¿QUIÉN DETENDRÁ LA LLUVIA? LAS DURAS LECCIONES DE LOS NIÑOS Y LA GUERRA EN EL CINE CONTEMPORÁNEO
Nancy Virginia Benítez Esquivel, Armando Meixueiro Hernández, Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Gloria De la Garza Solis *
Sólo le pido a Dios
Que la guerra no me sea indiferente.
Es un monstruo grande y pisa fuerte
Toda la pobre inocencia de la gente.
León Gieco.
Un mundo en guerra
Tenemos más de cincuenta años viviendo en medio de una guerra planetaria que ha tenido diferentes nombres: Segunda, Corea, Vietnam, Árabe-Israelí, Camboya, Fría, Centroamérica, Tormenta del Desierto, Afganistán, Irak, neoliberalismo vs. humanidad, etc. Sería muy largo citar los conflictos internos de los estados y regionales que han sido muchos y de muy diversa intensidad. Esto ha generado una cultura de la guerra y la muerte. Una sociedad del dolor y el sufrimiento. Una civilización dominada por la sinrazón que ha llegado a extremos de convertir a las armas en instrumentos económicos con un valor superior al de la especie humana. Un solo dato ilustra lo anterior: un billón de dólares al año se estima es el gasto mundial militar, que si fuese invertido en atacar la pobreza, la marginación, la inequidad y en generar mínimos de bienestar como educación, salud y vivienda, muchos de los conflictos armados podrían ser reducidos. La vida sigue siendo más barata que la muerte, como sostenía García Márquez hace ya 20 años, pero eso parece a nadie importar en un contexto que ha puesto a la rentabilidad y al mercado en el centro de todo.
Algunos ejemplos recientes no dejan lugar a duda. En los 15 meses que van de marzo del 2003 a junio del 2005, que ha durado la invasión de los Estados Unidos y aliados a Irak, -según datos atribuidos a The Independent- más de 4 mil 895 militares iraquíes y 22 mil 507 civiles han perdido la vida; del mismo modo, mil 731 soldados estadounidenses, 88 británicos y 93 de otros países. Al mismo tiempo, el 25% de los niños de ese país presentan síntomas de malnutrición (La jornada, 27 de junio 2005). Es justamente en los niños en los que la guerra se presenta en la peor de sus manifestaciones posibles. Sobre todo cuando aumenta la sofisticación de la violencia y la generación del daño.
Veamos este ejemplo de cómo la lluvia de la muerte no cesa, bajado de la red de redes:
Las minas antipersonales explotan por la presión de un peso muy pequeño. Así, cualquier persona, incluyendo niños, puede convertirse en su víctima. Hay más de 110 millones de minas sembradas y listas para explotar en 64 países y 100 millones más permanecen almacenadas. Unas 100 empresas en 50 países producen semanalmente 50 mil minas. Existen más de 340 modelos diferentes de minas antipersonales. Más que matar, están pensadas para herir o mutilar provocando así un grave perjuicio económico, sanitario y sobre todo humano. El 80% de las víctimas lo constituye la población civil, especialmente niños y mujeres
De esta alarmante realidad se sabe poco, sin embargo, el cine de todas partes del planeta se está encargando de documentar algunos de estos terroríficos casos. El esfuerzo de este equipo de trabajo consiste en compartirlos, encontrando en el cine como herramienta de conocimiento, y tratando de apoyar, en esta ocasión, al eje transversal llamado educación para la paz.
La intención de este artículo para la revista Veneno es resaltar algunas situaciones presentes en una muestra de siete películas en las que el tema es la perspectiva de la gente que sufre y muere en la guerra, y que enfocan a la niñez en ese contexto. Estamos claros en que son muchas las obras cinematográficas que han abordado este tema, algunas de ellas son verdaderas obras maestras, por ejemplo: Trenes rigurosamente vigilados, (Menzel, 1996, Checoslovaquia), Adiós a los niños (Malle, 1987, Francia), Malena (Tornatore, 2000, Italia), El imperio del sol, (Spielberg, 1987, EU), Ven y mira (Klimov, 1986, URSS) y recientemente El Paraíso ahora (Abu-Assad, 2005, Palestina), etc. O los excelentes documentales Los niños de Morelia (Villaseñor, 2004, México) y En los brazos de extraños (Harris, 2000, EU). Como resulta evidente es un tema que no se agota en esta entrega.
