In Memorian


EL HUECO EN EL COSMOS (EL HASTA SIEMPRE A JOSÉ ABEL)


Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán *

Yo que fui del amor ave de paso,
yo que fui mariposa de mil flores,
hoy siento la nostalgia de tus besos,
de aquellos tus ojazos, de aquellos tus amores.

Ni cadenas ni lágrimas me ataron,
mas hoy quiero la calma y el sosiego,
perdona mi tardanza, te lo ruego,
perdona al andariego que te roba el corazón.

Álvaro Carrillo.

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti

Ángel González.

Señoras, señores, amigos todos:

Un favor: nadie me pida que concluya algo en este momento. No pudo haber cronistas en el big bang, ni lo habrá de la contracción final de nuestro universo. En realidad en los momentos de tormentas, en las que llueve sobre mojado, con relámpagos y certeros disparos terminales nunca quedan fijos a relato alguno; se desvanecen al desbordar cualquier intento del registro de la palabra.

Sólo, eso sí, el homenaje que rete al olvido, que lo lance lejos; que lo corra. Que recuerde al inmenso hombre, al mejor de todos, que tuve en suerte de conocer en este espacio y en este tiempo, por nuestro paso por la vida. Al ser humano complejo, paradójico, familiar, guía y de una lucidez deslumbrante que fue mi padre: José Abel Ramírez Ortega.

El ideal gigante, tan próximo como inalcanzable, que aprendí a escuchar en los amaneceres de mi infancia, con su paso balanceado de ganso poderoso, por el pasillo central del primer piso de la casa de Nextitla. Esos pasos me daban seguridad, ocultando mi rostro bajo las cobijas. Lo oía deseando ser como él, aproximarme a ese modelo, así fuera un poquito a ese hombre, mi padre, que pensaba la estrategia política del día o la clase que vendría dentro de algunas horas, mientras se rascaba como un gran papá oso, la espalda contra el filo marco de la puerta de nuestro cuarto.

En los velorios uno acaba por conocer a la gente. Alguien me dijo ayer que mi padre fue su padrino, que lo inició en la docencia con sabios consejos: toma tales grupos, no te pelees con los alumnos. Por eso había ido a darle gracias. Estuvo esa noche en sala un largo rato de guardia, al salir, comentó que ahora sabía que no era sólo su padrino, que en los arreglos florales noto su campo de influencias y la diversidad: Normalismo, Comité Ejecutivo del Sindicato Nacional de trabajadores de la Educación, Partido Comunista Mexicano, Familia Ortega, Beltrán, Ramírez, Villegas, Universidad Pedagógica Nacional, Colegios, Escuelas, Iglesias, etc.

Alguno otro me habló de su sentido de justicia e igualdad. De su sentido del humor; de vivir ligero. De la inteligencia. Otros se acercaron para recordar de su cátedra en el Instituto Superior de la Vida, del hueco que dejaba en su existencia. De su capacidad de incluir, de ser querido por las mujeres y apreciado por los hombres (cómo decía el Huapango, que ponía en el viejo tocadiscos), de ser un libro abierto siempre disponible, de sus gestiones escolares ( cambios de escuela, de turno, de adscripción) gratuitas y eficientes, de la lucha por el laicismo y nacionalismo, de tener siempre un punto de vista, de su capacidad de persuadir, de un talento para convertir cualquier discurso, en una plática íntima, de sus muy diversos militancias, de los negocios quebrados y sus obras concluidas, de su pasión por la vida, de la fe, el amor y valor de las decisiones finales.

De ser guía con la palabra, el ejemplo, la experiencia y su sabrosas pulsiones. De saber casi sin error, cuando jalar y cuando negociar (por ejemplo, sobre el conflicto en Oaxaca, recientemente me confió, que el acuerdo estaba en cuanto esta dispuesto en perder cada grupo de interés para resolver el problema, pasaba luego a nombrar esos intereses encontrados).

Para definirlo; fue paradójico: marxista pero contrario a lo rupestre de la izquierda mexicana; cristiano al mismo tiempo antidogmático y fanático; institucional a la vez que iconoclasta, en un tiempo priista del que se fue alejando convencido de que el neoliberalismo debería desaparecer de la faz de la tierra; espiritual pero también conocedor profundo de los placeres de la vida.

José Abel Ramírez Ortega fue un dirigible en la cotidianidad, que se partía en el cielo par a caer por lo menos en dos lugares distintos. Siempre de pie, no de manera cómoda sino compleja. Hombre de búsqueda que siempre vio los dos filos, las dos caras de la moneda, el negro blanco y los diferentes grises de la conducta humana.

“Soy un ser de todo o nada”, le gustaba repetir como un niño travieso a la hora de justificar la permisividad del cumplimiento de sus caprichos. En su cuarto, pegado a la cama de matrimonial, hace más de un cuarto de siglo, colocó en la pared en medio de dos ventanas un cuadro, que mando hacer y jamás quitó, recuperado de alguna guerra victoriosa. Copio algunas partes del texto, también con verdades que apuntan para dos lados:

Somos vencedores por que fuimos vencidos;
Estamos curados por que sabemos que
no nos curaremos;

Al admitir nuestra incapacidad
somos capaces;

Nuestra seguridad depende de
nuestra inseguridad;

La mejor manera de amarnos es
amar a los demás;

No teniendo nada, lo tenemos todo;
Sólo podemos seguir teniendo lo que tenemos
si en lugar de guardarlo, lo regalamos;
Mandamos obedeciendo.

Esta última frase mucho antes de neo-zapatismo, José Abel ya la practicaba en los setenta.

