LAS TRAICIONES DE FELIPE GONZALEZ
Rafael Mendoza Toro *
Tal vez haya sido porque Marcos habló de “traiciones” en su listado de epítetos y denuestos, merecidos o no, al PRD; pero el caso es que me hizo reflexionar y recordar otra vieja traición a los principios de la izquierda, que a la distancia no se puede juzgar igual y que, por el contrario, debiera hacernos más autocríticos y prudentes en nuestros juicios sumarios.
Fue en 1982 cuando por primera vez un partido de izquierda ascendía al poder en la naciente democracia española después de la larga noche del Franquismo, cuando el Partido Socialista Obrero Español lograba una amplia victoria en las elecciones derrotando al derechista Partido Popular, siendo nombrado en consecuencia su dirigente Felipe González presidente del Gobierno español. Entonces, en Latinoamérica, muchos aplaudimos su triunfo y lo vimos como un signo más de que el futuro estaba en la izquierda y que la historia seguía marchando por nuestro lado.
Otra cosa fue, cuando ya siendo gobierno, las primeras noticias, empezaron a ser contradictorias: aunque por una parte, el gobierno de Felipe González impulsó importantes reformas sociales en materia educativa, ampliando los servicios de salud e incrementando los de seguridad social, que considerábamos coherentes con el espíritu igualitario de la izquierda; por la otra, en materia económica adoptó el denostado esquema neoliberal, tanto en sus postulados de respeto a los equilibrios macroeconómicos como en lo que hace a la instrumentación de las reformas tendientes a facilitar la inversión privada, la competitividad, la productividad.
Cuestionamientos aparte nos mereció su política internacional, desde el impulso a la integración europea, trabajando al lado de gobiernos de “derecha” como lo eran los de Inglaterra y Francia, a la continuidad de la participación de España en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pese a que el retiro había sido una de sus principales promesas de campaña. La propia Unión General de Trabajadores socialista, como las Comisiones Obreras de raigambre comunista, iniciaron entonces su oposición al régimen de Felipe González, a la que desde Latinoamérica se unieron muchas voces de izquierda: habíamos sido traicionados. Signo de esos tiempos fue la canción “Cuervo ingenuo” incluida en algún disco de Joaquín Sabina, donde en sus rimas apuntaba que el PSOE no era ni socialista, ni obrero y casi ni español.
Esa primera experiencia terminó 14 años después, al perder el PSOE la mayoría envuelto en escándalos de corrupción, tráfico de influencias, financiamiento ilegal, en un colofón que se está haciendo común en muchos regimenes provenientes de la izquierda. Pero, la evaluación de esos 14 años de gobierno no puede detenerse en estos casos; al hincar el gobierno del PSOE España salía apenas del atraso casi medieval del franquismo, con una incipiente democracia, una economía atrasada dependiente en buena medida de las remesas que millones de trabajadores migratorios enviaban a sus hogares, pues España era el proveedor de mano de obra barata de Europa; en los viñedos de Francia o en las fabricas de Alemania, los trabajadores españoles eran bienvenidos como una opción de bajo costo.
Jugando a la ficción política, supongamos que Felipe González asumiera plenamente los compromisos de la izquierda –más o menos en los términos que los describe Frei Betto- y hubiera conducido su gobierno en consecuencia. Así, hubiera denunciado a la OTAN como una organización proimperialista, herramienta para extender la dominación norteamericana y para plegar a Europa ante sus dictados retirando al gobierno español de ésta; que consecuentemente “enfriara” relaciones con los gobiernos europeos dominados por el paradigma neoliberal, quienes intentaban desmontar el paradigma del “Estado de Bienestar” y sujetar a la clase obrera a las condiciones de explotación de capitalismo salvaje. Así, España sería una ínsula de dignidad y ejemplo para los pueblos del mundo.
Siguiendo en la ficción, aunque formalmente el PSOE había abandonado la doctrina económica marxista, por tanto ya no impulsando la propiedad social de los medios de producción, sí postulaba aún la preeminencia de los derechos de los trabajadores, empezando por el combate contra la burguesía por cada pedazo de plusvalía; por tanto, el gobierno socialista de Felipe González, al mismo tiempo que intentaba ampliar el “piso” de servicios sociales para toda la población, impulsaba las reivindicaciones obreras en “lucha contra el capital”. España ya no sería un paraíso para el capitalismo y los burgueses que quisieran subsistir en la península Ibérica debían saber que su lucro tenía un límite, celosamente resguardado por un Estado de los trabajadores.
