Cuento


SOYO


Daniel Petracini *

PRELIMINAR

Un viejo que conozco salió de la ficción y se internó a vivir en una realidad del desierto de Mendoza (entre sal, arena y sol). Lo veo todos los días; me saluda desde hacen seis años.

No sabe que lo esclavicé en mis escritos. Quizás su destino sea navegar entre letras preñadas de un mensaje.

Gustosamente, decidieron acompañar a Moisés, mi psiquiatra y alguien que quiero mucho y nunca me deja: el esquimal; curiosamente, éste me presentó al psiquiatra. Al doctor hace mucho que no lo veo pero si la sociedad lo amerita con sus asedios; seguramente lo buscaré nuevamente.

Pocos entienden que camine sonriendo al patíbulo, es una forma honorable de alejarme de una existencia malograda en tantos aspectos.

Mis críticos dicen que soy negativo, no es así; me defino realista en un mundo sumergido en inmoralidades, indisciplina, falta de Fe y amor a Dios.

A pesar de todo, les pido no me crean.

Hagan sus propias vidas y decepciónense a destajo, tal vez el saldo sea positivo.

2006.

EL MOISÉS DEL KILÓMETRO 24

Una calle incrustada de piedras, entre el horizonte brotado por el sol y el frío asfalto de la ruta provincial, era el territorio del hombre enjuto, sucio y de espesa barba que, fielmente esperaba cada mañana para saludarme cada vez que pasaba frente a la finca. Mi destino una escuela rural, desde las ocho de la mañana hasta las trece. Cada saludo, era efusivo: parecía, siempre, la primera vez. La nube de polvo, que mi auto dejaba, lo engullía; a la distancia, observaba cómo retornaba a su finca. En otoño, invierno y primavera repetía su rutina. Nos saludábamos como viejos conocidos, luego, cada uno a sus cosas. Él, no sé a qué; yo, a mis clases. Tres años esclavizó mi atención por breves segundos, la rutina me obligaba a olvidar su imagen. Esperaba a las ocho menos cinco solamente para levantar la mano; luego a las trece y cinco repetía la maniobra.

Mis alumnos del último curso tenían frío; invierno crudo; la calefacción no funcionaba; afuera llovían agujas; el día pesaba para soportar un profesor; el aula olía a discreto motín pedagógico.

-Hoy no, profesor, charlemos de otra cosa, está muy frío para escribir y somos poquitos chicos.

-¿Qué pasa que hay tan pocos alumnos?, dije luego de escribir la bitácora.

-Cuando llueve faltan muchos porque los caminos son intransitables.

-Bueno; propongan ustedes un tema, estamos adelantados con el programa y podríamos hablar de otra cosa, dije.

-¿Vio el partido de ayer?

-No, no me gusta el fútbol.

-Ufff, ¿De qué hablamos entonces?

-Cuéntenme de qué lugar es cada uno.

-Yo soy de la zona de “La Nueva Colonia”.

Entre pausas, los minutos huían.

-Bien, ¿Quién más vive allí? Dos levantaron su mano, sin comentarios.

-Y usted, ¿De dónde es? pregunté señalando a otro alumno.

-De la zona del Bajo, hoy, vinimos sólo dos.

-¿Y de la zona vecina a la escuela; quiénes hay?

Dos levantaron la mano. La timidez de los alumnos para soltar la palabra, era grande. Respondían sólo si les preguntaba; nunca agregaban extras.

-A ver, señorita, ¿Usted, cómo se llama?

-Luisa, respondió, agazapada detrás de su bufanda. Los vidrios empañados del aula, anunciaban que el resto del día sería de implacable hielo.

-Luisa cuénteme cómo viven acá en el barrio.

-Y…, acá los días son iguales, hay mucho silencio, el barrio tiene treinta y cinco casas, nos conocemos todos; por la tarde tomamos mate y vemos las novelas por la tele, nos calentamos con leña o carbón, no tenemos teléfono pero a un kilómetro hay una salita de primeros auxilios.

El tiempo instilaba; el silencio ensordecía.

-Nada más; agregó con letanías por una vida épica.

Interrumpió el timbre; fue el turno del gélido recreo. Al dejar el aula, recordé al viejo del saludo cordial. Me acerqué a Luisa y pregunté: - “Ya que sos de la zona, ¿Conoces un viejo de barba como a seis cuadras al oeste del colegio?”

-Sí, se llama Moisés, riega la finca donde vive.

Abandonó el aula a disfrutar el hielo sin sacar sus manos del bolsillo. Fui a la sala de profesores a esperar el próximo timbre.

-Sus alumnos del noveno año no han venido, se puede retirar, la escuela hoy tiene diecinueve alumnos, dijo la Directora.

Frío y lluvia, inundaron con soledad el colegio. Llené el libro con un prolijo “sin alumnos”; rehice mi maletín y me despedí de todos. A bordo de mi auto, navegaba en un cremoso camino de regreso.

La sensación de movimiento se perdió en un gigantesco charco frente a la finca de Moisés.

Los esfuerzos de mi automóvil por avanzar fueron detenidos por la mano sucia del viejo que gritó “–Detenga el motor.”

Así lo hice frente a los gestos del personaje que intentaba instruirme para salir del charco.

-Baje del auto, ordenó.

Con mis zapatos embarrados y parte de los pantalones mojados me situé a un costado del camino.

Me acerqué suavemente a él.

Extendió su mano -Moisés dijo.

-Mucho gusto Moisés, respondí.

-Lo sacaré de acá; ya vuelvo; espere que traigo el azadón.

En minutos volvió, cavó en un costado del charco para permitir que el agua drenara al canal lateral.

–Ahora debemos esperar. Barrió el paisaje con una mirada y se ancló en mis pupilas.

Agua y barro buscaban el cauce liberando las ruedas.

Saqué cigarrillos y me aceptó gustoso. La trituradora de tiempo, ya en marcha, me impulsó preguntar -Moisés, ¿qué trabajo hace acá?