Las películas que se comentan son contemporáneas dado que la más antigua data de 1994 y la más reciente del año pasado. Fieles a nuestra costumbre tomamos ejemplos de diversas regiones del mundo, de tal suerte que las películas analizadas en este artículo son: Promesas (Goldberg y Bolado, 2001, EU), La guerra (Avnet, 1994, EU), La lengua de las mariposas (Cuerda, 1999, España), El círculo perfecto (Kenovic, 1997 Bosnia-Francia), Una señal de esperanza (Kassovitz, 1999, Bosnia-Francia), Voces inocentes (Mandoki, 2004, México) y Las tortugas pueden volar (Ghobadi, 2004, Irak). Estos comentarios se han organizado de acuerdo al orden cronológico de realización de las películas.
La guerra de cada día
Tal vez la resaca más grande -por lo menos fílmica- que han tenido los Estados Unidos es la guerra de Vietnam. En cientos de rollos de cinta de plata han intentado curarse del desatino histórico de muy diversos pecados, con diferente suerte. Para absolverse han usado todo su arsenal de talento cinematográfico sin excluir algunos de los mejores directores de todos los tiempos. Así encontramos: Regreso sin gloria, Hal Ashby, 1978; El francotirador, Michael Cimino, 1978; Apocalipsis ya, Francis Ford Coppola, 1979; El tríptico de Oliver Stone: Pelotón, 1986; Nacido el 4 de Julio, 1989; Entre el Cielo y la Tierra, 1993; Good Morning Vietnam, Levison, 1987; Cara de Guerra, Kubrick, 1987; Pecados de Guerra, Brian de Palma, 1989; hasta la parte más importante del film Forrest Gump, Zemeckis, 1994, y un muy considerable, etc.
En La Guerra (Avnet, 1994) -vale decir, película casi desconocida en nuestro país- nos encontramos en el pueblo de Juliette, en el estado de Mississipi, en el verano de 1970. Stu y Lydia Simmons -dos niños en la frontera de la adolescencia- celebran la llegada de su padre (Stephen), que según les había contado su madre (Lois) había ido a buscar trabajo a otra parte de los Estados Unidos. En realidad -nos vamos a ir enterando en la historia- el padre es un veterano de la guerra de Vietnam y padece el síndrome post-traumático que le dejó la misma. Esto lo hace internarse de manera voluntaria en psiquiátricos para superar las pesadillas constantes que tiene sobre todo por haber abandonado y visto morir a su mejor amigo en una batalla.
Pero la película no solamente es un feedback de lo sucedido en la guerra, sino la presencia de ésta en la realidad del pueblo antes citado. Las secuelas de la derrota en un pueblo pobre americano hacen inevitable, en el relato, hablar de otras guerras: una consiste en el reto constante de los hermanos. Stu y Lidia, aunque se quieren profundamente -por la edad, pero sobre todo por el género- entran fácilmente en conflicto cuando se ven rodeados por sus amigos. Stephen hace esfuerzos para que, aún en los juegos como construir una casita en el árbol, los hijos trabajen juntos. Siempre insistirá: no peleen.
Otra batalla es la que tienen que librar con los Lipnicki, que son los hijos del dueño de un tiradero de basura y de cosas de desecho. Son una pandilla de niños y adolescentes despiadados que maltratan a los niños del pueblo. Ante ello, para Stu y Lydia, la insistencia de su padre es un problema constante. El reto para ellos es encontrar la forma de hacerle caso a su padre sin quedar como cobardes. El camino que les queda es el de buscar en la negociación y el reto una alternativa a la lucha diaria.
La película es maravillosa porque va dando cuenta del tejido social de esta comunidad y sobre todo de las relaciones humanas en las batallas cotidianas. Así presenciamos el esfuerzo de Stephen por integrarse nuevamente a la familia y a la pareja perdida, por incorporarse productivamente a la sociedad con un trabajo del cual es constantemente despedido por sus antecedentes, como si él hubiera inventado la guerra. O como si hubiera ido por gusto. La película retrata en forma muy notable el impacto de esta doble moral en la sociedad norteamericana de principios de los setenta.
