SIQUEIROS
Lilia Limón Erazo *
Uno de tantos soles nos iluminaba, pero todo era distinto, tu mirada enlazada a mi ser se iluminaba ante un cuadro que despedía su fragancia estética para que tu y yo la aspiráramos, el color se me subía a los ojos y colmaba el alma, toda esa vibración que había movido al pincel nos rodeaba como hierba mala, nos hería con su ser y nos orillaba a sufrir con cada línea, a gozar con cada matiz, a llorar con su grito postrimero de vida y de muerte; de pronto la punta de esos dedos tendidos a mi alma me lanzaron su mensaje y de la palma de esa mano surgió de golpe el espíritu, qué tragedia tan grande ser tan poco para contener tanto, el pensamiento puesto a trabajar no consigue llegar a la cima del sentimiento y qué alegría, qué enorme alegría de ser, de estar para poder sentir toda la emoción que nace de esas manos que me estremece, me gritan, me hacen vivir y me dejan morir
El matiz luminoso de las manos subió por el sentimiento hasta la cumbre de mi espíritu, mi alma captó el grito de mi raza que pide, que clama, que exige una ruta, un final; que llora su vacío en las manos, en el alma, que necesita un por qué, un cómo, un dónde; es la raza la que grita por su pincel y por mi sentir para que yo lo capte, para que llore en esta inutilidad de vida y de ser, en este sueño sin ensueño y sin despertar.
Con las manos unidas no podíamos dejar de mirar y al observar tu rostro luminoso, desee ser dios para entrar a tu alma y sentir viviendo la emoción que el cuadro te despertaba; era igual a la mía o difería totalmente… pero no quise hablar y dejé que nuestros espíritu hermanados por la carga emotiva que nos unía, corrieran y se recrearan libremente ante el mago que logró hacernos estremecer al unísono. ¿El dios, el hombre?... Sólo el artista.
* México, 1933; maestra en Lengua Nacional, jubilada.