-Bueno…, yo riego la finca y cultivo marantas.

-¿Marantas?, repetí sorprendido.

-Si marantas, en este suelo pesado las marantas viven mal, a veces florecen, otras veces no; en 20 años florecieron sólo una vez. -¿Y usted, trabaja en la escuela?

-Sí, en tres cursos, doy biología, son chicos muy buenos, agregué. -Tengo una alumna llamada Luisa, ¿la conoce?

-Sí, a ella y a su familia desde hace 20 años. Buena gente, agregó sin titubear. -Vivo acá hace muchos años; conozco a todos: es mi universo personal… (Sonrió sigilosamente.)

Agua y barro habían liberado mi automóvil por completo.

-Pruebe salir ahora, ordenó.

Subí al auto, y lentamente avancé zigzagueante por el lodazal.

Estacioné en lugar seguro bajo su mirada tutora, apagué el motor y volví a él.

Quise ofrecerle algo de dinero por sus servicios, pero lo rechazó; tomé el paquete de cigarrillos que tenía y se lo di; aceptó de buena gana; estreché su callosa y arrugada mano en son de sincero agradecimiento y me despedí.

Desde el espejo retrovisor, podía verlo levantar su mano de impotente dios local, regresando a su triste felicidad.

El día de mercurio se estiró implacable, insolente y gélido. En mi mente bailaban sus marantas renegadas.

Tal vez podría ayudarlo, si buscaba bibliografía, y se la regalaba para que tuviera éxito. Consulté a un agrónomo compañero de trabajo: me desalentó artesanalmente.

-Acá, en Lavalle, es muy difícil que las marantas se críen si no se les acondiciona la tierra especialmente y se les provee de un microclima húmedo y cálido. -Son de clima cálido.

Era imposible ayudar a Moisés; tierra y clima inaptos.

Quince días después, en un recreo, me acerqué a Luisa para comentarle lo sucedido con Moisés durante el día de la lluvia pasada.

Hizo una mueca, seguida de lástima que no comprendí claramente.

Continué con mi relato sobre Moisés, mis deseos de ayudarle.

Abruptamente, Luisa me interrumpió con un ademán de manos y dijo.

-Profesor, en la escuela lo queremos mucho…

-Sí, asentí.

Usó una pausa de sonidos mudos.

-Profe, no se enoje por lo que le voy a decir; es más, no quisiera tratarlo de mentiroso; compréndame usted.

Cambió su tono de imperativo a misericordioso.

- A Moisés lo conoció mi familia desde hace veinte años, o más; y yo, bueno… desde muy chiquita.

Hablaba con paciencia extrema.

Su generosidad eludía, a hurtadillas mi dignidad, trataba evitar herirme, sin saber bien cómo hacerlo.

Inspiró suavemente y luego jugó su última carta en palabras. Suavemente dijo:

-¡Profe!, Moisés nació sordomudo.

DR. RODRÍGUEZ

En la alcancía desigual del horizonte, octubre, guardaba su gigante moneda de cobre.

Un tesoro, un recuerdo que mañana, sus gastadas neuronas confundirían con otros días iguales. Navegaba en las últimas sombras de una turbia sala de espera.

Se abrió la puerta; el psiquiatra despidió al paciente y fijó su mirada sobre el viejo. Levantó su mano, en ademán de espera.

Una mirada cómplice asintió; entre una puerta que se cerraba y los ojos del médico.

Sin pavor, se cobijó unos minutos entre las sombras, hizo su pausa hueca y reubicó el esqueleto a la circunstancia.

Una enfermera de tez arrugada y caderas de hormigón, arrastrando su insaciable curiosidad preguntó -¿Espera al doctor Rodríguez?

Demandó respuesta; él solo estaba de espalda.

Con una mano tocó su codo e iteró la pregunta.

Él giró suavemente y le clavó los ojos en la boca para leer. Entre gestos locuaces señaló la puerta del consultorio: fue expresivo, preciso y exacto.

-¿Quiere que le avise? Su mano presurosa señaló que esperaría. Agregó en señas, datos extras, que la enfermera entendió. Continuó su camino.

Su mirada quedó anclada al hormigón. El oscuro pasillo engulló al monstruo, lentamente.

-¿Hay más pacientes? -preguntó el médico a su secretaria. -Bien, estaré con el último; por hoy, nadie más. Colgó el tubo. Abrió la puerta. Lo vio de espalda, dio un paso adelante y tocó el hombro suavemente. Él giró; con un ademán lo invitó pasar.

Se descubrió la cabeza, peinó su barba con los dedos de la mano. Tímidamente caminó hasta la silla vacía. Cayó, lentamente. El miedo había invadido nuevamente su cuerpo; el olor a tabaco lo envolvía.

La nariz del médico lo acusó pecador; usó su procaz mueca mercúrica. -Quiero saber de qué lado del mostrador está, dijo severamente el médico.

Con ademanes, el agricultor, señaló “de éste; del suyo no...“

-Mire, somos grandes; ¡basta ya! Con el tabaco, las hizo todas; lo matará... sin duda lo matará.

Levantó los hombros simulando un, ¡qué me importa! Las cartas están dadas, gesticuló suave. Estiró sus piernas y reclinó su cuerpo en la silla.

El médico había cumplido con su discurso.

Él también.

Se traicionaban desde siempre. Ambos lo habían descubierto.

La meiosis estiró la culpa. Las manos del hombre bailaron en el aire...

-Sí, comprendí, dijo el médico. Levantó el teléfono, su secretaria no contestó. En el pasillo mortecino se paseaba la custodia.

Levantó el tubo del teléfono y escuchó al médico preguntar cuántos había en espera.

-Soy la custodia, doc; tamos solitos en este sector del hospital.

-Me quedaré un rato más con un paciente y salgo, replicó el médico.

-OK; lo espero en el control de salida; chau doc.

-Hasta luego, respondió el médico.