“La guerra está en todos lados” parece resumir el filme: en un salón de clases se encuentra una maestra con un vestido corto de color rosa, con el cabello pintado a la Marilyn Monroe, con un moñito del mismo color del vestido. Señala un tema de composición el cual tendrán que ejecutar los alumnos del grupo. Las dos mejores amigas de Lydia -que son afroamericanas- son enviadas al fondo del salón con cualquier pretexto. Ahí -coincidentemente- se encuentran todos los estudiantes de color. Después de esta distribución del grupo, la maestra escucha un rumor al dar la espalda al grupo y le pregunta, una y otra vez, a una de las niñas de color qué había dicho. Ella por su puesto no había mencionado ni una sola palabra. Pero ante la insistencia de la profesora, con una elocuencia abrumadora construye una pieza oratoria sensacional, sobre sus posibilidades existenciales, siendo huérfana, mujer de color, pobre y viviendo en Mississipi. La maestra, no lo duda, la manda a la dirección. Lydia sale en su defensa y pronto la acompañará a la oficina administrativa.
La Guerra es, sin contar todas las películas norteamericanas sobre Vietnam, una valiente crítica al verdadero trauma post-Vietnam en el corazón mismo de los Estados Unidos. ¿Tendremos que esperar otra lluvia fílmica dentro de un lustro, que los alivie de los abusos en Irak? Ojalá y no y se pare la tormenta. Por lo pronto creemos que esta película puede ser un gran analizador en el discurso transversal de Educación para la Paz.
La responsabilidad por la vida del otro
El círculo perfecto es una película ubicada en la guerra de los Balcanes a finales de la década pasada, la cual, sin duda, se recordará como la del desgarramiento del territorio en lo que antes fue la República de Yugoslavia. El asunto en ella es la posibilidad de sobrevivencia de dos hermanos, huérfanos a causa de la guerra, quienes emprenden una travesía desde su pueblo a la ciudad de Sarajevo, en busca de una tía que pueda hacerse cargo de ellos. La particularidad de esta pareja es que el hermano mayor es un niño sordo, razón por la cual el hermano pequeño se asume como responsable de cuidar a su hermano haciendo la función de conectarlo al mundo a través de su sentido faltante. Justamente, un primer punto por señalar es esa asunción de la responsabilidad por parte de quien se sabe con mayor o mejor capacidad y adopta a otro u otros. De ambos se hace cargo un hombre cuya familia se ha ido.
Además de ello, El círculo perfecto nos introduce de lleno en la angustia constante de una vida cotidiana bajo el murmullo de las balas, en la búsqueda de refugios, de víveres y de motivos para continuar con vida. Documenta y muestra esa angustia a la que se condena a la mayoría inocente, a la víctima de cualquier guerra. Sin duda, ésta es una virtud de este género cinematográfico cuando se realiza fuera de Hollywood, donde la guerra es importante por la estrategia, la supuesta razón del defensor de las “causas nobles” o la grandeza de un personaje. Es un lugar en que la industria cinematográfica vive muy estrechamente relacionada a la industria de la guerra, y en ésta, al igual que en las películas, las víctimas son “extras” para darle emoción a la trama. No. Lo que menos importa en este y otros filmes es si alguien tiene la razón o si hay una razón suficiente para pasar por una época tan gris, de vivir en medio de la amenaza, y la muerte, que no por cotidiana deja de doler.
La esperanza en la risa infantil
Una señal de esperanza es una película que se ubica en la segunda guerra mundial, en el llamado ghetto de Varsovia, y cuyo argumento gira alrededor de la esperanza que los habitantes de ghetto vislumbran al enterarse de que uno de ellos tiene un radio. Por supuesto, los radios habían sido confiscados por los nazis y el hecho de que alguien pudiera tener uno significaba que todos podían enterarse de lo que pasaba fuera del ghetto y eso era algo por lo que valía la pena vivir. Sin embargo, ello había sido una mentira para evitar que un amigo se quitara la vida. Una mentira piadosa que tuvo repercusiones de distinta índole, una de ellas muy benéfica, pues logró evitar más de un suicidio. En sentido opuesto, fue una mentira que le costó la vida a su autor después de una cruel tortura.
