Y
Rolando Lazarte *
Ya no separaba más las cosas. Dirige tus ruegos todo el tiempo a Jesús. El niñito de tres años había vuelto a su casa. La nena de tres años había muerto a manos de los genocidas. El cielo azul celeste la noche de 27 de noviembre de 2004. Beethoven en la vitrola ensayaba una vez más su inigualable sinfonía número nueve. El himno a la alegría. Rosedal. Escalera de aire. Cibercafé. La firma en el colegio. Molina Campos y el laberinto de ligustros. Rosas infinitas. Pergolados sin fin recordaban RafaelAlberti y la arboleda perdida de mi infancia.
Sólo que mi infancia no está perdida. Soy un niño y no sé lo que es infancia. Claveles mendocinos. De vuelta a casa. No sé por qué –y sé por qué—sólo me siento seguro de este lado de la frontera. El cielo mendocino aún guarda el son impío de la metralla. Por suerte el auto era el diariero. Las luces encendidas en la ventana. Como el auto que pensabas te vendría a buscar. No vino. Vino el vino. Vino la vida. Esos recuerdos serían llagas. No sólo en tu vida, Fermín. Sino en la vida del aleijadinho que te paró en la calle.
Ibas apurado, no tanto que no vieras sus señas en la bomba de nafta donde años atrás vinieras a llenar las cámaras de tu bicicleta azul celeste. Ahora volvía el recuerdo de sus ojos llenos de lágrimas al recordar como se llevaban a la madre de su sobrinita de tres años para arrancarle informaciones bajo tortura. La nena volvió fría. Desde algún lugar velarás, niña querida, otras niñas llevadas precozmente al origen de todas las cosas. Me piden que olvide. Olvide quien tenga sangre de horchata.
Yo quiero justicia. Si un ladrón de gallinas va a la cárcel y no vuelve el mismo, por qué el traidor que apuntó las armas confiadas por el pueblo contra ese mismo pueblo, inventando una guerrilla que le obedecía desde 1973 -¿no sabías, ah?-, por qué ese traidor ha de seguir confortablemente “preso” en “su” casa –¿será suya? ¿no se las robaban a los desaparecidos?—mientras uno sigue cargando algunas llagas que por más santas que sean no dejan de doler.
¿Y ellos no? ¿Por qué? ¿Habrán visto ese cielo azul celeste transparente que vimos con mis hijos en la noche mendocina? Mis hijos son la medalla que la esperanza y la fe trajeron después del holocausto, después de la gran traición del “ejército argentino” que separó la vida de nuestra gente en un antes y un después. Confianza perdida los arrinconó en cuarteles letrinas. Cloacas de las que no pueden salir sin evitar el desprecio que se ganaron por haberse vendido al dólar y al oligarca. Por haberse encubierto unos a otros como si fuera lo mismo honrar a la patria que deshonrarla.
Alguien dijo que están tratando de comprar el dolor del exilado con dinero. No se vuelve del exilio. Exilio es la vida sobre la tierra. Somos todos pasajeros, menos el chofer y el cobrador. Y mientras el gran demonio sigue paseándose por el mundo vendiendo miedo, por las grietas Dios acecha. “No hay una cosa que no sea una letra silenciosa de la eterna escritura indescifrable cuyo libro es el tiempo”. Veía la casa verde amarilla. Más que un símbolo. Brasil sería siempre la tierra del destino. Esa donde siempre brilla el sol. ¡Y cómo brilla! Nunca sería tan rico como entre ese pueblo pródigo en abrazo y beso. Ávido de justicia en medio de baile y samba. Choro e balada. Hay una especie de silencio. Esperen. No falta mucho.
La esperanza nordestina es la fe. Canta el pajarito mientras el sol va de ocaso a ocaso. Recordaba Larralde en la noche del Gran Rex. Love is all around. Borges y Pessoa. Gustavo Adolfo Bécquer y el Marqués de Santillana. El Arcipreste de Hita y Gonçalvo de Berceo. Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca. Las horas del día y El Perro. Nueve Reinas y Peligrosa Obsesión. Una calma de siglos sobrevino en el estudio. Cortázar y Cafrune se daban las manos. Podía ver los caminos de grisinas otra vez. Flores amarillas como campanas y las fuentecitas con pájaros bañándose. Ceibos en flor y los reflejos en el lago.
Toda una infancia por delante. Miró a la máquina fotográfica con esa risa total de niño. Respiró hondo y recordó los angelitos en la casa de Julio Leonidas Aguirre. Había vuelto. Esta vez sí. Había vuelto a casa. Sin nunca haberse ido -o talvez sólo un instante.
* Sociólogo y escritor.