Rodríguez gesticuló paz, con manos inexpresivas. Su mirada, vagó al infinito... Encendió la lámpara del escritorio. Se incorporó, apagó la luz central del consultorio y retornó a su lugar. El cono de luz dejaba ver las manos de ambos.

Rodríguez retrajo sus mangas y un epicúreo reloj, se desnudó ante los ojos del viejo.

El médico conducía el clima del lugar.

El hombre llevó su mano al bolsillo, sacó un paquete de cigarrillos del gastado overall, y ofreció al médico, que metió su mano al cajón sacó un cenicero y posó sobre la mesa.

El agricultor encendió un cigarrillo y abandonó la demoníaca tentación, sobre el escritorio.

-Creo en la libertad que nos rodea, dijo mansamente Rodríguez. –No quiero fumar, dijo el médico (reforzó su monema.) -Soy un ex fumador malhumorado, hasta trashumante de miserias, pero nunca un suicida. -Sé perfectamente qué pasaría conmigo si acepto.

-Por hoy, seré nuevamente un fumador pasivo.

-Me privo de muchas cosas durante el día; soporto agravios de empleados que acosan furtivamente con preguntas que no debo responder; pacientes que exigen respuestas desconocidas; algunos están al borde del suicidio, la conciencia me tortura, soy impotente con una realidad desbordante y limitada. Su muñeca metálica temblaba al hablar. Su voz, cortaba el humo que infectaba el cono de luz. -Sé que sus servicios son impagables. Su mirada de cobre atravesó inútilmente el cucurucho de luz. Buscaba ojos cenceños. -Sé, también, que debo guardar “el secreto que nos une”.

-Tal vez sea un trato tácito... Implícito, o no sé qué. Asintió con su muñeca de aleación humana y acero, señaló al viejo y su pecho. -Tal vez un intercambio (dudó.) Dejó abrir su mano, en señal de alabanza. -¿Con quién se confiesan los curas o jueces corruptos? ¿Por qué debo ocultar sentimientos artesanalmente?

-¿Quién puede huir de Dios?, ¿o de la propia conciencia?, ¿Hay algún alma generosa que escuche a este psiquiatra?; dijo con el puño cerrado y el índice apuntando al corazón.

Las expresivas manos bailaban entre el humo y la luz del escritorio.

La mirada del fumador estiró la luz al infinito.

Su ternura no tenía fin; era sutil, como la pasta que trepaba por la lámpara.

Una arruga estiró la muñeca principal y desnudó los demacrados dedos con restos de tierra y pasto (recuerdos de labriego.)

El labio se le enderezó prolijamente.

Detrás de la sombra que enredaba el humo con su barba; dejó salir un trocito de tabaco que obstruía sus labios, mordió una brizna de pasto entre los dientes y dijo: -Tranquilo doctor..., entiendo su estado, escucharé, hoy... mi universo será suyo. Comience su catarsis... -solo por hoy, no seré sordomudo, replicó Moisés.

EL ESQUIMAL

-El que me habita nunca piensa; usa algunas palabras para expresar sentimientos, me llena de vacuidad.

Los aros de humo que danzaban en el cono de luz, los rompía su mano arrugada y sucia al barrer el espacio. Tal vez, no quería molestar con una vieja tentación. La muñeca forrada con agujas aceradas gesticulaba una clase magistral.

Su mano palpó el nudo muscular del cuello; quiso disolverlo; el arcaico dolor lo amilanó del intento.

-Nunca descansa, se aprovecha de mí; me sorprende en momentos de soledad, manejando; en la ducha o antes de dormir; es frío, calculador; implacable. -Se disfraza de ángel, víctima, padre, demonio, hijo, chofer, amante, y, sobre todo, me engaña. Continuó.

-A veces... me hace lucir feliz (titubeó).

El cigarro dormía en un costado del cenicero.

Estiró su atención… el aspecto sucio y abollado del objeto humeante se dispersó con un insecto insolente que irrumpió sobre el fangoso cucurucho de luz... recordó ser el dueño de la palabra, engulló una pausa y continuó.

-¿Cómo sería la vida sin dignidad, equivocaciones, orgullo, aprendizajes, dudas, Fe, arrepentimiento, memoria, humillaciones, soledad, amor?

Su filosa atención ahogó de olvido el cigarro. Reclinó el cuerpo; sus manos cruzaron los dedos (entre ellos jugaba un insecto.)

-He generado arrepentimientos, furia, desconsuelo, huidas brutales; necesidades desconocidas... muchos se refugiaron en la tumba para olvidar; y ¿sabe qué? -aseguró con brutal perfección- no me consta que pudieran contra él.

No pudo huir de sí; sintió un impulso de locuacidad académica.

Una pausa de almidón tapizó el consultorio. Tal vez, una lágrima quiso huir disimuladamente.

-La realidad me debilita; no sé qué deseo de la vida, que me llega (o deja...), veo pérdidas desatinadas me cuesta vivir con “Él”, mi esquimal interior, así lo llamo.

El silencio labriego lo indignó.

Quiso acortar distancias con una risa cómplice; quería obligarlo a que abandonara su postura reclinada y fracasó prolijamente.

-El esquimal anidó en una rama de mi memoria; me acosa impiadoso, se mimetizó en mi paisaje interior, es un fantasma inasible. -Su curiosidad insaciable nunca descansa, me sumerge en dudas; me presenta nuevos miedos; olvida mis aciertos. Me trastorna, con su frialdad; su memoria muerde mi dignidad; me resucita con refrescos temporales y vuelve a la carga.

-Olvide a Freud, Piaget, Young, Frankl... a todos, interrumpió Moisés, mientras armaba otro cigarro -fueron hombres con dudas parecidas a las suyas; hoy lo escucho a usted; al esquimal déle vacaciones sólo por hoy.

Tras la bata blanca, un entretejido vello, enmascaraba la indignada corpulencia del médico; las sienes inflamadas por el rechazo, lo obligaron a incorporarse.

Estaba decidido a dedicar una clase magistral al profano; caminó rodeando el capirote de humo.