La presencia infantil en esta película es muy sesgada: una niña llega a la casa del protagonista y es “adoptada” por él, poniéndola a salvo en todo momento y haciéndola feliz con su mentira. He aquí otro rasgo importante respecto de la niñez; la necesidad de que los niños rían, como ese paliativo ante la vida difícil de afuera. Es tal vez un gesto sencillo de la vida cotidiana, el cual adquiere relevancia en ésta y otras de las películas que comentamos. Aunque sencillo, no es soslayable, puesto que nos habla de un gesto humano, humanitario del que sólo puede ser capaz quien valora la niñez y se compromete con ella, quien trata de evitar el miedo de los niños.
La dolorosa necesidad de tomar postura
La lengua de las mariposas es una película que se ubica en la guerra civil española de los años treinta y documenta la relación de un niño con su maestro. Don Gregorio es un viejo maestro sensible, que aunque tradicional en su didáctica no se niega la posibilidad de llevar a sus alumnos a profundas reflexiones por diversos medios: recorridos para aproximar a los alumnos a la naturaleza, diálogos, ejemplos, situaciones vivénciales y a tocar los más diversos temas. Para Moncho, es un año muy especial, pues se trata del primer acercamiento a la escuela. Al mismo tiempo se le esta abriendo el mundo a cuestiones fundamentales como el sexo, los secretos de la familia, la religión y por supuesto la política. Todo parece caminar pero la guerra, que es el fracaso de la política o la radicalización de está, obligara a tomar decisiones. Algunas tendrán que ver con posiciones ideológicas, otras por la conveniencia y otras por la situación en la que la familia juega, en el que los niños, resultan peones de jugadas que no entenderán sino mucho tiempo después.
La educación para la guerra
Después de leer Cuaderno de Sarajevo (1993) de Juan Goytisolo y Territorio Comanche (1994) de Pérez-Reverte uno se queda horrorizado palpando, a través del lenguaje, la textura indescriptible de la guerra.
En un pasaje de la breve novela de Pérez-Reverte el narrador afirma desesperanzado: “El suelo de las guerras está siempre cubierto de cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando” (1994: 18).
Y nos parece que otra novela, Ensayo sobre la ceguera (1995) de José Saramago bien podría ser una aterradora alegoría de la condición humana moderna, que ha vivido casi todo el siglo XX a la sombra de algún conflicto armado. Tal vez el hongo atómico sea la imagen más emblemática de ese siglo. Símbolo de la prepotencia humana y referencia ineludible al aforismo de Hobbes: “el hombre es lobo del hombre”.
De este modo, la cinta Promesas de Bolado y Goldberg (Promises, 2001, EU) resulta una extraordinaria reflexión sobre cómo se aprende a vivir con la guerra y de cómo la paz puede aflorar hasta en el mínimo resquicio de la vida.
“Promesas -dice Betancourt- no es un documental más sobre el conflicto de Medio Oriente; es toda una insólita aventura fílmica que nos descubre un laberinto de sorpresas; documentando cómo transcurre la vida de los niños en el infierno cotidiano de cada lado del muro de intolerancia”
Mostrando la perspectiva de varios niños palestinos e israelíes, el filme confronta al público con las maneras en que transmitimos valores a nuestros congéneres. ¿Cuántos prejuicios depositamos en las nuevas generaciones? ¿Cuántos odios dejamos, como injusta estafeta, en las manos ingenuas y limpias de nuestros hijos?
Un neumático en llamas, rodando confusamente sobre una calle de la ciudad de Jerusalén, es una de las primeras imágenes que envuelven las pupilas del espectador en el filme de Bolado y Goldberg. Parece que quieren sugerir como insólita metáfora el estado de ánimo de un grupo de niños, que peregrinando de manera incierta y cubiertos por flamas heredadas, buscan un sentido a su existencia.
Varias voces dibujan las condiciones de vida, fantasías y expectativas que sufren los niños en la zona de conflicto:
En el barrio palestino de la antigua Jerusalén, Mahmoud describe las actividades a las que se dedica su familia y argumenta las razones por las que la tierra le pertenece a los árabes.
