UN RESPIRO
Terminó el primer acto. Cómo los payasos en el circo, los actores se dieron almohadados, piquetes de ojo, uno que otro costalazo y trataron a toda costa de hacer reír a la audiencia con hechos chuscos como la desorientación de ¿a quien le doy la banda? Se me cae, la rescato, me la vuelvo a poner y la acaricio aunque ya sea simple ciudadano, o sea, pecata minuta, adornada de soldaditos de todos los colores, sorpresas por los enanos que aparecen inesperadamente y los nunca bien ponderados patiños haciendo un ridículo monumental. El que salió ganando fue el país. Tranquilizó el gesto de seguridad del primer actor indicando con la mirada -al gigante renuente a desprenderse de ella- que la banda debía entregarse al Presidente del Congreso. No podía dejar de estar el maestro de ceremonias de las tres pistas; como tratando de calmar a los rijosos, desde abajo hacía señas al conductor del evento principal para concluir rápido ¡Ya, ya, corta! indicaba con ademanes y gestos y luego la porra ¡Si se pudo, Sí se pudo!
Hoy presidente habemus, como en las monarquías el rey muerto fue enterrado con honores, los principales cortesanos -unos nuevos y otros no tanto- levantaron la voz "si protesto" dijeron al unísono y hoy 48 horas después, deberán iniciar el obligado besa-manos de "los amigos de siempre", aquellos de la escuela, la banca, los de las facturas pendientes, los del negocio extraordinario, los de la solución única y uno que otro redentor. Como dicen los acomodaticios, "no pasa nada". Mientras el pueblo espera, luce desilusionado, ni los pescadores a río revuelto pudieron ofrecerles nada y continúan su trabajo de taxistas y ambulantes los egresados de las universidades públicas, mientras las familias secuestradas en su casa por la amenaza de ladrones y roba chicos se conforman con ver la machacona repetición de frases y escenas fuera del contexto de una realidad que duele, asusta y paraliza. Para los optimistas, existe la posibilidad de cambio -a pesar del incontrovertible compromiso con los dueños de la economía mundial de muchos de los actores- se escucha allá y acullá: "es hombre de leyes", "está acostumbrado a enfrentar dificultades", "tiene una linda familia", mientras los aparadores se visten de pinos, luces, guirnaldas y esferas -aunque sean de plástico e importadas por Wal Mart- y la gente consume, firma con el anhelo de ganar el boletazo, sueña con el coche o la casa de la suerte y se endeuda reforzando en su cuello el grillete de la moderna esclavitud: la tarjeta de crédito.
Genial aporte el de nuestra Constitución el decidir el cambio del poder ejecutivo federal, justo en las vísperas de Navidades, es tiempo de paz y buena voluntad, los ánimos se enfrían, las rencillas se perdonan y la lista de buenos propósitos comienza a escribirse, para el 2007 y así cada año nuevo hasta el 2012. El pueblo será el protagonista de los reportajes de pobreza e injusticia que dará a las cadenas de televisión premios para ufanarse, los enfermos deberán conformarse con la dádiva publicitaria de las fundaciones ricas, ajeno a las luchas financieras contra los distribuidores de medicamentos que han dejado de tener el favor de los poderosos del turno.
En la mesa de los medianamente pobres habrá romeritos -ojalá que sean mexicanos y no de oriente- y los funcionarios medios acostumbrados a realizar actos más allá de sus facultades amparados en la impunidad, estarán ¡gracias a Dios! de vacaciones. Mala suerte para quien recibió un oficio que ignora sus derechos o hasta un acta de formal prisión injusta pues comerá en la cárcel su cena navideña; tiempo de diseñar estrategias de defensa en contra de quien debía garantizar sus derechos en vez de conculcarlos. Tiempo de darle nuevos contenidos a la comunicación masiva, tiempo de sustituir los spots personalistas por auténtica información sobre el cómo y donde puede participar esta población excluida, cuyo destino se define en las oficinas de los planeadores egresados de universidades extranjeras; tiempo de esperanza, de anhelo de paz y justicia social, tiempo de recuperar fuerzas para continuar con la lucha constante de la vida, en una patria que parece ya no ser, salvo en el momento de cantar el himno nacional.
* Comunicóloga.