-Castaneda lo llamó “el volador”; otros “conciencia”; Paulo Cohelo aseguró que: “Dios escondió el infierno en el centro del Edén” (intentó parábolas para conectarse con su iletrado oyente).

-Olvide lo que sabe; crea en lo que ve, dijo inmutadamente el viejo (atacó en otro ángulo)... -usted cree en la continuidad de la materia, y no es así; eso creían los griegos y parece que hasta hoy algunos continúan pensando igual; algunos piensan que los hechos son lineales: responden a causas concretas. -El universo no funciona así; dijo el viejo (y cerró su arco voltaico.) -El espíritu tiene continuidad, dijo con palabras de tungsteno.

Interrupción brutal.

El médico, se congeló en la esquina del consultorio palpó su nudo muscular.

-Continúe, dijo el doctor.

-Amor es armonía en desacuerdo. Veo que tiene demasiados desacuerdos. -Libertad es saber elegir, aunque para ello deba perder la suya. ¿Le queda libertad para perder? -Recapacite. Sepa que la realidad no existe. De ella sabemos muy poco. -El conocimiento es limitado; es la causa de su angustia. Somos solo la expresión de nuestros pensamientos. -La ignorancia es infinita; soy feliz con ella. La forma de codificar su vida es una ecuación líquida.

Mientras escuchaba el soliloquio del viejo, el médico había retomado su lugar en el escritorio sobre su silla de seguridad ontológica.

Estaba sorprendido por las ideas escuchadas.

Nunca nadie en su consultorio o en sus clases de facultad, fue capaz de bailar con ideas filosas en tan poco tiempo.

El médico estaba mudo.

No podía responder; palpaba el nodo muscular que agudizaba su presencia.

El brazo no era conocido por su cuerpo; no sabía si estaba allí; giraba la cabeza buscando el cuerpo que no veía.

Era un fuego frío, de olvido presente que lo torturaba; tal vez el esquimal tenía una nueva estrategia para doblegarlo. Intentaba mirar su brazo y no lo podía ver, solo había un espejo que lo reflejaba sin brazo y de medio cuerpo.

Solo, completamente solo en el consultorio.

-¡Hey doc! ¡Hey doc! Despierte, dijo la custodia. Alguien llamaba, poco entendió por la confusión de sus sentidos

-Vaya a casa, y descanse; se durmió sobre el escritorio.

PEQUEÑO PEDRO.

Arrogante, el sol zumbaba su dedo sobre las calles del pueblo.

Treinta y cinco casas, abrasadas de sol y arena, observaban caminar entre sus calles al “pequeño”; así apodaron al sujeto inmenso, velludo, generoso y escaso cerebro.

Sólo Mercedes, influía sobre él; decidió cruzar el límite de la ley de DIOS; el “no matarás”, ese día, estaba relegado para pequeño Pedro.

El pavonado del cañón se escondía bajo la axila húmeda y salada.

Era la misma escopeta que usaba para cazar liebres.

La sucia jardinera terminaba en botines grasientos y pelados de tanto uso.

Los secos golpes, en la puerta de Rosa, no se hicieron esperar.

La mujer abrió su puerta a Pequeño Pedro.

-¡Dónde está! increpó lento y seguro por su determinación final Pequeño Pedro.

-Se fue dijo aterrorizada. Cuando vi a Moisés tras el visillo no le abrí la puerta.

Pequeño Pedro giró su bestial presencia, miró la montaña, decidió embestirla y caminó, titubeó al recordar no haberse despedido respetuoso de Doña Rosa.

La puerta permanecía abierta, con Rosa observando. Volvió sobre sus pasos, quitó su sombrero con respeto; besó la mejilla de la anciana, pidió su bendición, giró y arremetió la montaña.

-Olvídalo; a todos nos tocará; ¡la parca y la vida son una!, gritó Rosa.

Pequeño Pedro no escuchó; las palabras de Rosa reforzaron su decisión.

Caminó con más vigor bajo el sol.

-¿Qué pasa, abuelita? dijo Luisa.

-Pequeño Pedro busca a Moisés, con una escopeta bajo el brazo; tiene mal humor; parece que hoy, alguien morirá.

-Pero si Moisés no vive aquí, hace mucho que no viene al pueblo -dijo Luisa.

-No es así hijita, esta mañana vino; no abrí la puerta por miedo.

-¿Miedo a Moisés? ¿Miedo al sordomudo ése? -dijo Luisa.

-Hijita, en el pueblo pasan cosas que vos, no conocés; sos muy pequeña para eso.

-Abuela, sé que Moisés es sordomudo; apenas escribe y riega en la finca donde trabaja; sé que en éste pueblo pasa menos que nada; alguna muerte de vez en cuando; alguien que se cambia de casa y nos deja; aparte de eso nada más.

-¡No!... gritó entre lágrimas secas su abuela. -Seis años atrás, Moisés visitó a tu madre, dos horas después de la visita, murió; el médico dijo que fue un infarto. -Un año después visitó a tu padre; ocho meses más tarde a Doña Emilia y después, a la tía María...; todos murieron igual. -Hablé con Mercedes, Justina y Lola: sabemos que Moisés tiene o sabe algo. -¡No debe visitar a las personas para despedirse de ellas, porque sabe que van a morir! -¡No puede sembrar el terror entre los habitantes del pueblo con diabólica presencia! -Parece que Mercedes, dio alguna orden a pequeño Pedro..., ¡no me gusta creer en lo que sospecho!

-Abuelita, significa que si Moisés te visitó...

-¡NO! gritó enfáticamente; puede equivocarse; quiero creer que es así...

-¡No te me mueras abuelita! ¿Qué será de mi?; dijo entre sollozos, Luisa.

-¡Vamos; te doy leche con torta, prendé la tele y terminemos ésto!

La arena caliente y el despiadado sol, dieron a su caminar potencia de acero.

Tomó el atajo del arroyo seco.