De esta manera, España volvería a ocupar un lugar en el corazón de los revolucionarios del mundo, un pedacito de ese futuro por el que todos luchábamos; las jornadas heroicas de la guerra civil serían rememoradas en sus nuevas plazas rojas y los obreros marcharían orgullosos enarbolando sus banderas. Desde América, miles nos organizaríamos para ir a apoyarlos… En la vendimia o en cualesquier epopeya quisiera emprender el gobierno socialista. Pósters de Felipe, brazo con brazo con Fidel, empezarían a adornar las recámaras adolescentes.
Pero, y como en muchas historias existen muchos peros... El distanciamiento diplomático de España con el resto de Europa empezaría a afectar su intercambio comercial, sobre todo que España exportaba principalmente materias primas agropecuarias e importaba todo lo demás, y su déficit comercial se empezaría a incrementar y, consecuentemente a escasearse muchos bienes de consumo. Pero no todo sería malo: por la calles de Madrid se empezarían a ver circular coches yugoslavos (pues alguna vez existió una nación con ese nombre) y relojes rusos se lucirían en las muñecas.
La endeble economía moderna española también viviría tiempos difíciles, enfrentada a un movimiento obrero beligerante y con los costos impositivos de sostener un estado de bienestar, los negocios no podrían ir muy bien, la tasa de plusvalía se iría decrementando y, al punto de desaparecer, la burguesía parasitaria tomaría las de Villadiego, abandonando las empresas al control obrero. En consecuencia, los sectores social y paraestatal en la economía incrementarían su presencia, y como sus objetivos son eminentemente sociales y no de lucro, con frecuencia debían recibir subsidios del Estado para “protección del empleo”, lo que dejaría las arcas estatales siempre al borde del colapso u obligadas a echar a andar la maquina de hacer dinero, provocando inflación.
Los empleos no abundarían, la inflación crecería y la escasez y sus colaterales, como el “mercado negro” empezarían a ser componentes de la vida cotidiana. Los españoles en consecuencia, votarían con los pies y los flujos migratorios en busca de mejores oportunidades de vida, se reforzarían; aunque en lugar de trabajadores temporales, se verían familias enteras con todas las ganas de no volver. En respuesta, en las peñas latinoamericanas se empezarían a entonar canciones en denuesto de esta “gusanera” española y Silvio Rodríguez dedicaría sus mejores trovas al compañero Felipe.
Afortunadamente, esto es sólo ficción política y este panorama nunca sucedió y, por el contrario, se empezaron dar otros cambios en el gobierno de Felipe González; así, las reformas que integraron a España a la economía moderna dieron pronto frutos, su producción creció a un alto ritmo, pero, aún más importante, se reflejó en un sensible incremento del bienestar de su población; ahora a casi 25 años, España ostenta uno de los mayores índices de desarrollo humano del mundo, armonizando su desarrollo económico con el social. Y muchos de esos trabajadores que desde la izquierda lo denostaban, pues muchas de las reformas afectaban sus intereses de corto plazo, ahora disfrutan de un bienestar que por la otra vía no hubieran alcanzado; ahora los españoles dejaron de salir en busca de trabajo y, por el contrario, están recibiendo migrantes en busca de una mejor vida. Para qué recordar que en esos años de arranque de la década de los 80, México y España presentaban un PIB per cápita similar y que, ahora mientras nosotros seguimos embarcados en un camino que no lleva a ninguna parte, España está recibiendo ya emigrantes mexicanos, disfrazados de becarios, intelectuales y demás, pero con las expectativas que aún no tenemos.
Esta reflexión tal vez no llegue a Marcos, pero sí espero que muchos compañeros de la izquierda, prontos a la descalificación, se tomen un momento antes de lanzar juicios lapidarios. A la distancia, las traiciones de Felipe González parecen un ejemplo a seguir, sobre todo si pensamos en el bienestar y el desarrollo de todos.
* Nació en la capital de México, el DF, en 1952; reside en Aguascalientes desde 1992. Médico cirujano por la UNAM, aunque sin ejercicio lucrativo de la profesión, desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en los problemas de salud, colaboró en el proyecto “Salud, Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas”, en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, San Cristóbal de las Casas, Chiapas y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.