En la escuela musulmana, un profesor increpa a sus alumnos: “¿Los niños palestinos viven en libertad? ¡¿Eres libre como el venado?! ¿Algo traba tu libertad?”. La contestación generalizada es “¡No!” Y el educador remata inquiriendo: ¿De quién es Jerusalén? Y los niños responden levantando la voz: ¡De los palestinos!
Hijo de un respetado rabino estadounidense, Shlomo nació en el barrio judío de Jerusalén. Él estudia para ser rabino y tiene claro que esa es la forma de enfrentar su lucha contra los árabes porque “la Torah es igual que un tanque. Lo que hace un tanque, la Torah también puede hacerlo.”
Viviendo en el campo de refugiados de Deheishe, Faraj narra el asesinato de su amigo Bassam a manos de los soldados israelíes en una guerra desigual: rifles automáticos contra piedras. Faraj aduce convencido: ...”todo lo que tenemos para defendernos son piedras.”
La abuela, en otro momento de la cinta, pone en manos de Faraj la llave de la casa donde vivió antes de que fueran arrojados los palestinos de Raz Abu-Amar. Le explica al muchacho todo el sufrimiento que experimentó y cómo espera que algún día sus herederos regresen a esa tierra en libertad.
Yarko y Daniel, gemelos judíos, viven en la incertidumbre de sufrir un atentado terrorista en el autobús público en Jerusalén. Sin embargo, se han acostumbrado a eso y ya se ha vuelto parte de su vida cotidiana.
El abuelo de los gemelos salió de Polonia después de la segunda guerra mundial y llegó a la región donde fundaron el Estado de Israel. Los nietos, sorprendidos de tal vía crucis, hacen una reflexión sobre el origen del Estado Judío e interrogan abruptamente a su antecesor: “¿Crees en Dios?”
Moishe vive en Beit-El, el asentamiento judío más grande y más antiguo en Cisjordania, ahí explica las razones por las que la tierra les pertenece: “Dios prometió darnos la tierra de Israel. Los árabes vinieron a arrebatárnosla. Estoy rodeado de árabes[...] ¿A quién le habla Dios? -y él mismo responde categórico— “¡A Abraham, nuestro padre!”
Moishe tiene claro que a fin de lograr la paz se deben reunir palestinos y judíos, pero es una misión que a él no le corresponde.
“Mi nombre significa entrega y lealtad... y también es un símbolo del amor” asevera Sanabel, que le escribe cartas a su padre encarcelado en una prisión israelí por cuestiones políticas.
Sanabel pertenece a un grupo que utiliza la danza tradicional para relatar la historia de los refugiados, a través de ella pretenden expresar la lucha de los palestinos y el sueño por constituir un Estado Palestino.
Después de un singular encuentro entre niños judíos y palestinos, y a dos años de distancia, Sanabel concluye con una madurez asombrosa: “Me gustaría conocer más niños judíos [...] Me gustaría conocerlos porque si mejoramos nuestra interacción habrá más respeto mutuo”.
Así se escuchan las voces de niños palestinos y judíos en la extraordinaria cinta Promesas. Así viven y sienten los niños que comparten su cama con la muerte: ¡Temible educación para la guerra!
Cuando se pone en boga hablar sobre la educación para la paz, uno se pregunta: ¿Qué está pasando con nuestro mundo? ¿Cómo están creciendo nuestros hijos? De ese modo, entender la educación para la paz nos obliga en primera instancia a redefinir la noción de paz, y en segundo lugar, a resignificar el concepto de educación. Debemos transformar nuestros paradigmas educativos, que suenan vacíos y obsoletos mientras no se resignifican. Promesas nos lo demuestra con su excelente formato y contenido, y también Sanabel, con su extraordinaria reflexión sobre su contexto.
Ardiendo en llamas por las calles de nuestro planeta sigue rodando, incierta, una llanta: ¿podremos dirigirla hacia un sendero menos agresivo y violento? ¿podremos apaciguar su flama?