Cruzó los alambres y feroces colmillos guardianes esperaban.

Disparó al aire su escopeta, las bestias se dispersaron con terror. Metió su mano al bolsillo, sacó un cartucho y recargó la boca del pringado demonio.

DIOS no quiso detenerlo.

Una gota de sudor rascó su barbilla.

Su mano izquierda descubrió la cabeza mojada, dejó caer el sombrero sobre las marantas. Los perros atacaron el grasiento escudo solar, en señal de venganza.

Empujó brutalmente la puerta; su espalda ignoraba el sol, que se estacionó sobre la mesa del rancho.

Estaba, sentado, inmutable, con un lápiz en su palma.

Golpeó en el hombro y cayó al piso. La boca abierta, con espuma y sangre; su mirada ciega, inmóvil, entre el revoloteo de moscas purulentas, afirmó la sentencia. Sobre el papel, letras que no podía reconocer. Guardó el papel junto a los cartuchos del bolsillo; retornó a su casa con paso vivo; ya no importaba DIOS, no importaba la orden de Mercedes; ni las últimas palabras que escuchó de Rosa; no interesaban las dentelladas de los perros a sus talones. El pueblo debía saber. Era lo urgente, su cerebro estaba ocupado en una nueva misión. El agua escurría su cuerpo, se inundó generosamente.

En la mañana posterior al sepelio, de cromo y nubes, Mercedes acompaña a Rosa a su casa; llovería pronto.

-¡Luisita! vení, ¡Vos que lees bien!; leé el papel que trae Mercedes.

-¡A ver!, dijo Luisita con buena disposición; tomó el papel. Su asombro y desconcierto entre signos hizo titubear su lectura silenciosa preliminar.

Trituró el silencio con breves lágrimas densas y balbuceó:

-“Ayúdame Rosa que me mue...”.

SOYO

Entre piezas inconexas; la realidad, se manifiesta. Examínela cuidadosamente, verá que la verdad se oculta detrás de cada hecho singular que nos rodea. “Use la imaginación, es el ojo del alma”. Aseguró con risa de bronce.

-Dudo de su palabra; “tal vez la duda sea uno de los nombres de la inteligencia”, dijo Borges; no veo cómo articular una realidad desde las piezas rotas que se presentan; aunque, siempre faltan piezas, dije; cercando la imagen.

-Acertó. Ésa es la causa por la que me transformé en un guardián del silencio, dijo tiernamente; “el que confía sus secretos a otro se hace su esclavo”, la mayoría se comporta así.

-¿Cómo? pregunté desorientado y confuso.

-La realidad es una; me fundo con ella; la gente se divorcia de ella, confía secretos a otros; nunca comulgan con el universo.

Siguió su leyenda.

-Con diez personas que digan algo diferente de UD. tendré diez piezas suyas. Repitió con sangre de arena.

Inspiró profundamente dejando que la humedad otoñal palpara sus pulmones.

-Si diez personas dicen algo diferente de mí, probablemente no puedan alegar más, que soy sordomudo.

-He abandonado todo desde hace años: liberé mis afectos, y sus arrastres fútiles, que dibujan una realidad farsante, dentro de la que cada uno se incrusta a vivir, entre debilidades y necesidades, prefabricadas para la ocasión.

Levanté mi mano pidiendo una pausa; sus ojos asintieron, sus dedos enderezaban la mugrienta barba.

En esfuerzo ecuménico por entender, dije: -¿UD postula que con las relaciones interpersonales nos desintegramos y perdemos nuestra identidad?

-Es poco, señaló en grito mortal…,

-"Aprender sin pensar es inútil; pensar sin aprender, peligroso", dijo Confucio.

Sostuvo su mirada y la envolvió de silencio esperando mi reacción.

La meiosis fue policromática.

Quise atacar con palabras más sabias para intimidar su predicción y expresé suavemente, -alguien dijo que “el lenguaje es el vestido de los pensamientos”; otro alguien, expresó: “los problemas son oportunidades de demostrar lo que sabemos”, pero si no hay diálogo u oportunidad de equivocarse con las relaciones interpersonales, no entiendo su predicación; ¿piensa que cultivando marantas aprenderá más que otros de la vida?; ¿UD piensa que guardando silencio o aislándose de las relaciones humanas, ascenderá al ser universal?; ¿sustraerse del inconsciente colectivo lo salvará del holocausto que implican las crisis personales y su aprendizaje?.

Levantó su mano pidiendo una pausa.

Barrió el paisaje con una mirada insolente. El sol lustró su cara. Señaló la sombra de un álamo y nos refugiamos.

Sacó su tabaco de armar; yo, convencido de una victoria fugaz, le ofrecí mis cigarrillos. Aceptó.

El rito de buscar fuego, dio tiempo para un nuevo embate.

Encendió y aspiró profundo; la vida llegaba a sus neuronas abstinentes.

Dijo suavemente –ya veo con quién hablo...

-Científicos; esos que trascienden la realidad para que la plebe avance; filósofos que piensan por otros, escriben libros, tienen mucha historia personal; seres capaces de dirigir la vida de los demás a cambio de que nadie piense en sus compromisos existenciales, ni con el universo ni con DIOS; todos, se parecen a todos.

-Algunos defectos tengo, repliqué con acritud maligna.

Levantó su mano pidiendo la palabra. Su cara transmutó a compasiva y serena (me recordó un verdugo antes de trabajar.)

-Jugaré su juego, sólo por hoy… sólo por hoy…, repitió misericordioso.

Se mimetizó lentamente…; de agricultor obstinado, ahora; a letrado; acomodó su imaginaria corbata antes de subir el estrado. Ancló su mirada en mis pupilas.

