Cuento


EL MOISÉS DEL KILÓMETRO 24


Daniel Petracini *

Una calle incrustada de piedras, entre el horizonte brotado por el sol y el frío asfalto de la ruta provincial, era el territorio del hombre enjuto, sucio y de espesa barba que con fidelidad me esperaba cada mañana para saludar cuando pasaba frente a la finca.

Lo saludaba desde mi auto.

Mi destino una escuela rural, desde las ocho de la mañana hasta las trece. Cada saludo, era efusivo: siempre parecía la primera vez.

La nube de polvo que mi auto dejaba se lo tragaba, luego, a la distancia, observaba cómo se metía en su finca. Otoño, invierno y verano repetía su rutina.

Nos saludábamos como viejos conocidos, luego cada uno a sus cosas. Él, no sé a qué; yo, a mis clases.

Tres años capturó mi atención los breves segundos en que lo veía, luego, la rutina me obligaba a olvidar su imagen.

Me esperaba a las ocho menos cinco solamente para levantar la mano; luego a las trece y cinco repetía la maniobra.

Mis alumnos del último curso tenían frío, ése invierno fue crudo; la calefacción no funcionaba; afuera llovían agujas; el día estaba pesado para soportar un profesor; en el aula se olía un discreto motín.

-Hoy no, profesor, charlemos de otra cosa, está muy frío y somos poquitos chicos.

-¿Qué pasa que hay tan pocos alumnos?.

-Cuando llueve faltan muchos porque los caminos son intransitables.

-Bueno, propongan ustedes un tema, vamos adelantados con el programa y podríamos hablar de otra cosa, dije.

-¿Vio el partido de ayer?.

-No, no me gusta el fútbol.

-Ufhh, ¿de qué hablamos entonces?

-Cuéntenme de qué lugar es cada uno de ustedes.

-Yo soy de la zona de La Nueva Colonia.

Entre pausas, los minutos huían.

-Bien, ¿quién más vive allí? Dos levantaron las manos.

-Y usted, ¿de dónde es?; pregunté señalando a otro alumno.

-De la zona del Bajo, hoy, vinimos solamente dos.

-¿Y de la zona vecina a la escuela, quiénes hay?

Solo dos levantaron la mano.

La timidez de los alumnos, para soltar la palabra, era grande.

Respondían sólo si les preguntaba; nunca daban datos extras.

-A ver señorita, ¿usted, cómo se llama?.

-Luisa, respondió, agazapada detrás de su bufanda.

Los vidrios empañados del aula, anunciaban que el resto del día sería de hielo.

-Luisa cuénteme cómo viven acá en el barrio.

-Acá todos los días son todos iguales, hay mucho silencio, el barrio tiene cuarenta casas, nos conocemos todos; por la tarde tomamos mate y vemos las novelas por la tele, nos calentamos con leña o carbón, no tenemos teléfono cerca y a un kilómetro tenemos una salita de primeros auxilios.

El tiempo instilaba; el silencio ensordecía.

-Nada más; agregó con letanías por una vida épica.

Interrumpió el timbre; fue el turno de un gélido recreo.

Al dejar el aula, recordé al viejo de saludo cordial.

Me acerqué a Luisa y pregunté: - ya que sos de la zona, ¿conoces un viejo de barba como a seis cuadras al oeste del colegio?.

-Si, se llama Moisés, riega la finca donde vive.

Abandonó el aula a disfrutar el hielo sin sacar sus manos del bolsillo.

Me dirigí a la sala de profesores a esperar el próximo timbre para entrar a otra aula.

La Directora me dijo: -sus alumnos del noveno año no han venido, se puede retirar.

La escuela tenía diecinueve alumnos ése día.

La falta de calefacción, el frío y la lluvia, habían inundado de soledad el colegio.

Llené el libro con un prolijo “sin alumnos”; rehice mi maletín y me despedí de todos.

