Cuento


EL LLAMADO DE LAS GALLINAS


Jorge Carrasco *

El perro corrió al fondo de la casa a ladrarle a las gallinas. Era un perro escuálido, lagañoso, de pelaje gris. Los ladridos retumbaron en la pieza. Luego volvió a echarse a los pies del ciego.

Pocos minutos antes el ciego Nino había abierto la puerta de par en par. Confiaba en que el sol de septiembre posaría la tibieza en sus miembros dormidos para sacarle el frío de la sangre. Ese frío que parecía provenir del fondo de la oscuridad de sus ojos, o de su misma alma.

Estaba sentado en una silla de mimbre. Tenía el rostro redondo, cubierto de una piel gruesa, semejante a una capa de cera. Salpicaban la piel unas dos docenas de costras muy pequeñas, apenas unos puntos terrosos. El pelo, ralo, sucio, se entrelazaba en desorden, y de las orejas muy separadas del cráneo y los agujeros de la nariz, emergían vellos negros, duros como sedal.

Le cubría el torso una camiseta percudida, amarillenta, y encima, una chaqueta mugrienta, agujereada, deshilachada en las mangas. Los pantalones, anchos, parchados en las rodillas, colgaban hasta unos bototos viejos, sin abrochar. El cuerpo exhalaba un olor de pelaje de perro mojado.

El ciego Nino estaba solo. Ya más de dos semanas que Honoria no aparecía. Una tarde lluviosa fue a comprar trigo para las gallinas y no volvió. La niña (así le decía el viejo) tenía la costumbre de perderse, pero esta vez el ciego Nino no sabía si eran muchos los días de ausencia o si esa ausencia le pesaba más que antes. Ahora, con el pecho alto como masa leudada y las caderas redondas como odres, la muchacha pasaba frente a los hombres dispuesta a dejarse arrastrar. El ciego, interesado, trémulo de orgullo, sonreía satisfecho cuando la niña se le sentaba en las piernas.

Los hombres correteaban tras ella, la conversaban un rato y se la llevaban a lugares recónditos a vaciarse de sus deseos. Todos se alegraban de sus risas salvajes, de su picardía agresiva pero insinuante, de las travesuras de su cuerpo desnudo.

La niña creció como una planta, en medio de un silencio indiferente. Una planta firme, de tallo moreno, recio para aguantar el sacudón de vendavales, y suave para recibir la tibieza del brasero o el frío de la escarcha. Una planta de miembros pulposos, maduros antes de tiempo para el amor, recorridos por dentro por un ímpetu alborotado.

Como abejas que descubrieran una fuente de polen, los hombres empezaron a merodear la casa del ciego. Al principio la niña se les escabullía como coipo asustado cuando la acariciaban con sus manos grandes, deformes, peludas, callosas. Poco a poco, ante la mirada velada del ciego, fueron rompiendo sus resistencias con golosinas de kiosco y regalos de poca monta. Proyección de tal generosidad, el ciego Nino recibía billetes arrugados, o una damajuana de vino tinto, o un saco de carbón, o unos kilos de lenteja manchados. El ciego, tanteando los regalos, aprobaba la generosidad con una sonrisa sin dientes.

La hermosura y los servicios de la muchacha cobraron fama en todo Colinas. Cargados de regalos y de dolores llegaban hasta delante del ciego hombres de distinta edad y condición. El alcalde Sotomayor, el teniente Sobarzo, el doctor Eguiguren, se cruzaban con obreros municipales, campesinos sin fortuna o cargadores de madera. Honoria los recibía a todos, sin variar en sus servicios. Uno tras otro, los regalos de morondanga hicieron que la pobreza oscura del ciego y la muchacha se hiciera alegre, colorida, menos monástica.