-“Siempre hay un lenguaje que va más allá de las palabras”, Pablo Cohelo, agregó; "pensar contra la corriente es heroico; decirlo, una locura", dijo Onezco; "me esfuerzo en entender preguntas, no en responderlas", anotó Confucio en la antigüedad; “la verdad de un tiempo, es error en otro tiempo”, dijo Montesquieu; y ahora, nos asistirá su amigo Arthur Schopenhauer: “lo único inmutable del universo, es el cambio”, repitió a Heráclito y Aristófanes antes de Cristo, con variantes. -¿Alcanza para UD, o sigo?, le gusta alimentarse de gente que pensó; creo que nunca aportará cosas nuevas, a su universo, al mío, ni al inconsciente colectivo; ése…, que nombró recién.

Pació un burlesco silencio; ya no era el mismo campesino que saludaba desde el camino; un zahorí que cultivaba marantas en el desierto; no era el que escuchaba los berrinches del psiquiatra en crisis.

Había crecido de tamaño, permaneció en silencio encendiendo otro cigarrillo que tomó sin preguntar. Sopló el otoño con su aliento turbio y agregó “no hay viento favorable para el que no sabe dónde se dirige”, según su amigo, Schopenhauer.

Con pausa otoñal oxidada y fortalecida añadió, "hay dos formas de llegar al desastre: una, pedir lo imposible; otra, retrasar lo inevitable" mansamente miró las montañas y conjeturó el ocaso.

Me miró fijo nuevamente.

-Profesor, me cansó su sordera existencial…, "nada parece tan verdadero que no pueda parecer falso", UD es un invento social, artesanal, de fracasos; "el hombre es la suma de sus fantasías, la fantasía no es otra cosa que un modo emancipado de memoria y del orden del tiempo"; el inconsciente colectivo con UD, triunfó; es predecible y alienado. -Contabilice sus ganancias y pérdidas… no dejaba de mirarme.

Me apabullaron sus palabras de barro. Mi ego; una masa informe que buceaba entre las hojas del suelo sin encontrar refugio. Volvió al ataque.

-¿Cuántos sueños tuvo?; ¿Cuántos se cumplieron? ¿Hoy, es UD lo que programó de su vida? “La libertad se construye día a día, rompiendo cadenas; ¿rompió alguna vez una?”.

¿Qué quedó de los sueños que tenían sus padres para UD? ¿Sabe qué?, UD me caía bien; pensaba que era diferente a los demás. Quise ayudarlo.

Sus palabras me irritaron por sorpresa;

-¿cómo?, pregunté.

Abatido, el sol huyó tras las montañas; insectos estoicos chocaban contra el muro de las palabras de Moisés.

-Verá mi vida de soledad hizo que la persona de mi interior huyera, eso es consecuencia directa de mi ascetismo; luego apareció UD ese día de lluvia, exhibió temores y dudas bien cultivadas; pensé mucho en UD, vi fértil el camino a su interior; solo tenía que conquistar su lealtad; decidí transformarme en el ser interno que lo acosó; ése que UD esquiva si está solo; ése que lo turba al bañarse, dormir o manejar; soy yo; su “esquimal”.

-Me voy, nunca más sabrá de mí.

Desperté recordando que había viajado hasta el desierto por respuestas.

El motor de mi auto había calentado y me había detenido para que se enfriara.

Evidentemente, me había dormido en posición incómoda.

Abrí el portafolio, necesitaba consultar el horario y los cursos de los colegios donde trabajaba.

Dudé continuar mi tarea del día.

Encendí un cigarrillo, bajé el vidrio de la ventana; abrí mi agenda y saltó un papel escrito con letra desconocida y en lápiz que me esforcé por leer:

"Sólo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece".

Jorge Luis Borges.

Mas abajo un garabato apenas legible decía “soyo”.

¿Cómo llegaría ése papel a mi portafolio? Releí.

Inferí que pretendía decir SOY YO.

Sonreí con ironía, tiré el cigarrillo, encendí el motor y salí del lugar mientras pensaba en una realidad imaginaria y agotada.

No más, por hoy…

Estoy cansado sin ganas de dar clases: mi sueño me abatió para todo contacto humano.

Adelante, la policía caminera me detuvo.

El oficial pidió mi permiso de conducir.

Su cara me resultó familiar…

–Todo en orden profe, siga su camino, dijo el oficial.

Devolvió mi licencia con un papel anexo prolijamente doblado, -normas viales, o de vida, dijo con su mirada llena de vacuidad.

Guardé todo presuroso y huí del lugar.

Dejé la ducha, en mi mente sonó la palabra profe…, pregunté, ¿el oficial me conocía?

Hurgué en mi billetera la licencia y el papel anexo.

Rezaba, escrito en lápiz y letra familiar, lo siguiente:

“Que no sea la ironía el último recurso de su razón, por explicar la realidad”. Moisés

ANGEL, SE NECESITA

-¿Un ángel? ¿Por qué un ángel?

-Me han dicho que hay muchos que asisten y ayudan. Hasta tienen forma humana y se nos acercan con buenas intenciones. Vivo en un pantano de dudas, no entiendo el funcionamiento de la sociedad; mis preguntas casi no tienen respuestas. He descubierto que esas respuestas dependen de la voluntad de las personas. Las soluciones técnicas a todo problema humano son, en su mayoría, viables. Dependen solo del dinero. Las soluciones que brindan bienestar espiritual son las que faltan. Hace treinta años que, como biólogo, busco una definición de vida pero solo encontré pocas satisfactorias una es magistral.

-Te escucho, dijo arrugando su frente.

-La vida es la consecuencia directa de la disposición del carbono en el espacio, fue la primera que encontré. Luego apareció un ecólogo que dijo que la vida es sinónimo de organización, es decir que todo ser vivo debe tener organización desde lo pequeño a lo más grande, sino se extingue. La primera definición me parece muy físico-química, realmente me desalienta pensar que Dios se conforme con un fenómeno tan desnudo.

-¿Cómo ves a Dios en tu interior?, me preguntó sorpresivamente.

-Cada ser tiene una idea diferente de él.

-Es lo más común, dijo inmutable.

-Lo veo como un trabajador incansable en su acción creadora, presto al amor de sus criaturas y al perdón de los pecados. Sos un agradable desconocido para mí. Te veo ojos familiares pero no me acuerdo de vos.