Abelito, Pepe, Millones, Goyo, era también un obsesionado de la familia, ayer en la noche, alguien que no lo conoció señaló asombrada; esto parece más una fiesta que una despedida. En efecto había: plática, ensayos de compostura del país, burlas a los gabinetes, risas, abrazos, recuerdos para el hombre que supo estar con quien quiso en las buenas y las malas. La multitud que ayer lo acompañó era un resumen, una esencia de su vida: la amistad de seis décadas, los eternos y los cuadros nuevos de la Sección X del SNTE, la llamada lejana del siempre fiel alumno de Mazatlán Sinaloa, el 1° A de la generación ’55 de la Nacional de Maestros, todas las mesas de la sala profesores del Plantel 5 del Colegio de Bachilleres.

Está por supuesto también como siempre, la familia nuclear por la que luchó toda su vida: hijos, nietos, nueras y yerno; los Ramírez Beltrán. También la familia extensa con sus dos puntos en común el amor y la docencia. Extensa más haya de los apellidos. En la que se congregaban primos, amigos y tíos, pero también primos, amigos y tíos de estos, como en las canciones de Chava Flores. Todos ellos hacían una gran amalgama de hermandad de ideas y concepciones del mundo y de la vida, en el que José Abel y Alma -mi madre- atraían con su noble gravedad. Grupo familiar, grupo absolutamente heterogéneo, que en las fiestas sicilianas de la casa, permitía convivir juntos sin diferencia, de grado de escolaridad, posición partidista, dinero acumulado, profesión, credo, nivel cultural, sexo.

De esta convivencias hay mil anécdotas: la borrachera de Carlos Monsivais en el cuarto de la tía Esther documentada en su Autobiografía; las lecciones de música clásica impartidas por Gaby, el mejor electromecánico de la Colonia Anahuac; los carnet del partido Comunista entregados entre mambos y cha cha chas; la guardia y los puños de mi tío Ramón dejándose recordar al grito del Goya Universitario; Alfredo de cantinero sorprendido ante cubas que iniciaban y terminaban en ron; los niños subiendo por enésima vez la escalera de caracol expropiadas -como asegura Joel Ortega- de las películas mexicanas melodramáticas de los cuarenta; los partidos de futbol o tocho de más de cuatro horas de duración; las siete ollas de pozole blanco que le preparaba Alma a su Pepito los 20 de marzo; los partidos de dominó en los que se daban partidas entre franciscanos, guerrilleros urbanos, artesanos, abogados, veteranos y novatos y regaños (¿porqué te doblaste aquí con la de patos?, carajo Piel, puro pinche pone fichas); las cajas de vino, decenas de rejas de Coca Cola, hielo, chicharrón, las tostadas con crema; la inestable barra de cantina que en algún momento alguien tiraba; el patio en desnivel como salón de baile; la guitarra , el canto, en fin, los miles de ritos de iniciación de esta familia en verdad muy grande que un día de marzo no dejaba dormir al vecindario. Este grupo de humanos que nuestro José Abel fomentó, cultivó y cautivó.

¿Qué puedo decir de la lucidez de este hombre? ¿De su sabiduría, que creció con el tiempo? Ese saber que se alimentó de cultura popular (cine, albur, música, nota periodística, libro, radio, etc.) al conocimiento sólido de la Política, la Pedagogía (de la que alcanzaría el grado de Doctor) la Economía y la Sociología. Un día saliendo de un curso sobre la Posmodernidad, desde su muy peculiar hedonismo y micro-relato, comentó que le había gustado que se encontraba mejor en este discurso liviano.

La suma de lo anterior, de vida misma, fabricó en José Abel una mirada puntual, aguda, flexible y respetuosa, que le sirvió lo mismo de mecanismo de sobrevivencia, andamio para la palabra hablada y memoriosa, que vehiculo de compartimiento.

Un último ejemplo del cerebro de mi padre: una tarde papá se echaba un trago y me llamó a su estudio, sacó un libro de poesía y me leyó el poema Canción de la vida profunda:

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar...
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría...
La vida es clara, undívaga y abierta como un mar...

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en Abril el campo, que tiembla de pasión;
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de obscuro pedernal;
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el bien y el mal.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
-¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir! -
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír...

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer;
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día...
en que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables...
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

Porfirio Barba-Jacob

Al terminar de leer comprendí de un sólo golpe -como José Alfredo Jiménez- a quién tenía ante mí; a un ser privilegiado que además comprendía su don. La letra impresa estaba comunicada con lo más sensible de la vida y eso también me lo regaló mi padre, junto con el cine y mi oficio de maestro, de lo que me siento orgulloso.

De los poetas mexicanos, que después frecuenté, el chiapaneco Jaime Sabines, es de mis favoritos. Sin embargo, un poema que jamás leí, por conocer su temática es del que reproduzco, para finalizar, la parte menos dolorosa:

Me acostumbre a guardarte a llevarte lo mismo
Que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
No eras distinto a mi, ni eras lo mismo
Eras cuando estoy triste, mi tristeza
Eras, cuando caía, eras mi abismo,
Cuando me levantaba mi fortaleza
Eras brisa y sudor y cataclismo
Y eras el pan caliente sobre la mesa
Amputado de ti, a medio hecho
Hombre o sombra de ti, sólo tu hijo,
Desmantelada el alma abierto el pecho
Ofrezco a tu dolor un crucifijo:
Te doy un palo, una piedra, un helecho
Mis hijos y mis días, y me afijo (Los Remedios, Edo. de México, 7 de noviembre de 2006).

* Profesor normalista, sociólogo, psicólogo educativo y educador ambiental. Cinéfilo y escritor por gusto entre otros libros de Maestra Vida y La vida es mejor que la Escuela. Recientemente publicó la novela colectiva El maestro Equivocado. Como de nada de lo anterior se vive, da clase en instituciones de Educación Superior.

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