Desde su silla de mimbre, lamido por el sol, el ciego la escuchaba retozar en la pieza, estallar en carcajadas sueltas y perderse en el tormento de su deseo. Tiempo después, no contentos con gozarla en su guarida, los hombres le hicieron invitaciones para que conociera el mundo. La muchacha, encantada, se subía a las ancas de un caballo, o se sentaba en la cuerina sucia del taxi de Graco Zamora, o se acomodaba varonilmente sobre un saco de trigo de una carreta de bueyes, y se la llevaban a lugares sospechosos, ventilados, con baño adentro. Para aumentar las ansias de la muchacha, los amantes le contaban historias de mujeres elegantes, impúdicas, siempre en busca de satisfacción y escándalo, amadas en camas multicolores bajo cielorrasos espejados. La muchacha, urdiendo comparaciones, escuchaba las historias con envidia y poca resignación. Al fin se juraba que algún día seguiría los pasos de esas mujeres, y que su estar en este mundo iba a ser menos sombrío que su origen.

Los hombres empezaron llevándosela unas horas; luego, hasta la madrugada, y más adelante, semanas enteras. Al ciego, cuando la independencia y la osadía de la muchacha sobrepasaron sus intereses, le daba por pensar que quizás la niña tenía la desvergüenza y el nomadismo propio de los gitanos.

La última vez el ciego Nino pensó que la muchacha volvería pronto. Afuera llovía a cántaros esa tarde de fines de agosto y las gallinas ya tenían en el vientre un hambre de tres días.

Ahora, diecisiete días después de que desapareciera la muchacha, el ciego ya no se atrevía a salir al patio a hacer sus necesidades y a dejar que las endemoniadas aves le picotearan el rostro y le aletearan y patearan las canillas. La última vez que salió al patio percibió en ellas una agresividad criminal. Hasta ellas, las gallinas, la extrañaban, pensaba el ciego, a pesar de que Honoria, la niña, las alimentaba una vez al día, lo suficiente para que no se murieran de inanición y para que pusieran huevos mínimos, como de codorniz.

La muchacha era diligente. Tanto que de veras lo volvió un inválido. Todo lo hacía ella: la comida, la limpieza, las compras, las cuentas de la subsistencia, los trámites, los cobros y las colas para los turnos del hospital. Y no sólo eso: lo peinaba, le lavaba el torso, le abrochaba los zapatos, le cortaba las uñas, le descabezaba los callos, le curaba las llagas... Todo lo hacía movida por un ímpetu natural de servicio. El ciego ponía oído al ajetreo incesante de la muchacha y se quedaba quieto. Toda su acción en el mundo era abrir la puerta y recibir la tibieza del sol por la mañana.

Quince años antes la niña llegó sin que la invitaran. A media mañana apareció arrastrándose en la vereda, sucia, desgreñada, maloliente. Un hilo de moco grueso le bajaba de la nariz, y se chupaba el pulgar al tiempo que jugueteaba con sus pies descalzos.

En un principio el ciego la confundió con un perro. Se paró de su silla y la tanteó con su bastón de colihue. La niña soltó una risotada brusca cuando sintió el cosquilleo en la espalda (ya desde entonces su piel vibraba cuando la palpaban). El ciego frunció el ceño y bajó la mano hasta la cabeza de la niña. Comprobó, entonces, que el perro tenía forma humana y un olor picante, como de nido de pato que oliera cuando niño. Poco después la visitante mojaba en un tazón de café de trigo las dos rebanadas de pan duro.

El ciego la albergó unos días, a la espera de que alguien la fuera a reclamar, como ocurría con todas las criaturas que anclaban en la habitación oscura. Perros abandonados, gatos hambrientos, palomas con alas quebradas, polluelos extraviados, solían ganar una estadía de días y de meses, al fin de la cual desaparecían sin aviso.

A Honoria nadie la fue a reclamar. La niña pudo haber caído del cielo, o salido de un agujero de la tierra, o rodado del techo de tejas podridas como una gota olvidada. Daba igual, pues nunca le importó saber quién era y de dónde venía.

