DE CORAZÓN BELTRÁN
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán *
Alma Corazón Beltrán hizo un pacto con la vida y lo cumplió a cabalidad. Desde su nacimiento la vida le cobijó como a una delicada prenda.
Nació de una madre inmensa y amorosísima; madre mexicana omnipresente, Concepción Torres, de la que ningún día de la vida se separaría. El padre de Alma, Humberto Beltrán hubiera sido el orgullo, en todo tiempo y espacio, de cualquier ejército: gallardo, valiente, osado, preparado hasta graduarse de ingeniería en una época en que una profesión era la ante-sala de la construcción de la patria. Militar sólido, formal, hombre en lo amplio del término. Hombre de una revolución que demostró que en este país se pueden tener muchos bandos, siempre y cuando uno no cambie de lugar.
Esta pareja de afecto y entereza formó un ejército propio: la dinastía de los Beltrán. En ese clan Alma Deifilia creció rodeada de afecto y firmeza junto a sus 4 hermanos -Fídeas, Bel, Rafa y Ramón- y a sus 3 hermanas -La Güera, Conchita y Betina-. A los Beltranes los comenzaron a definir dos cualidades inequívocamente: el corazón y el carácter; aquél los empuja a vivir la vida, les sirve para enfrentar la adversidad. Encarar la vida sin dejar de disfrutarla. Casta de abrazos y firmeza en las decisiones. Por eso la vida siempre envuelve a los Beltrán: reparto de tierra para ser cosechada, perros (polas, mitzucos, etc.) árboles frutales (palmeras, plátanos, granadas, higueras), flores, muchas flores y plantas por doquier. Siempre rodeados de amigos y familia extensa. Vida a raudales, sin duda.
Era casi el paraíso familiar mexicano, preindustrial, de tranvía y paseos dominicales a pie, de los treinta y cuarenta del siglo XX, en la conquista de una Ciudad de México que se ampliaría a diario, en la que, por ejemplo, la hoy Avenida Atzcapotzalco dejó de ser lugar de casas de descanso de las familias porfirianas para convertirse en la frontera de la Colonia Clavería que albergaría a una pujante clase media.
Alma Beltrán crecía en este perfecto país y a los cuatro años ya desafiaba al militar al que no vencieron las balas (cabón chingado). Sin embargo, Alma comenzó a manifestar una pequeña imperfección en su corazón Beltrán: tenía una cavidad más grande y trabajadora que la otra.
Entonces ella miró con firmeza a la vida y le hizo una propuesta: si lograba llegar a un equilibrio en el motor de sanguíneo, se brindaría a la vida en forma plena y contundente. La vida aceptó sin mayor trámite.
Entonces el corazón Beltrán de Alma decidió no detenerse. Empujar siempre sin parar. Estudió en la Nacional de Maestros, y profesionalmente (cómo olvidar su magnífica letra pálmer), sería una profesora entregada: enseñaría a leer a cientos de niños mal uniformados y peor portados de la zona norte del Distrito Federal (entre los que me incluyo en ese salón histórico al lado de mis primos: Joaquín Beltrán Arroyo y Jorge Alonso Natharén, los tres muy buenos lectores). Militará del lado de la razón y la bondad en el movimiento magisterial Othonista en el que se perdieron batallas, pero ganaron la guerra. Sería también una profesional directora que le bastaba aplicar el “r con r cigarro, r con r barril”, para saber el grado de madurez de un niño. La maestra Alma era recibida por una cascada de aplausos cada lunes, por el pleno escolar antes de los honores a la bandera. Fundaría una escuela después del terremoto de 1985 y después se jubilaría, para disfrutar de la vida sin queja o añoranzas de los tiempos idos. Como quien cierra unos de los mejores libros que haya leído, para quedarse con ese grato saber sin volver a él.
Cuenta la leyenda que Alma y Pepe se conocieron en una escuela como profesores frente a grupo y se enamoraron para siempre. El pacto con la vida se fortaleció y creció hasta formar a los que somos: los Ramírez Beltrán.
Como esposa, supongo, tampoco tendrá nada que reclamarle a la vida: se entregó por más de nueve lustros al amor peliagudo con su único y verdadero amor. Una batalla de pasión profunda sin límite de tiempo.
