CARTA A ORWELL (O SI GEORGE NO HUBIERA MUERTO, TODAVÍA ESCRIBIRÍA)
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán *
México D. F., a 22 de octubre del 2003.
Estimado George Orwell:
Creo que todavía es tiempo de desearte felicidades por tu primer centenario. Sé que vas a cumplir muchos años más entre nosotros. Por la vigencia, valentía y contundencia de tus novelas y ensayos he tomado el atrevimiento de escribirte. Dicen que el ejemplo arrastra y yo no intento sino dejarme conducir. También, esta misiva es deudora del Maestro Forzán que me ha invitado a esta fiesta, él que llamó de la palabra, y se me ha ocurrido relatarte discursivamente -qué remedio- un poco de lo que ha pasado en el mundo después de 1950, es decir, desde que decidiste escapar de nuestra mirada.
Recordarás muy bien el final de la novela La rebelión en la granja en la que los humanos, antiguos dueños y enemigos de los animales de la granja y los cerdos festejan haber llegado a algunos acuerdos. También la forma en que al jugar a las cartas los líderes se ocultan los ases bajo la manga y cómo eso provoca un gran pleito.
Déjame decirte que ese pleito se extendió casi cuarenta y cinco años, en un periodo de tiempo que muchos quisiéramos olvidar, conocido como guerra fría, en el cual cerdos y no tan cerdos, socialistas y capitalistas, se amagaron, construyeron armamento suficiente para acabar con todos los animales y las granjas hasta ocho veces. No fueron palos o escopetas sino poderosos mísiles que incluso llevaron a la bancarrota a uno de los contrincantes. Pero vamos por partes.
Los Estados-nacionales, de los que realizaste una crítica feroz de sus excesos nacionalistas, tuvieron un periodo de crecimiento económico en muchos países durante las tres primeras décadas de tu abandono. Y como lo aseguro un sociólogo contemporáneo tuyo (Weber: a mayor sociedad, mayor burocracia), te puedo resumir que tanto en el modelo de economía libre como en la planificada, la intervención del Estado fue inmensa. Casi todos los ciudadanos eran deudores del Estado de una otra forma. El Estado estaba en todos lados y todos éramos el Estado. Educación, salud, diversiones, vivienda, alimento, trabajo y capital tenían al Estado por patriarca. El verdadero gran hermano que te vigilaba y que tan bien anticipaste. Estados que estaban dominados geo-políticamente, por uno de los dos chiqueros en los que la paranoia era el pan de todos los días y los agentes secretos se volvieron verdaderos policías del pensamiento global.
Te mentiría si te dijera que no hubo bajas en este proceso. Muchas muertes en otras granjas, como Corea, Vietnam, Angola, Nicaragua, Cuba, etc. Justamente en este último país parece que se siguió el libro de la novela de la granja al pie de la letra, como si fuera un guión de la historia; desde que el viejo camarada tiene el sueño de la libertad y la justicia, pasando por el trabajo de concientización en las asambleas, los cantos de unificación, la rebelión/ guerrilla, el trabajo voluntario en la reconstrucción, los Mandamientos revolucionarios que se traicionaran uno a uno, la felicidad de la primera época, el liderazgo primero compartido y luego exclusivo y vitalicio, los perros/mecanismos de represión, los absurdos sueños sin sentido como ganar muchas medallas o construir un molino, las confesiones públicas y culposas de los traidores, la construcción de la memoria colectiva, el rehacer la historia a conveniencia de los vencedores o del enemigo externo como factor de cohesión. Es inevitable pensar en Bahía de Cochinos cuando nos relatas la batalla del establo de las vacas. Incluso el líder/comandante ya ha dejado los trajes verde olivo, por unos Armani, finamente cortados.
Es mi triste deber decirte que en España gobernó el General Franco hasta su muerte a mediados de los setentas, sin embargo, a pesar de la derrota de la República, la lección que dio tu valiente generación de jóvenes -en la que contamos a nuestro Octavio Paz, junto a Pablo Neruda o Ernst Hemingway- de ir a luchar en la Guerra Civil junto a lo que consideraban una causa justa arriesgando la vida, lucha en la que te tocó un balazo en la garganta, sentó las bases para poder hablar de una España más democrática como lo que ahora existe. Los que reportaron esta guerra civil no fueron personas que buscaron la fama fácil de los medios, sino asumir en carne propia el destino de un grupo de gente que luchaba por una mejor humanidad.
