LA PALABRA EMPEÑADA
Lilia Cisneros Luján *
Entre las cosas buenas que vale la pena recordar del pasado está el respeto a la palabra empeñada. Con las normales excepciones dentro de la regla, asumir la paternidad era algo indiscutible, aun sin existir el vínculo matrimonial a los hijos se les proveía y en muchos casos hasta se les reconocía legítimamente, los amores entre pareja se asumían con todo y obligaciones, la renta se pagaba sin mediar suscripción de contrato, los trabajadores sólo ocupaban la definición simple de su responsabilidad y horarios y los patrones a veces hasta los consideraban parte de la familia extendida. En materia de democracia, se asumía como un hecho que los funcionarios públicos lo eran para servir a la gente, el aspirante a gobernar no tenía que firmar ante notario para darle credibilidad a su oferta pues el celo por no traicionar la palabra estaba a prueba de sospechosismo y señalamientos -como los que hoy son la sustancia de las ganancias por la venta de espacios en los noticieros- que en el caso de darse casi siempre caían en el plano de la difamación, por lo que generalmente se revertían en contra del rijoso o el chismoso.
Con la ponderación del dinero como aspiración máxima, los valores cambiaron. Los países del norte del planeta impulsaron la empresa de gran escala, con ella la división de trabajo y después la concepción transnacional del mercado. Para lograr grandes volúmenes de producción en los Estados Unidos, por ejemplo, se fraguó un proceso de liquidación de la familia, exaltación del éxito individual y sobre-valoración de la riqueza y el poder. Desde el pato Donald, hasta los héroes bélicos de las últimas décadas pasando por superman, el hombre araña o el murciélago, el prototipo de triunfador es alguien sin padres, sin hijos, sin pasado y sin futuro. Los ideales colectivos se concentran en el triunfo bélico justificado en la época de Rico Mc Pato o Popeye en sus luchas contra los brutos identificados con los militares de país condenados por su visón al subdesarrollo y el honor de la palabra empeñada -valor supremo de la gente adulta y por ende madura- sucumbió frente a intereses la más de las veces mezquinos. Los abuelos con todo su equipaje de experiencia son apenas una carga social, elemento necesario -al igual que la pobreza- para mover la mercadotecnia en favor de algún aspirante al poder político, la salud dejó de ser ocupación de los miembros de la familia y se convirtió en negocio de empresas farmacéuticas y cadenas hospitalarias; la educación, privilegio fundamental de padres y madres, se delegó en manos de profesionales expertos ajenos en la mayoría de las veces a las más elementales expresiones humanísticas. La calidad de señor(a) perdió valor frente a títulos académicos de empresas universitarias, cuyos abogados no son ya un consejero para tomar decisiones que afectarán a la familia y sí en cambio una especie de guerreros encargados de ganarle al adversario, evitar la cárcel del abusador y en el mejor de los casos defenderse de los excesos de instancias que al estilo de los señores feudales, están al acecho de los más débiles para esquilmarles lo poco o lo mucho, favoreciendo a negocios planetarios de energía o alimentación que con la mano en la cintura dejan sin luz o sin agua a todo un pueblo.
Todo tiempo pasado fue mejor, decían los abuelos al hacer referencia a los perros amarrados con longaniza y, sin pretender negar las bondades de la modernidad con toda su riqueza tecnológica y científica, sí se añoran esos tiempos en los que se podía confiar lo mismo en quien te dijo que llegará a la hora tal, el que se comprometió a ofrecerte o pagarte un servicio o ése que te convenció de otorgarle una parte del poder ciudadano que nos corresponde como pueblo, a cambio de cumplir los anhelos colectivos.
* Comunicóloga.