REENCUENTRO CON LOS AMIGOS
Francisco Lizárraga Ochoa *
Hemos vivido otra vez los días navideños. "Resonancias de exequias y de piedras", ¿acaso las lecturas y época tan arraigada, nos han dejado sólo eso en el recuerdo? Vallejo, el César, a quien sin hacerles nada todos le pegaron en la cabeza, comparte con nosotros su experiencia con Dios: ("sobresaltado nos oprime el pulso") y "... Apenas, pero apenas entreabre los sangrientos algodones y entre sus dedos toma a la esperanza". Para él, bardo peruano-universal, "ha triunfado otro ay", por eso canta: "Tengo derecho/ a estar verde y contento y peligroso, y a ser/ el cincel, miedo del bloque basto y vasto; / a meter la pata y a la risa".
A Vallejo, lo conocí en una inmensa sala de Tlatelolco, desde donde nuestros ojos -todavía azorados porque nuestra América se teñía de rojo con sangre de jóvenes contestatarios que se atrevían a gritar- atravesaban el ventanal, recorrían un volcán silencioso, tupido por la nieve, y regresaban en el instante para fijarse en "Los heraldos negros".
Entonces, una entrañable uruguaya servía los churrascos -cena que, por exquisita y abundante, se tornaba en dinamita durante la digestión- y su compañero, mi gran hermano, descorchaba la botella de vino chileno. Tormentoso empacho para los tres estómagos mal comidos. Y en ese cómodo departamento, saludábamos el espíritu de otros poetas y narradores que ensanchaban las ansias galopantes de los jóvenes rebeldes; nosotros tres nos aferrábamos a cambiar el mundo, aspirando los humores ahí anidados de la antigua dueña, La China Mendoza, escritora y periodista del churrigueresco guanajuatense.
Esa Noche Buena, para ser puntuales, Vallejo quiso acompañarnos para darle un giro a nuestras invocaciones, a nuestros sueños bajo un cielo de estrellas conspirativas.
Más de treinta años. Se los llevó el viento. Y ahora, la resaca de otra Navidad. De otros compañeros, de otros hermanos, decididos a retomar caminos de esperanza, no importa que expongamos nuestra cabeza para que nos peguen todos, sin que les hagamos nada.
Tamales de carne de res -ella, Martha, crea y se recrea en los ingredientes, pero es su punto, su mano santa la que termina por imponerse en ese democrático diálogo entre el paladar y el estómago-; el pavo relleno de frutas secas y aromáticos aderezos; los frijoles puercos, estrella del Sinaloa power, y desde que Azucena se italianizó no faltan el tiramisú, un vino de mesa, limoncello y nuestro tequila.
Sigue la resaca de los días y con ella la última noche del año, con la pierna mechada al horno donde Martha empeña su sello. Azucena no se queda atrás y nos ofrece torta di cioccolato bianco e mascarpone. El brindis por los ausentes, la buenaventura -en especial para Héctor y León en Chetumal, donde comparten el pan-, y las gracias por lo que viene: El 2006 con la torta debajo del brazo, para compartirla.
Raúl Antonio Cota, el laureado poeta paceño se ha sentado a la mesa para brindar con su segunda novela "La Niña. Memorias de una adolescente". Y entre el baile de "Vientres planos, figuras gráciles, esbeltas, y de excelsas grupas respingadas", nos cuenta vida y costumbres de un grupo de preparatorianos y pandilleros de colonias populares de un puerto sudcaliforniano, enfrentados a la visión del choque generacional, donde algunos profes intentan encontrar la comprensión de la realidad mediante el ejercicio de la reflexión acerca de la enseñanza paternalista. Recrea su ambiente preferido de La Paz, convirtiendo en personajes ficticios a sus seres queridos y a él mismo, como escritor y maestro, luchando por mantenerse vigente y adaptándose a los cambios culturales de la Internet. Y, a sabiendas de que con Edmundo Valadés, "sólo los sueños y los deseos son inmortales", pretende inmortalizar en sus páginas al ingeniero Ignacio Zúñiga, al licenciado Gerardo Arroyo, al profe Miguel Ángel Solís Rivas y al novelista Francisco Lizárraga.
En otro escenario de catedráticos, en 1984 don Armando Fuentes Aguirre "Catón" y Jaime Martínez Veloz, dejan de lado las diferencias ideológicas en la contienda por la rectoría de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde la circunstancia del autoritarismo universitario detona el espíritu renovador de la vida toda en las aulas magnas, une a los dos personajes, hoy de reconocida presencia periodística y política, y juntos emprenden una marcha de protesta de Saltillo al Zócalo de la Ciudad de México, en un trayecto de 30 días. La crónica del Movimiento Pro-Dignificación Universitaria la hace a gran velocidad el propio Martínez Veloz, en un libro interesante que está por salir a la luz y que formará parte de los anales del movimiento estudiantil mexicano.
Otra histórica batalla, es la que libran nuestros paisanos para conseguir un empleo y una vida mejor. Expulsados de México por el sistema de promesas fallidas, se abren paso en tierras extrañas, navegan contra la corriente de los dos medios hostiles hasta que imponen su férrea voluntad o ceden ante el fracaso. No sólo son campesinos y obreros, al desfile de migrantes se suman cada día más profesionales y empresarios. Todos, aunque encuentren el progreso, anhelan que en su país las cosas cambien para regresar y reencontrarse con los suyos. Este libro lo prepara con ahínco el político, empresario y comunicador mexicalense Xavier Rivas Martínez, quien hoy se ocupa en los Estados Unidos de actividades propias de su vocación. Con bastante fortuna, por cierto.
Del catálogo de recomendaciones que Raymundo Riva Palacio hace a los reporteros en "Manual para un nuevo periodismo", me quedo con el de la contextualización como ingrediente sin el cual no somos capaces de ubicar al lector e informarle de manera adecuada. Sin este elemento, al lector se le desinforma, "y en lugar de ayudarlo a comprender un fenómeno, lo desorienta". Debo confesar que el reportaje es quizá el género periodístico por el que yo me inclino. Por eso, considero razonable el consejo de Riva Palacio: "Antes de iniciar un trabajo (el reportero) debe documentarse acerca del tema. No importa que no sepa absolutamente nada de él". Y esto tiene aplicación para todos los demás géneros. Lo demás se aprende con el oficio que dan los años de práctica. Lo que no se enseña y sí se gana, es la credibilidad, precisamente el capital más importante que a lo largo de una trayectoria puede acumular un periodista, al igual que un político o un sacerdote. Y el camino está en la congruencia entre lo que se proclama y lo que se hace. Para no caer en desgracia. ¿Verdad, don Augusto Roa Bastos?: "El único grande fue mi jefe, el general don Bernardino Caballero. ¡Ese sí que fue un paraguayo de ley! Pero lo metieron en política y lo jodieron…" (El fiscal, ARB).
Estos días de fiesta son bienvenidos, porque ofrecen una mesa bien servida, donde comulgan la familia y los amigos; donde la lectura y el intercambio de ideas encienden la luz de la esperanza. Felices reencuentros que esperamos sean extensivos cada vez a más gente, donde quiera y en las condiciones en que se encuentren.
* Periodista y escritor mexicano.