- Lleva en la sangre las ansias de libertad – opinó el padre Severino de Andrade en la última visita que le hizo al ciego al comienzo del invierno -. Es el vuelo de quien un día dejará de volar para posarse en el árbol de Nuestro Señor con las alas heridas.

En eso pensaba, halagado, el ciego cuando cerca del mediodía, percibió un ruido no menos lejano que familiar. Era, sin duda, el golpeteo estrafalario del taxi de Graco Zamora. El ciego, excitado, comenzó a golpear los tablones con su bastón de colihue mientras con su mano izquierda se rascaba los remolinos blancos de su cabello.

Afuera, Honoria se bajó del taxi y caminó hacia la puerta donde se encontraba el ciego. Llevaba una malla de junquillo en la mano y adentro, unos cuantos kilos de trigo. Tenía el rostro copiosamente maquillado.

El perro, sin levantarse, pegó dos ladridos antes de reconocer a la muchacha.

- Me tardé un poco, abuelo – dijo franqueando el umbral.

- Así parece – dijo el ciego, adelantando el rostro para que la niña viera lo que le habían hecho las gallinas. Honoria, ruidosamente compasiva, le miró el rostro.

- ¡Ay, Señor, otra vez las gallinas! – se quejó, pasándole amorosamente la mano por el rostro -. Algún día les cortaré las alas. Así no volarán hasta su cabeza.

- Otra vez las gallinas – repitió el ciego. Por un momento pensó, dolorido, que la niña sólo volvía a dejarle trigo a las famélicas aves. Quizás ya no lo quería. Nunca antes había sentido tal cosa.

- Les voy a tirar comida – dijo Honoria, y se fue al patio a esparcirle el trigo.

El ciego escuchó los pasos, el golpe que cerró la puerta del patio y el aleteo de las aves hambrientas. También escuchó, sobresaltado, el ruido del motor del taxi de Graco Zamora, que otra vez se ponía en marcha.

La muchacha volvió del patio. Rascándose los remolinos canosos, el ciego la reprendió:

- Te subiste a ese taxi otra vez. No me dijiste quién pagó el servicio.

- Es mejor que no lo sepa – dijo Honoria apareciendo en la habitación con un bolso de cuero en las manos.

- Todos preguntan por ti – dijo el ciego levantando la voz para que se impusiera al ruido del motor del taxi -. No sé qué decirles. Preguntan y preguntan.

La muchacha se acercó al viejo. Dejando a un costado el bolso lleno de ropa, acarició la cabeza del ciego y lo abrazó.

- Déjelos que pregunten – lo consoló -. No hay nada de malo. Comience a preocuparse cuando ya no pregunten.

El viejo, con la cabeza gacha, asintió débilmente.

- Las gallinas van a necesitar comida – dijo en un tibio tono de reproche.

La muchacha se llevó la mano al pecho y hurgó bajo su sostén. Extrajo un billete doblado y se lo puso en la palma de la mano al ciego. Sin hablar, cogió el bolso de cuero.

El ciego se removió en la silla de mimbre. Por primera vez no se sonrió al sentir el roce de un billete en sus manos. Pues sí, pensó, quizás sólo vino a dejar el trigo.

Poco después, frente a la mirada vacía del ciego, la muchacha salió a la calle y se alejó en el taxi de Graco Zamora por el camino de tierra.

* Nació en Carahue, Chile, en 1964. Desde 1985 reside en la provincia de Río Negro, Patagonia Argentina. Es profesor de Lengua y Literatura y ejerce su profesión en colegios secundarios de la provincia. Tiene publicados dos libros de poemas (Permanencia de aves y La huella, su andar). En narrativa mantiene inéditas dos novelas (El nido de la lluvia y Sombras en el agua) y un libro de cuentos (Último carbón de invierno). En poesía espera la edición del libro Primera última palabra. En Argentina ha obtenido premios regionales y nacionales. Además, publica con regularidad en diarios del Interior del país artículos relacionados con la vida y la obra de Pablo Neruda.

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