De tu querida Inglaterra, tengo que contarte que por fortuna no se hizo socialista, sin embargo, a principios de los ochenta llegó como primera ministro una dama llamada de hierro, que con una destreza política más obcecada que la de Napoleón, el cerdo déspota que inventaste, encabezó la transformación del mundo hacia una privatización y una economía de mercado a escala planetaria, sin precedente en la historia, que se ha tornado injusto en cuanto a la distribución del ingreso. Algunos cineastas ingleses como Ken Loach ha documentado los efectos que está teniendo este modelo económico en tu propio país. Pollitos en fuga, por referir otro ejemplo, sigue siendo deudora de tu obra. A partir de ese momento los Estados entraron en un franco proceso de anorexia y bulimia del que todavía no se recuperan, y hay quien sostiene que hasta el cerebro se les ha reblandecido a los gobernantes. No te quiero contar qué pésimos actores (de cine) han comenzado a tomar Posiciones políticas.
Es cierto, tu mirada prospectiva iba hacia una crítica necesaria al socialismo real, porque era lo más cercano al totalitarismo que te tocó vivir, sobre todo después de la derrota del Fascismo particularmente del eje Roma- Berlín-Tokio, entonces tú denunciaste muchas veces que cualquiera “que ose desafiar la ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia”. La ortodoxia es el poder reinante. Poder que tú atacaste sin piedad o concesión por medio de una herramienta maravillosa: la literatura. El poder es desnudado en tu obra denunciando que éste es un fin en sí mismo, que todo lo que hace al hablar, por ejemplo, de revolución, de la preocupación por el otro, de la necesidad de una reconstrucción, y, por qué no, de la urgencia del cambio, no son sino mecanismos de perpetuación del mismo. El poder como la voluntad de imponerse al otro, como la cajita mágica que todo lo posibilita, es una seducción de la que la humanidad no ha podido escapar y que en la segunda mitad del siglo veinte se manifestó con su atroz crudeza.
En México, estimado Orwell, existió un escritor, también militante de izquierda, que también decidió usar la literatura como herramienta de denuncia. Un escritor áspero, profundo y radical llamado José Revueltas, perseguido y encarcelado muchas veces por el sistema político mexicano y mil veces disidente del partido comunista. Humanista, como el que más, que nunca disparo otra cosa que no fuera su máquina de escribir. Como tú, fue un convencido hasta la muerte de un socialismo que no era el que estaba operando y por tanto se vio en la necesidad de luchar simultáneamente en dos frentes: contra el estalinismo reinante y reproduciéndose en el planeta y, al mismo tiempo luchar contra el enemigo natural que marcaba la doctrina marxista: los dueños de los medios de producción. Muchos jóvenes no entenderán la radicalidad y persistencia de estos escritores, hoy que la política es todavía más perversa que en tu época: donde la clase política desayuna con el peor enemigo con el pretexto del género, o se cambia de partido a conveniencia o se cometen actos de corrupción, asesinatos políticos o se negocian bienes nacionales por posiciones políticas. La militancia de Revueltas, como la tuya era de ideales y de ideas que se defendían a costa de marginación, la descalificación o la represión. En ambas obras literarias encontramos dos características de los héroes de todos los tiempos: la toma de conciencia del individuo ante una realidad que lo enajena y la necesidad de ver hacia los otros, de ayudarlos a colocarse los antejos, para mirar lo mismo con otros ojos. Las terribles relaciones afectivas de, por ejemplo, las piezas literarias 1984 y Resurrección sin vida o Los días terrenales son claros ejemplos de cómo el contexto social y político se impone a estos héroes, más allá de su voluntad política.