-Es verdad que me conoces, más no con esta apariencia. Pediste hablar con un ángel y acá estoy. Si te puedo servir en algo vení a mi casa mañana a las seis. Esta es mi dirección. Me dio un papel escrito a lápiz, con letra conocida.

Abandonó el banco de la plaza que compartíamos, fui por otro helado para reponer el que se derritió mientras veía su espalda alejarse.

El helado de chocolate y espinas de algarrobo se incrustaba entre mis tripas llenas de curiosidad y asombro.

¿Cuando pedí un ángel?

¿Me estaría engañando?

¿Sabía más de mí que yo mismo?

¿Iría a verlo mañana?

El papel prolijamente doblado en mi bolsillo parecía tener latido propio.

Estudié la letra y me recordó cosas ya vividas.

¿Sería otro dejá vu? Caminé lentamente hasta mi auto, divisé bajo el limpiaparabrisas un papel doblado, una infracción vial. Desalentado lo quité y me lo guardé en el bolsillo, estaba junto al sticker que un alumno me regaló al finalizar las clases, había olvidado el hecho y la circunstancia, mientras lo pegaba en mi parabrisas me dijo “cuando lea esto, se acordará de mi”, nunca volveré a la escuela me recibo y voy a vivir otra provincia, rezaba: Ángel se necesita”.

Volví a casa.

Otra heladería me detuvo frente a mi adicción diaria de verano y otoño.

Absorto por los sucesos de la plaza, vuelvo al auto y encuentro otro papel bajo el limpiaparabrisas.

Esa tarde estaba forrada con ironías; tomé el papel y lo amalgamé al primero dentro del bolsillo.

Encendí el auto y me dirigí a casa.

Yo, el rey de los curiosos no había leído las multas viales. ¿De qué se me acusaría? Dos papeles latían en mi bolsillo.

Decidí tomar la curiosidad entre mis brazos y dejarla morir…

Después de atender mis plantas y cocinar la cena, tomé los papeles de mi bolsillo; los saqué ordenadamente para leerlos. Al abrir el primero la redacción con lápiz decía: La tercera definición de vida es: “LA VIDA ES UN MILAGRO” (la sacaste del Génesis en la Biblia.)

Mis ojos no podían comprender lo releído tantas veces en un minuto.

¿Cómo supo la tercera definición si nunca se la dije?

Retrocedí a mis clases donde toqué el tema, hacía 4 años atrás en un curso para adultos.

Encendí mi computador y busqué la lista de alumnos 4 años atrás. Recordé a un alumno cubano con el que discutí seriamente ésa definición: un tipo muy culto que escapó de Cuba con su mamá como balsero y fortuitamente llegó a Argentina. No se parecía al fulano de la plaza.

Anclado en un pantano de curiosidades me dispuse a mirar el segundo papel.

Lo saqué del bolsillo y antes de desplegarlo a trasluz busqué algún sello policial que no pude descubrir, abrí y leí

“seguramente llegarás antes que yo a mi casa, ponte cómodo y espera”

... Y EL VELO CAERÁ.

Estacioné mi automóvil frente a la dirección escrita en el papel. Era una zona roja de la ciudad, reducto de gente dudosa. Me dio miedo dejar el auto solo con la alarma activada.

Abrió la puerta de la vivienda y vino a mi encuentro.

-No tengas miedo por tu auto, he dado instrucciones para que te lo cuiden, pasa, que te sirvo algo. Sentate acá y señaló un banco de totora frente a una mesa sencilla.

Obedecí mientras escudriñaba con la mirada a mi derredor.

Desapareció rumbo a la cocina y volvió con los enseres, diciendo –mate amargo de yerba azul despalada, para mi un cortado agregó.

Volvió a su cocina.

Un florero y un pasaporte sobre la mesa era la única decoración del lugar.

Cargué el mate de yerba; tomé el pasaporte para husmear mientras volvía con su cortado.

Me sorprendió con su pasaporte entre las manos.

Se inmutó. Ante su actitud seguí mirando con sorpresa los países que había visitado.

-¿Estoy frente a un ubicuo?

-¿Porqué tan crudo y directo?

-Han pasado cosas que van más allá de lo que le sucede a los demás. No perdamos tiempo, dije sosteniendo mi indignación sobre sus ojos.

-¿Tenés dudas? dijo sosteniendo su indignación sobre mis ojos.

-Si, afirmé

-Abrí la primera página del pasaporte y leé.

Obedecí, –pasaporte número…

-¡No! interrumpió, más abajo.

-Moisés el-Ion, leí con piernas temblorosas. Mi segundo mate se enfriaba a la velocidad de mi cuerpo transpirado y tembloroso.

-¿Sabes qué significa ION?

-Sí, respondí.

-Por supuesto, si lo dijiste en clases.

-Es una palabra que deriva del griego y quiere decir caminante.

-¡Correcto!, dijo con sonrisa de bronce.

-¿Porqué yo, a mi? Explícame qué está pasando

- El fin está muy cerca, dijo con tristeza. Te conocí siendo alumno tuyo en un curso de adultos y me llamaron la atención las teorías que enseñabas. Pedí autorización para estar a tu lado y te seguí durante cuatro años. Pedí unos años de gracia y me concedió algunos.

-¿Quién es el que te autorizó? ¿De quién me estas hablando?, dije con acritud.

-Mirá mi trabajo había terminado, hasta encontrarme con un profesor, que en la escuela de adultos, dio datos en clase que tenían peligro de malas interpretaciones.

-¿Tu jefe es el Presidente?

-Si, es el presidente del universo, dueño de cada piedra, sol, alma, planta o bacteria que anda por su creación. Me conociste como un alumno balsero que huyó de CUBA, luego como un labriego que se despedía de sus mejores amigos en un pueblo del desierto. He tenido varias formas: soy Moisés el caminante. Con una misión que interrumpiste en una clase de biología en el 2001.