La niñez como recurso de la guerra o fuego en la trinchera de cartón
Con Voces inocentes volvemos al campo de batalla en un lugar distinto y tal vez poco documentado por sus cineastas. Ahora es una guerra centroamericana, también efecto y vehículo de la intervención estadounidense, esta vez en contra del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional en los años 70. En este caso, a pesar de la cercanía de Hollywood y de su participación en la realización de la película, el fondo está puesto sobre el reclutamiento de niños que recién cumplen los once años (el equivalente a una leva realizada por el Ejercito Salvadoreño en los ochenta y financiada por los Estados Unidos). En esta cinta se ven los niños que juegan, que son parte de la familia y van a la escuela. De hecho, es en la escuela donde se hace el reclutamiento ante la impotencia de los profesores y el asombro de los demás niños.
Siguiendo nuestro análisis podemos ver también la relevancia que los niños adquieren en un contexto de guerra: por un lado son los soldados potenciales para continuar con una guerra, por demás suicida pues lo que se supone objeto de defensa, es lo mismo que se sacrifica. Veamos: se trata de una guerra de un país contra una fracción (rebelde) del mismo. El ejército de El Salvador es apoyado por Estados Unidos y para sostenerse echa mano de sus niños. Además, sus blancos de ataque son las comunidades rurales y asentamientos civiles. En esta contradicción el único ganador es el agente externo y el reclutamiento de niños es el mejor ejemplo del autoexterminio centroamericano.
En otro sentido, los niños de alrededor de once años son los “hombres” de la casa ante la ausencia de los padres y los hermanos mayores que ya se fueron a la guerra de uno o de otro bando, o bien, han muerto por la misma razón. Así la asunción de responsabilidades de adultos por parte de los niños vuelve a estar presente en este filme. Así tenemos que, Chava, el protagonista central, a sus once años tiene que buscar trabajo, proteger a sus hermanos y ser el principal soporte moral de su mamá. Un detalle conmovedor se da en el momento de un ataque en que Chava y sus hermanitos se encuentran solos en casa y ante la angustia provocada por los tiros de metralla, el niño pequeño rompe en llanto y para tranquilizarlo, Chava se pinta la cara con un bilé que ha rodado por el piso donde están agazapados, logrando así que el pequeño se ría.
Este contexto coloca también a los niños en la necesidad de valorar opciones políticas, pues en lugar de dejarse reclutar por el gobierno salvadoreño, Chava y otros niños llegan a optar por unirse al grupo guerrillero.
Cabe mencionar que hay tres instituciones que en este ejemplo aún mantienen su presencia: la escuela, antes mencionada, la iglesia y la familia. Las tres en medio de importantes crisis y la última como la única que tiene posibilidad de salvarse mediante la emigración -en la que se vuelve a ver a Estados Unidos como el símbolo paradójicamente de la salvación- y mediante el ocultamiento de los niños varones en las azoteas, imagen que, dicho sea de paso, es quizá la más elocuente de esta película.
Voces inocentes comparte algunos rasgos antes mencionados. Por una parte, la necesidad de hacer reír a los más pequeños en medio del tiroteo para mitigar la angustia. Y por otra parte, la presencia de un aparato radiofónico, aunque no sólo como medio de tener acceso a noticias y mensajes clandestinos, sino como la posibilidad de manifestar una preferencia política a través de la música que se escucha. También aquí la posesión de un radio es una forma de arriesgar la vida en la cotidianeidad de la guerra.
El liderazgo y una comunidad infantil
En Las tortugas pueden volar (2005) la radio pasa a ser un aparato muy menor. Los miembros de un pueblo entero juntan sus radios y dinero para comprar una antena parabólica y así tener acceso a las noticias que en el exterior se reciben acerca de la guerra que los lleva a apostarse en la frontera de Irak, su país. Es interesante ver que, cuando por fin logran tener la antena y ver las noticias no las pueden entender porque por supuesto, están en inglés. Pero más interesante es que quien dirige la obtención de la antena, la instala y trata de interpretar las noticias es un niño de 13 años, al que apodan “Satélite”.