Querido Orwell, en Francia en los sesentas y setentas del siglo XX hubo un escritor que decidió hacer una magna obra dedicada a rastrear la racionalidad occidental y cómo se realizó el proyecto de hacer cuerpos humanos dóciles, manipulables, productivos, graciosos, ocultos y reprimidos. Michel Foucault señaló filosóficamente que la sexualidad humana también estaba medida por el poder, por ser altamente subversiva. Tú, querido George, lo habías señalado antes, perdóname pero me es inevitable citar este pasaje de 1984:
| La intención del partido no era solo impedir a los hombres y mujeres que formaran lealtades, que no fueran capaces de controlar. Su propósito real, no declarado era suprimir todo placer en el acto sexual. El enemigo no era tanto el amor como el erotismo, dentro y fuera del matrimonio. El partido estaba tratando de matar el instinto sexual o si no pudiera ser aniquilado, entonces de distorsionarlo o ensuciarlo. |
Me da un poco de pena, apreciado George Orwell, pero te cuento que hay un programa mundial de televisión (este aparato que no tuviste la oportunidad de conocer es una especie de tele-pantalla , que en lugar de informes o declaraciones de traidores pasa básicamente anuncios) que en México lleva el nombre de Big Brother (aunque sé que te costará trabajo creerlo) y consiste en vigilar y castigar la privacidad de una serie de sujetos. Esto viene al caso, estimado Orwell, porque en la versión mexicana de eso, se puede decir cualquier cosa -en realidad no se dicen demasiadas cosas, por ejemplo, nadie habla del deterioro ambiental o de la pobreza generalizada en el país-, al contrario la pesadilla de la disminución del lenguaje es un hecho lamentable del espectáculo. El diccionario de neolenguaje, que también es tu invento, incluye en casi todas sus paginas el término “buey”. Lágrimas y risas en la tele-pantalla de todos los hogares, que sin estar obligados observan…
Lo peor es que todo acto de erotismo o sexualidad es severamente castigado con la expulsión del jugador. El sexo es el Goldstein que hay que repudiar pagando la módica suma de veinte pesos.
Inteligente como eres te estarás preguntando: ¡No me salen las cuentas! ¿Qué pasó después de 1989? Para decirlo rápido, se acabó el temible socialismo. No hubo una nueva revuelta, ni hubo tal movimiento en las resistencias para quitar del poder a los gobiernos socialistas. La Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas se desquebrajó desde dentro y se formaron varias Repúblicas, algunas de ellas son gobernadas por mafias, tan ridículas que aparecen en novelas de narcos y películas de adictos al cigarro. El capitalismo que Marx asesinó en el Manifiesto Comunista hace más de cien años, goza de cabal salud y cabalga peligrosamente hacia un régimen totalitario.
Me es indispensable explicarme, y abusando de tu paciencia inglesa te contaré una anécdota. Hace algunos años un servidor trabajo como periodista en una página educativa de un periódico. El director del suplemento era un ex líder del movimiento estudiantil de 1968. Un día escribió un artículo sobre el totalitarismo: hablando del fascismo y el socialismo básicamente. El artículo era bueno lo que hizo que un compañero de la redacción, se animara a continuarlo colocando el ingrediente del actual capitalismo como otra variante del totalitarismo. Sobra decir que el artículo jamás se publicó.
En recuerdo a ese compañero y a ti estimadísimo George, te tengo que enumerar, como seguramente lo harías tú, algunas características de este nuevo totalitarismo que podríamos llamar light, blando o simplemente americano:
Como tú lo observaste, el poder lo que no tiene es remedio. ¿Qué te pacería regresar a hacer la segunda parte de la Rebelión en la granja con estos ingredientes? De verdad te hemos extrañado.
Por último Orwell, creo que la responsabilidad social comienza con darse cuenta, acaso con voltear a ver la luz que entra a la caverna, o escribir en un cuaderno la fecha para reconstruir el pensamiento y la realidad. Y debe seguir, como lo hiciste tú para lograr socializar este pensamiento y escuchar el del otro. Tenemos que evitar a toda costa ser ese personaje que, preso en la cárcel, asegura en tu novela que esta ahí por ser un agente secreto, tan secreto que no se había dado cuenta.
Atentamente, quedo de ti:
Rafael Tonatiuh R B
Muchas gracias.
* Profesor normalista, sociólogo, psicólogo educativo y educador ambiental. Cinéfilo y escritor por gusto entre otros libros de Maestra Vida y La vida es mejor que la Escuela. Recientemente publicó la novela colectiva El maestro Equivocado. Como de nada de lo anterior se vive da clase en Instituciones de Educación Superior.