Lo que más asombra, lo que es de destacar por sobre lo demás en esta pareja es la verdadera inquebrantable razón para no claudicar, por estar en las duras, las inmaduras, las maduras, los guisados y los postres. No romper con una unión legalizada por los Dioses respectivos (que pronto notaron que era Él mismo) construida en los días y los años, con comprensión, ayuda mutua, afecto, tolerancia y a veces desesperación.
A sus cuatro hijos -Acal, Pepe, Rafa y Mito- los despertaban a veces con palabras dulces y un chocomilk con dos yemas, al amanecer. Otras con algún reproche por no comer su inigualable y rapidísima comida (uno siempre comprende las cosas tarde) y otras tantas a grito pelado, saliendo al patio de la casa, en plan persecutorio después de que el pie chueco de Pepe rompía un vidrio del estudio, con un balonazo. Con todo este corazoncito formó a tres hombres de bien y una mujer de mejor. Les dio entereza con palabras de uso escaso en la lengua y los diccionarios (enclenque, guiñapo, gabán, etc.). Les regaló oficio y beneficio tejiendo tareas. Los vio muchas veces acercarse al mal y salir bien librados del mismo.
Alma Corazón Beltrán fue intensa y respetuosa, también como hija, hermana, cuñada, nuera, familiar, comadre y amiga.
Cuando este corazón quiso, y quiso justamente y jamás siguió una línea por comodidad o por alguien que se asumiera garante familiar, creía en quien creía y punto. Amó en serio y sin dobleces, como a ustedes les consta.
Alma Beltrán en este pacto pleno con la vida perseveró hasta lograr sus hermosas casas y sus cosas.
Este corazón se hermanaba al de Mozart al no cansarse en demostrar que la belleza existe en este mundo. Que empieza con el cuidado y la satisfacción del templo del alma que es el cuerpo, sin perdonar el sagrado alimento: “Que sienta el cuerpo lo que recibe”, decía. Pero la belleza se desbordaba por sus plantas, flores, jardines, ropa siempre a la moda, y todo lugar que habitó. La estética se le dio a Alma.
Fanática del cine, impuso durante años un record: tres películas en promedio por semana, en la etapa previa al cable, el video y el dvd. Es decir, películas vistas en el cine, como debe de ser. Odiaba repetir una película: desde los créditos descubría cuál era.
Leía y estaba informada, a veces más que el bien informado esposo. Encantada de la música, sin una preferencia, podía escuchar y bailar la diversidad.
Los próximos a ella sabemos que en la forma que mejor se cumplió el pacto con la vida fue en el viajar. Pepe y Alma descubrieron juntos, en forma, al mismo tiempo frenética e hipnótica, sin límite o con el único freno de volver al trabajo el lunes o al final de las vacaciones, conocieron, decíamos, primero México entero y luego el mundo, con sus pueblos y sus capitales de hoteles cinco estrellas o con pangas que se caían a medio río. Alma devoraba paisajes, siempre de copiloto, en el Ford, Vocho, el Renault, el Dart K, el Chevel, el Duster, Datsun, en camioneta, en avión, en camión o barco o góndola. Sólo una devoción misionera se le asemeja a este ir por los caminos. Al que no lo crea se le pueden mostrar las millares de instantáneas compiladas en los álbumes familiares, tomados por una vieja cámara Kodak, que era lo primero que guardaba en su maleta. Sin hacer caso a la brecha tecnológica, cuando llegaron las cámaras digitales y de video pronto cambió su anterior equipaje.
Hoy Alma comienza, sin irse porque estará siempre entre nosotros, el viaje luminoso hacia Dios. Ilumina en todo momento nuestro recuerdo con flores, amor, tenacidad y su grandiosa presencia, con la plena convicción que muchos corazones de raíces Beltrán, y otros que también la quieren, seguirán latiendo por ella y también a su cuidado (mayo, 2006).
* Profesor normalista, sociólogo, psicólogo educativo y educador ambiental. Cinéfilo y escritor por gusto entre otros libros de Maestra Vida y La vida es mejor que la Escuela. Recientemente publicó la novela colectiva El maestro Equivocado. Como de nada de lo anterior se vive, da clase en instituciones de Educación Superior.