseria de gran parte de la población.
Y lo que es más grave, los efectos perdurables de la pérdida de recursos y bienes enajenados en operaciones irresponsables y corruptas, más la destrucción del aparato productivo.
Las frases “grandilocuentes” con las que los jefes de Estado cierran sus intervenciones en las cumbres no corresponden con lo que hacen en su función de gobierno. Por este camino es imposible que puedan alcanzarse los objetivos adoptados hace cuatro años en la Cumbre del Milenio con la pretensión de reducir a la mitad la pobreza y la miseria en el planeta para 2015. En aquella reunión se fijaron los recursos económicos necesarios para la propuesta: 50 mil millones de dólares. Poco se hizo desde entonces.
El 20 de septiembre pasado, se reunieron en una nueva cumbre contra el hambre representantes de Brasil, España, Chile y Francia, quienes sugirieron una serie de medidas para obtener los fondos, pero las medidas requieren un apoyo mayoritario de países, en especial de los más desarrollados.
Las pequeñas medidas correctoras no podrían cambiar el rumbo de la pobreza mientras no se produzcan cambios profundos en los mecanismos del comercio internacional. Mientras -por ejemplo- la Bolsa de Materias Primas Agrícolas de Chicago fije en cada día laborable y a nivel mundial, los precios de los alimentos. La bolsa está dominada por seis sociedades transnacionales de agroalimentación y finanzas y los precios son fruto de especulaciones.
La mayoría de los países empobrecidos dependen en gran medida de su propia producción agraria. La manipulación de los precios en los centros internacionales les provoca la ruina económica y destruye la fuente de trabajo de gran parte de su población, con el efecto colateral de destruir sus formas de vida tradicionales.
El café es uno de los cultivos fundamentales en Nicaragua y otros países centroamericanos, del cual dependen millones de familias, auque en 2001 aumentaron la producción y vendieron el 20 por ciento más de café que en 1998, obtuvieron el 45 por ciento menos de ingresos.
Tampoco hay intención de reducir el apoyo económico que los países desarrollados otorgan a sus productores rurales, mil millones de dólares diarios en subsidios para sus agricultores. Ni está a la vista la posibilidad de que reduzcan los aranceles que gravan las importaciones que proceden de los países subdesarrollados, cuatro veces mas altos como media, que los que se aplican a las importaciones de países industrializados. Las condiciones tornan imposible la competencia de los campesinos del sur y los condena a la pobreza.
Los informes de organizaciones internacionales dependientes de Naciones Unidas de los que hemos tomado datos a modo de “radiografías” del estado de la humanidad, fueron presentados en capitales del mundo. En uno de ellos, en Barcelona, la vicerrectora de la Universidad Ramón Llull, Rosa Nomen, afirmó que “la peor amenaza del mundo no es el terrorismo, sino la pobreza, y la peor arma de destrucción masiva, es el hambre”.
Una descripción que completa el diagnóstico que surge de los informes: vamos mal, pero si no hay cambios profundos, podemos ir peor.
* Director del Servicio de Prensa Alternativa.