PODER Y DINERO
Víctor Manuel Barceló R. *
La política en su proceso actual, está siendo alterada en sus formas naturales de expresión, como en los instrumentos para acercarse a los ciudadanos. Ocurre, tanto en la movilización de la voluntad popular para elegir representantes, como en el camino trazado para la atención de los intereses sociales. La incapacidad de los órganos de control -IFE y TRIFE- para delinear rutas y marcar límites, al uso y abuso de recursos, desde antes de los procesos internos, e incluso durante su puesta en práctica, se une a los escándalos políticos. Juntos afectan profundamente la salud de la democracia.
Listado lleno de espinas, que se clavan en la conciencia partidaria -de los agrupamientos políticos que aún la poseen- son los acontecimientos conocidos que, por su negativa significación, alteran la vida toda del país. Desde los años ochenta, como una rutina bien calculada, se definió la tendencia a sumar el dinero a la política. En ese momento fue para navegar en una estrategia de desgaste, contra una porción del priísmo, que manteníamos posiciones nacionalistas, criticando a la otra, que estaba enriquecida, de mala manera. Al interior, fuimos perdiendo espacios de encuentro y nos olvidamos de consolidar el compromiso e implicarnos en él.
Con ello confundieron a quienes carecían de ideas claras y principios consolidados. Se debilitó al PRI -meta buscada estratégicamente- y se fortalecieron tendencias a dos puntas. La derecha, en su afán de rescatar fueros y prebendas, perdidos desde mediados del siglo XIX, en las guerras sangrientas que Juárez y su generación les ganaron, dando a los mexicanos el derecho a su determinación e iniciando la construcción de la patria actual. También se reorganizó la izquierda, en torno a banderas sociales, que a partir de los ochenta del siglo pasado, fueron arriadas por el poder constituido, en aras de una apertura orquestada desde las transnacionales, para hacerse del control de la economía local, vía la oferta y demanda mercantil. Se pudo porque había democracia.
Lo grave es la injerencia de capitales, de todo origen -incluso extranjero- en los procesos electorales de las dos últimas décadas. Bien pensado el asunto, se decidió poner fortunas provenientes del pueblo, en manos de los partidos. La intención fue buena, evitar la influencia castrante del dinero en la política. Pero se nos olvidó lo principal: les dimos dinero -urgidos como estamos para atender ingentes necesidades sociales- para evitar ingerencias extrañas, pero no normamos, seria y profundamente, su uso y menos las transferencias de fondos privados, tanto a los mismos partidos como a precandidatos. El resultado: terrible, nada se puede sin dinero en actuaciones políticas, no hay caminos legales para vencer, con la razón, al tráfico de influencias y la compra de voluntades.
Tampoco se pueden entregar los recursos, etiquetados: un tanto por ciento, para seleccionar a candidatos limpios, ganadores, impulsores de sus compromisos estatutarios para con la sociedad -hoy un simple "estudio de opinión" elimina precandidatos, no deseados por las cúpulas, aún a contrapelo del pueblo y, a veces, sin verificación-. Otro tanto, para capacitar a sus militantes en la comprensión cabal de las razones de ser del partido -el que se trate-. Otro más para promover su ideología, sopesarla en la conciencia popular; rescatar la confianza del pueblo, en el Sistema de Partidos. Nada de eso se hace. No hay leyes ni poder electoral, capaz de encauzarlo.
Desde las precampañas, casi no hay partido -o precandidato que es más grave- que no use tales recursos o de origen desconocido, a discreción. Así: hacen regalos para cooptar, con míseros presentes, a los pobres marginales; producen cápsulas de radio o televisión, de enorme superficialidad, que se emiten en medios, a precios inflados. El interés personal por impactar con su imagen a la población -en el caso actual, por encima del candidato presidencial- oscurece las ciudades y el ambiente, con miles de carteles plásticos. Las aportaciones con que los militantes impulsábamos a un partido, se desvanecen.
El Sistema Electoral Mexicano -junto al Juego de Partidos- vive un momento de alto riesgo. El poder del dinero y la distorsión en el manejo de mecanismos, difíciles de evaluar satisfactoriamente -como las encuestas y estudios de opinión- para decidir candidatos idóneos a diferentes posiciones electorales, pueden provocar un cisma grave en la vida política del país. La atención profunda a estos asuntos, debe integrarse a la agenda del próximo sexenio, en especial a la del Congreso de la Unión, para salvar al Sistema de Partidos, a través del control definitivo del manejo del dinero en la política. ¿Lo harán o será necesario que la sociedad organizada tome cartas en el asunto? (Villahermosa, Tabasco, 26-03-2006).
* Profesor y Licenciado en Economía. Se ha desempeñado en el Servicio Exterior, el Gobierno del Distrito Federal, la Secretaría de Gobernación y el Gobierno del Estado de Tabasco, entre otras responsabilidades.