A bordo de mi auto, navegaba sin timón en un pastoso camino de regreso.

La sensación de movimiento se perdió en un gigantesco charco frente a la finca de Moisés. Los esfuerzos de mi automóvil por avanzar fueron detenidos por la mano sucia de un viejo que me dijo –detenga el motor.

Así lo hice frente a los gestos del personaje que intentaba dar instrucciones para salir del charco.

-Baje del auto, ordenó.

Con mis zapatos embarrados y parte de los pantalones mojados me situé a un costado del camino. Me acerqué suavemente a él. Me extendió su mano y dijo soy Moisés.

-Mucho gusto Moisés, le respondí.

-Lo sacaré acá; ya vuelvo; espéreme.

En minutos volvió con un azadón al hombro y se puso a cavar un costado del charco para permitir que el agua drenara a un canal lateral.

Cuando terminó se acercó y dijo –ahora hay que esperar.

El agua y el barro, buscaban el cauce dejando las ruedas del auto libres.

Saqué los cigarrillos y aceptó gustoso.

-Moisés, ¿qué trabajo hace usted acá?.

-Bueno yo riego la finca y cultivo marantas.

-¿Marantas?.

-Si marantas, en este suelo pesado las marantas viven mal, algunas veces florecen y otras veces no; en 20 años florecieron sólo una vez.

-¿Y usted, da clases en la escuela?.

-Sí, trabajo en tres cursos, les doy biología, son chicos muy buenos, agregué.

-Tengo una alumna llamada Luisa, ¿la conoce?.

-Sí, a ella y a toda su familia la conozco desde hace 20 años.

-Buena gente, agregó.

-En realidad vivo acá hace muchos años y conozco a todos en la zona.

El agua y el barro habían liberado mi automóvil por completo.

-Pruebe de salir ahora, dijo Moisés.

Me subí al automóvil, lo encendí y muy lentamente avancé hasta salir con dificultades del lodazal. Estacioné en lugar seguro bajo la mirada tutora de Moisés, apagué el motor y volví a él.

Quise ofrecerle algo de dinero por sus servicios y me lo rechazó; tomé el paquete de cigarrillos que tenía y se lo di; lo aceptó de buena gana; estreché su callosa y arrugada mano en son de sincero agradecimiento y me despedí.

Desde mi espejo retrovisor, a lo lejos podía verlo levantar su mano despidiéndose.

Ese día, de mercurio se estiró implacable, insolente y gélido.

En mi mente bailaban las marantas renegadas de Moisés.

Tal vez lo podría ayudar si buscaba bibliografía el tema, lo desarrollaba y se lo regalaba para que tuviera éxito. Consulté a un ingeniero agrónomo (compañero de trabajo) que me desalentó.

-Acá, en Lavalle, es muy difícil que las marantas se críen si no se les acondiciona la tierra especialmente y se les provee de un microclima húmedo y cálido.

-Hay muchas plagas y sobre todo son de clima cálido.

Era imposible ayudar a Moisés; la tierra y el clima no eran aptos.

Quince días después, en un recreo, me acerqué a Luisa para comentarle lo sucedido con Moisés durante el día de la lluvia pasada.

Hizo una mueca, seguida de lástima que no comprendí claramente.

Continué con mi relato sobre Moisés y mis ganas de ayudarlo.

Abruptamente, Luisa me interrumpió con un ademán de manos diciendo.

-Profesor, en la escuela lo queremos mucho.

-Sí, asentí.

Su pausa fue de metal.

-Profe, no se enoje por lo que le voy a decir; es más no quiero tratarlo de mentiroso. Cambio a tono misericorde.

- A Moisés lo conoce mi papá desde hace veinte años y yo desde que soy chiquita.

Hablaba con paciencia y generosidad (eludía, a hurtadillas, mi dignidad.)

-Profesor, lo que me dice es imposible de creer porque Moisés nació sordomudo.

* De Mendoza, Argentina. Reciente profanador del español.

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