-¿Qué?, mi asombro era ilimitado. Te escucho, dije con pavor.

-Nos dejó 10 mandamientos que nadie respetó en 7.000 años; cansado, herido y ofendido debe decidir si romper su promesa y recomenzar o si hay alguna salida. Busco alternativas y pedí algo de tiempo extra; conozco todo el planeta con su gente hasta que me encontré vos y tu teoría del lenguaje. Creo que tenés razón, el lenguaje es un regalo que les hizo a los humanos. Tal vez no haga falta matar a nadie, con quitarles el regalo bastaría, ¿te parece?

-Tenés razón, ya no hay islas donde naufragar. ¿Me concederías un favor antes del final?

-Tal vez alguien se salve, tengo unos escritos que te daría para que los terminaras. Si Él decide otra cosa será como quiera pero tal vez sirvan de experiencia a los que vengan como un testimonio más.

Se incorporó, fue a una repisa que había en la pared y trajo unos papeles escritos. Me los dio preguntando ¿son estos?

-¿Cómo los obtuviste?, pregunté asombrado.

-Los ángeles dominamos la materia.

-Sí, son esos…, ahora tuyos.

Completamente deprimido, me incorporé, le di un abrazo de despedida y salí a la calle en busca de mi auto.

No volví la mirada atrás, junté fuerzas para manejar hasta casa, al llegar no me molesté en cerrar con llave el auto, menos en guardarlo.

Me bañé y me acosté; encendí mi luz de noche, tomé la Biblia buscando un mensaje. La abrí al azar para leer algún mensaje alentador.

... polvo eres, y al polvo volverás Gén. 19

EL JUICIO

-Conteste Houston, aquí estación espacial. Houston informe qué pasa en Asia, no vemos ciudades iluminadas.

-Aquí Houston, hemos perdido contacto con la mitad del planeta en sombra; no sabemos qué pasa.

-Envíen fotogrametría del hemisferio oscuro terrestre, usen canal de seguridad.

-Entendido Houston; tres minutos para envío de datos; inicio de cuenta regresiva a menos tres minutos.

-Estación espacial aquí Houston. Repita envío no hay imagen.

-Houston los que UDS ven es lo mismo que nosotros: sombras.

- Estación espacial aquí Houston, reconfiguren órbita hasta alcanzar el borde del cono de sombra solar.

-Entendido Houston, configurando órbita, tiempo menos 6 minutos.

-Estación espacial envíe telemetría del borde del cono.

-Comprendido. Telemetría a menos dos minutos.

-Houston se observan apagones generales de las ciudades que entran en el ocaso.

-Estación espacial, estamos perdiendo contacto con ciudades del borde: sin contacto con Grecia, Italia, Suiza y Alemania. No tenemos explicaciones.

-Houston observamos que las ciudades que entran en el cono de sombra se apagan lentamente como una torta de cumpleaños. No registramos telemetría de explosiones. UDS están a menos 8 horas del cono, solicitamos ordenes en caso de contingencia.

-El comité de emergencias se ha reunido, los tendremos al tanto, dejen canal abierto y desencripten señales.

-Houston las señales de TV de China, Asia y África desaparecieron.

-Ya lo sabemos; hemos perdido contacto con el Kremlin y toda la zona.

-Estación espacial aquí Houston.

-Adelante Houston.

-Segunda orden del Comité de contingencias: no ingresen al cono de sombra, cambien órbita.

-Comprendido Houston.

-Han pasado 9 horas; no hay señal con la Tierra, todas las frecuencias están muertas. ¿Sugerencias?

-¿Qué soporte vital tenemos?

-6 meses.

-Bien, evitemos el cono; quiero ultra fotografía de todas las ciudades iluminadas por el sol y un informe.

-Capitán las observaciones y fotografías son muchísimas pero el informe final es solo uno.

-¿Cuál?

-No hay ciudades destruidas, no hay actividad electromagnética, pero las fotografías y las observaciones telescópicas registran movimientos de gente entre automóviles detenidos, barcos detenidos, fábricas, centrales eléctricas y atómicas fuera de servicio. Los seres humanos deambulan por el planeta como si fueran una especie animal más. Las computadoras de defensa internacional están fuera de servicio igual que los silos nucleares de defensa. Portaviones y submarinos detenidos en diferentes puntos de los océanos sin comunicaciones. En otras palabras el planeta se detuvo durante la noche.

-Atención estación espacial, ¿me copian?

-Adelante, ¿Quién habla?

-El caminante; les informo de la voluntad Divina que consiste en que el hombre pague como especie el daño hecho al planeta. No hay muertos masivos por guerras, ni prisioneros ni vencedores ni vencidos, ni esclavos ni libres, no hay deudas económicas ni enfermedades pandémicas. Tienen dos opciones: 1 quedarse allí hasta morir, 2 volver y esperar que el cono de sombra los cubra sólo una vez y se cumpla la voluntad Divina.

-Caminante ¿Cuál es la voluntad Divina?

-Devolver el regalo que Dios hizo a la humanidad y retornar a ser una especie más, entre todas las especies. Él decidirá en el devenir de los tiempos qué pasará con la raza humana.

El silencio inundó la estación espacial.

Tres astronautas discutían su futuro.

-Aquí el Caminante, ¿Qué han decidido?

-UD habla sin autoridad sobre nosotros, ¡no puede dar órdenes!

-Tienen razón, solo sugiero. Soy el único ser en el planeta que los puede rescatar. Retornen en el módulo, amaricen y los rescataré, no tienen opción a excepción de la muerte.

Una estela blanca rayaba el cielo del Caribe cuando un bote guarda costa se dirigía al encuentro. Tres náufragos subieron a la nave, el tripulante dijo ser “el Caminante”.

-Soy el capitán del grupo. ¿Qué regalo supone que le devolveremos a Dios?

-El don del habla, dijo Moisés.

El sol se puso en el horizonte.

* De Mendoza, Argentina. Reciente profanador del español.

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