En este filme vuelve a expresarse la necesidad de que los pequeños se rían o al menos se distraigan en momentos de inminente peligro, aunque para ello se arriesgue la vida. También está presente la asunción de la responsabilidad de la vida de otros, cercanos y más débiles pero con matices inéditos. Satélite, huérfano a causa de la guerra, asume que debe ver por la gran cantidad de niños que están en condiciones similares a la suya, que tienen que comer y por lo tanto trabajar. Él organiza a los niños y consigue que sean contratados para detectar, desactivar y desenterrar minas explosivas que luego venden para subsistir. Nuevamente los niños, el sector que supuestamente es el que cualquier sociedad debe cuidar por encima de todo, son los que arriesgan la vida en un trabajo que salva la vida de muchos y que a ellos a penas les permite sobrevivir. Además, la recuperación de las minas, lejos de servir para poner fin a la guerra, son para continuarla.
Las instituciones mencionadas en Voces inocentes aquí son casi totalmente desdibujadas. No hay iglesia. Hay un espacio para la escuela: al aire libre, con bancas improvisadas y una especie de barda con piedras amontonadas y una bandera blanca, la cual, ante la posible llegada de las tropas norteamericanas no fue tomada en cuenta por la población que escogió ese lugar para establecer una especie de línea de fuego con las tres metralletas que pudieron comprar en el mercado negro -más bien gris- de armas. En esa única ocasión aparece el maestro, sentado, interpelando a Satélite para que no se use la escuela y se respete la bandera blanca, pero sin dejar su papel de espectador pasivo.
La familia no aparece, sino algunos restos de ella. Es más notoria la necesidad de los niños de agruparse y cuidarse ante la ausencia de padres y de hogares. Los niños duermen en un espacio colectivo o en tiendas/casas hechas por ellos con desechos de tanques de guerra y otros objetos. Lo que aparece es un importante caso de lazos consanguíneos. Dos hermanos refugiados cuidan de un bebé. El hermano mayor, varón, no tiene brazos y a pesar de ello es el mejor desactivador de minas anti-personales. Su hermana, siempre ida, fastidiada, es quien las desentierra. Esta niña es la madre del bebé, que además de ciego, es resultado de una violación a manos de los soldados. El hermano mayor entiende la necesidad de dar cariño al bebé y se convierte en una figura paterna para él. Pero ella no quiere a su bebé, lo ve como un castigo, una muestra de la violencia de la que fue víctima.
Sin duda, Las tortugas pueden volar trasciende a las películas antes comentadas por la complejidad de la visión con que aborda la relación entre los niños y la guerra, contribuyendo con todas ellas a subrayar lo absurda que es la guerra en cualquier tiempo o lugar y bajo cualquier bandera.
Este recorrido permite reflexionar sobre:
Bibliografía y fuentes de información
BETANCOURT, Javier. “Promesas” en Proceso. Rev. sem., núm. 1358 (México, 9 nov., 2002)
“Carrera armamentista” en http://www.geocities.com/capitolhill/congress/3731/apo1f.html
Círculo perfecto, El (Savrseni krug. Kenovic, Ademir, Bosnia-Francia,1997)
GARCÍA MÁRQUEZ Gabriel, El cataclismo de Damocles . Ed, Oveja negra. Bogota Colombia, 1986.
GÓMEZ NAVARRO, José. et al. Historia del mundo contemporáneo. 6ª. Ed. Revisada y actualizada. México, Alhambra Mexicana, 1996. 571pp.
GOYTISOLO, Juan. Cuaderno de Sarajevo. Madrid, Aguilar, 1993. 136pp.
Guerra, La (The war. Avnet, Jon, Estados Unidos, 1994)
Lengua de las mariposas, La (Cuerda, José Luis, España, 1999)
PÉREZ-REVERTE, Arturo. (1994) Territorio comanche. México, Alfaguara, 2001. 115pp.
Promesas (Promises. Goldberg, B.Z., y Carlos Bolado, Estados Unidos, 2001)
tortugas pueden volar, Las (Lakposhtha hâm parvaz mikonand. Ghobadi, Bahman, Irak-Francia Irán, 2004)
Una señal de esperanza (Jakob the liar. Kassovitz, Peter, , Bosnia-Francia1999)
Voces inocentes (Mandoki, Luis, México, 2004).
* Maestros mexicanos de educación superior.