Cuento


QUE ME SIGA LA TAMBORA


Raúl Piña Vázquez *

Estoy sentado frente a mi ventana bebiendo un rico tequilita almendrado que tuvo a bien traerme un amigo de su ultimo viaje a Jalisco. Miro como la gente camina de prisa -muy de prisa debería decir. Hoy en la tele han dicho que se viene una tormenta como las que hace años no cae por aquí... Hasta este momento la nieve cae a grandes cantidades; observo cómo los pobres transeúntes hunden sus pies en el blanco elemento y me río de ver cómo un angustiado conductor trata de sacar de un atascadero de nieve y lodo su ya humeante vehículo.

Del otro lado de la acera una niña tira bolas de nieve a sus amiguitos... El frío sí que cala, pues si estamos a un paso del polo ¡como no! Contemplo el paisaje y recuerdo cuando llegue a Canadá hace 8 años; a este país que los mexicanos hemos invadido por gruesas casi todos los días. En este país donde los oficiales de migración ya nos miran con recelo y no nos creen que sólo venimos por una semana a conocer las cataratas.

Sí, sí; ya saben que venimos a quedarnos por las buenas o por las malas. Este maravilloso país que da tantas y buenas oportunidades a quien lo sabe aprovechar, que te ofrece seguridad -no hay ni siquiera rateros en la calle, la gente deja su mercancía en las puertas del negocio y nadie toma lo ajeno-, hay una enorme mezcla de razas y todos tratan de convivir o sobrevivir en paz y respeto.

Todo es tan ordenado y limpio que hasta da pena tirar una cajetilla de cigarrillos al suelo... Y no se diga de cruzar las calles por en medio, aquí uno se reeduca y sí funciona. Sin embargo, recordaba que mi México lindo y querido tal vez no tenga muchas de las ventajas que tiene este país industrializado y civilizado, pero sí entra la nostalgia de sólo recordar algunas cosillas que aquí no tengo.

Me recuerdo esos viajes de fin de semana con mi papá en su carrito safari de la Volks, mi mamá y mi hermana y hermano; ora los volcanes, ora las aguas termales, ora los conventos... A veces sólo agarrar carretera sin destino y acabar comprando sillas de palma -que nunca supimos por qué las teníamos en la sala de la casa.

Nos encantaba comer en los mercados con ese rico olor mezclado entre pescado fresco del Golfo, pápalo quelite fresquecito y chiles asados para preparar salsa borracha para la barbacoa. Esos paseos por ciudades coloniales como Guanajuato, Morelia o Taxco... Y los regateos con los marchantes que siempre gritan: "pásele por aquí güerita, aquí está el buen precio, venga chulita que le doy una probadita, tenemos sopa de fideos, chicharrón en chile verde, enchiladas de guajillo, birria, mole verde y rojo". O bien: "Esta plata es de la buena señito, mire que como este mantel no va a encontrar, ¡nieveees de limón, tamarindo y mango!, pollito fresco, lleve sus limones jugositos"...

¡Ay, qué recuerdos! También vienen a la mente aquellos desfiles de pueblo con banda de viento y cuetes, con los tlacolleros y los niños con su uniforme blanco y la escolta de la escuela, que siempre lleva a la abanderada con cara de soy la mas fregona (y no se diga la cara del papá y la mamá).

Los borrachitos discutiendo por nada o tirados en la calle con la barriga de fuera y los perros alrededor como ángeles de la guarda; la gran comilona en todas las casas y todos son bienvenidos -aunque ni te conozcan eres bien recibido y te saludan como si fueras de la familia.

También recuerdo los sabores de mi patria: Las nieves de Coyoacán, el pozole de Guerrero, el chorizo de Cd. Victoria, el puerco en chile verde en Iguala, los dulces de cajeta, de coco y los ates con queso. Los colores también vienen a mi mente como una explosión de algarabía... Cómo no seremos brillantes que el color más fuerte en la gama de rosas es el nuestro, el mexicano. Los sonidos, los marchantes, los camiones de redilas y el típico "viene, viene" con la respectiva palmada en la cola del camión para pararlo.

Los claxons en el DF, que no paran de sonar a la menor provocación; las campanas en todas partes, los perros en las noches en todas las rancherías, los gallos, gallinas y burros... Todas las ciudades con su encanto muy particular: La sobriedad de Puebla y el vacile de Culiacán, comparado con lo caótico del DF o Guadalajara.

Nuestro Centro Histórico de la Ciudad de Mérxico, que el gran terremoto del 85 respetó, no lo hemos sabido respetar los mexicanos. Lo hemos llenado de graffitis, vendedores, orines y rateros... ¡Ah! y marchas, muchas manifestaciones: Que para ayudar a los ejidatarios, o a las sexo servidoras, o ya de plano promoviendo el desafuero de quien se les ocurra.

México con su muy particular magia, desde el Cañón del Sumidero hasta la Barranca del Cobre; de Vallarta a Boca del Río; de Reynosa a Manzanillo; de Pachuca a Chihuahua y de tantas partes a tantas.

Me encanta nuestra cultura: La Ciudad de México, que es la que tiene más museos que ninguna otra en el mundo; nuestros 52 grupos étnicos vivos y activos; nuestros vestigios, que nadie nos podrá arrebatar jamás; nuestra historia, nuestra Corregidora, nuestro Zapata, nuestras Adelitas; nuestro Pedro Infante y tantas Chorreadas... ¡Ay, qué nostalgia, y qué ganas de estar allá! Sin embargo, mantengo la calma y sigo escuchando a Lola Beltrán en mi estereo, que me dice: "Soy del mero Sinaloa....".

* Comunicólogo mexicano, radicado en Toronto.

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